La Kehlsteinhaus: el mal conspiraba en el paraíso

Cuenta una leyenda alemana que cuando Dios acabó de crear el mundo encargó a unos ángeles que distribuyeran la belleza por todo el planeta. Los ángeles se olvidaron de hacer su trabajo y cuando el Creador les apremió para rendir cuentas de sus tareas, estos, nerviosos, arrojaron rápidamente toda la hermosura sobre un mismo lugar: Berchtesgaden. En medio de este espléndido paisaje, se construyó una residencia de reposo para Adolf Hitler, el canciller alemán responsable de la peor guerra que ha conocido la humanidad y en la que murieron 50 millones de personas, entre ellos 17 millones de campatriotas suyos. Por suerte, Hitler no puede ver en qué se ha convertido el Nido del Águila porque desataría su anfetamínica ira sobre todos nosotros y nos costaría millones de muertos volver a enterrarlo. La carretera que sube hasta allí se halla en perfecto estado. El trazado, el mismo de hace 80 años, avanza en medio de un hermoso paisaje alpino y termina en una pequeña explanada donde paran los autobuses, único medio de transporte, al precio de 18 euros el billete. El túnel de 90 metros desde la explanada al ascensor es húmedo, oscuro y frío, incluso en plena ola de calor en Centroeuropa. El ascensor, amplio y lujoso, conserva el teléfono negro, modelo años 30, que se usaba para advertir de la inminente llegada del Führer. Cuando se abre la puerta del ascensor decimos, adiós al pasado. Entramos entonces en una especie de gran chiringuito de verano lleno de turistas rosáceos en sandalias, que bien podrían ser norteamericanos o franceses descendientes de los soldados de la 3ª División de Infantería norteamericana o de la 2ª División Blindada francesa, los primeros en tomar el lugar, y que parecen sacar pecho por lo que hicieron sus abuelos. Hay largas colas para usar los baños; mesas y sombrillas junto a los muros en los que se fotografiaba Eva Braun con sus amigos y donde Hitler meditaba sobre la invasión de Rusia; un kiosco para comprar recuerdos y camareros de tez morena y bigotes negros, posiblemente de ascendencia turca, que van de aquí para allá fingiendo buena educación. Tomar un café contemplando el panorama cuesta seis euros, menos que una botella de agua. Solo la galería donde Hitler tomaba el sol, intacta, pero sin tumbonas, recuerda el pasado. Visitar el Nido del Águila es una gran experiencia. Pero hacerlo tras ver el campo de concentración de Dachau, a las afueras de Múnich, y su pequeña cámara de gas donde se apiñaban hasta cien personas que tardaban 20 minutos en morir gaseados, es sobrecogedor. Tanta belleza y tanto horror, tan cerca.

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