La jaula de la militancia

Una de las repercusiones menos comentadas, pero también más perversas, de la pandemia ha sido la forma en la que hemos convertido nuestras opiniones políticas en creencias acríticas. Los monárquicos cada vez están más cerca de pensar la institución como un derecho divino que otorga a la nación una especie de principio unitario; los comunistas regresan al relato del rico como gran demonio universal; los neofascistas vuelven a hablar de patria militarizada y “saneada” de sus elementos parasitarios; los capitalistas hablan de regulación y pérdidas, empeñados en un lenguaje mágico que ya no produce, sin embargo, los efectos mágicos deseados; pero hay algo que se ha trastocado discretamente en todos esos discursos familiares, una radicalización que no es solo una cuestión de grado (como si antes solo hubiésemos sido “moderadamente” monárquicos, comunistas o capitalistas), sino una especie de imposibilidad total de la crítica con la propia militancia, una especie de efecto hooligan.

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