La guerra civil, en las trincheras

Son las 00:15 y no hay luna.

Agachadas en la oscuridad, inmóviles y en silencio, las dieciocho mujeres de la sección de transmisiones observan el denso desfile de sombras que se dirige a la orilla del río.

No se oye ni una voz, ni un susurro. Sólo el sonido de los pasos, cientos de ellos, en la tierra mojada por el relente nocturno; y a veces, el leve entrechocar metálico de fusiles, bayonetas, cascos de acero y cantimploras.

El discurrir de sombras parece interminable.

Hace más de una hora que la sección permanece en el mismo lugar, al resguardo de la tapia de una casa en ruinas, esperando su turno para ponerse en marcha. Obedientes a las órdenes recibidas, nadie fuma, nadie habla y apenas se mueven.

La soldado más joven tiene diecinueve años y la mayor, cuarenta y tres. Ninguna de ellas lleva fusil ni correaje como las milicianas que tanto gustan a los fotógrafos de la prensa extranjera y ya nunca pisan los frentes de verdad. A estas alturas de la guerra, eso es propaganda y folklore. Las dieciocho de transmisiones son gente seria: cargan una pistola reglamentaria al cinto y, a la espalda, pesadas mochilas con un emisor-receptor, palos de antena, dos heliógrafos, teléfonos de campaña y gruesas bobinas de cable. Todas son voluntarias en buena forma física, disciplinadas, comunistas de militancia y con carnet del Partido: operadoras y enlaces de élite formadas en Moscú o por instructores soviéticos en la escuela Vladimir Ilich de Madrid. También son las únicas de su sexo adscritas a la XI Brigada Mixta para cruzar el río. Su misión no es combatir directamente sino asegurar, bajo el fuego enemigo, las comunicaciones en la cabeza de puente que el ejército republicano pretende establecer en el sector de Castellets del Segre.

Dolorida por las cinchas del armazón que lleva a la espalda con una bobina de quinientos metros de cable telefónico, Patricia Monzón —sus compañeras la llaman Pato— cambia de postura para aliviar el peso en los hombros. Está sentada en el suelo, recostada en su propia carga, contemplando el discurrir de sombras que se dirigen al combate que aún no ha empezado. La humedad de la noche, intensificada por el río cercano, le moja la ropa. Como la bobina que lleva colgada a la espalda no le deja espacio para mochila ni macuto —se enviarán con el segundo escalón, han prometido—, viste un mono de sarga azul con grandes bolsillos llenos de lo imprescindible: paquete de cura individual, una tira cortada de neumático para detener hemorragias, un pañuelo, dos paquetes de Luquis y un chisquero de mecha, documentación personal, el croquis a ciclostil de la zona que les repartió el comisario de la brigada, un par de calcetines y unas bragas de repuesto, tres paños y algodón por si viene la regla, media pastilla de jabón, una lata de sardinas, un chusco de pan duro, el manual técnico de transmisiones de campaña, un cepillo de dientes, un palito para apretar en la boca durante los bombardeos y una navaja suiza con cachas de asta.

—Estad atentas… Nos vamos en seguida.

El susurro circula entre la sección. Pato Monzón se pasa la lengua por los labios, respira hondo, vuelve a cambiar de postura acomodándose mejor las cinchas en los hombros, y al alzar el rostro para mirar el cielo la borla del gorrillo le roza las cejas. Nunca en su vida había visto tantas estrellas juntas.

Es su primera acción de combate real, pero se beneficia de experiencias ajenas. Lo mismo que la mayor parte de sus compañeras, cuando hace cuarenta y ocho horas supo que su destino estaba al otro lado del Ebro se hizo rapar el pelo por dos razones de importancia: que no se vea de lejos que es mujer, y reducir en los próximos días, poco favorables a la higiene, la posibilidad de que le aniden piojos u otros parásitos. A sus veintitrés años eso le da un aspecto andrógino, de muchacho, acentuado por el gorrillo cuartelero, el mono azul, el cinto de cuero con cantimplora, pistola Tokarev TT-33 y dos cargadores de reserva, además de las botas de clavos rusas recibidas una semana atrás, tan nuevas que aún le hacen ampollas en los talones. Por eso las lleva colgadas del cuello por los cordones, y como casi todas sus compañeras calza alpargatas de suela de esparto atadas con cintas a los tobillos.

—En pie, venga… Ahora nos vamos de verdad.

Es la única voz masculina de la sección, la del teniente de milicias Herminio Sánchez. Su silueta menuda y flaca se mueve entre ellas, repitiendo la orden. Pato no puede verle el rostro, aunque lo supone como de costumbre: escurrido, mal afeitado, siempre sonriente. Comunista, como la mayor parte de los jefes y oficiales de la brigada. Se hace querer y en la unidad lo quieren. Es un buen muchacho, con sus castillitos del arma de Ingenieros en los picos de la camisa, sus chistes malos sobre curas y monjas, las gafas de concha y el pelo prematuramente cano bajo la gorra de plato, tan rizado que todas lo llaman Harpo.

—Formad en fila de a una.

Resoplidos, murmullos, sonido de equipos, roces con las compañeras en la oscuridad al agruparse puestas en pie. Se tocan unas a otras para formar fila a lo largo de la tapia, sin más orden que el azar.

Evitando pensar en lo que espera tras la otra orilla —aun así le sorprende no sentir miedo, sólo una vaga aprensión que contrae el estómago—, Pato se concentra en el camino hacia la ribera cercana, donde aguardan los medios de franqueo del escalón de asalto: lanchas a remo, balsas y botes de pescadores. Para el cruce del Ebro y la gran ofensiva republicana de la que Castellets constituye el flanco occidental más extremo, la República ha requisado todo cuanto puede flotar entre Mequinenza y el Mediterráneo.

—Andando, y sin hacer ruido —se oye susurrar a Harpo—. Los fascistas aún no se han enterado de la que les viene encima.

—Pues ojalá tarden mucho —comenta una voz de mujer.

—Con que sigan despistados una hora más, estará de caramelo —dice otra.

—¿Ya empezaron a cruzar los nuestros?

—Hace rato… Nadadores con bombas de mano y equipo ligero sobre neumáticos de coche hinchados. Los vimos pasar ayer.

—Vaya tíos. Hay que tener valor para remojarse de esa manera, en una noche y un lugar así.

—Pues todavía no se oye nada al otro lado.

—Ésa es buena señal.

—Con tal de que dure hasta que estemos allí…

—Vale ya. Cerrad la boca.

La última orden, malhumorada, proviene de la sargento de milicias Remedios Expósito. Reconoce Pato fácilmente su voz entre las otras: ronca, cortante, con malas pulgas —maneras de Moscú, las llaman en broma las chicas—. Es una mujer seca y dura, comunista de la primera hora. La de más graduación y edad de la sección. Estuvo en el asalto al cuartel de la Montaña y en la defensa de Madrid y luego se formó durante un mes en la academia de comunicaciones Budionny de Leningrado. Viuda de un sindicalista muerto en Somosierra en julio del 36.

—¿Aún estamos lejos del río? —pregunta alguien.

—Que os calléis, coño.

Caminan en la oscuridad procurando no tropezar, pegada cada una a la compañera que la precede. La única luz es la de las estrellas que sobre sus cabezas cuajan la noche.

El sendero invisible desciende suavemente hacia el río. A uno y otro lado se intuyen ahora, agrupados, numerosos bultos de hombres que aguardan inmóviles. Se percibe su olor a ropa sudada y sucia, aceite de armas y humanidad masculina.

—Alto… Agachaos.

Pato obedece, como todas. Las cinchas de la bobina de cable telefónico siguen lastimándole los hombros, así que aprovecha para sentarse y descansar la carga en el suelo.

—Si alguien quiere mear —susurra Harpo—, que aproveche ahora.

Alguna de las compañeras próximas se mueve en busca de la postura adecuada. Pato está demasiado incómoda por el equipo; tendría que deshacerse de él, abrir el mono y volver después a encajarlo todo; así que decide hacérselo encima, tal como está. Inmóvil, siente el líquido caliente correrle entre los muslos y empapar las perneras del mono hasta las rodillas, húmedas ya por el relente nocturno.

Vicenta Espí, la compañera que tiene más cerca, se le apoya en un hombro. Es una muchacha regordeta y guapa que fue operaria de la Singer y fallera de su barrio un par de años antes de la sublevación facciosa. Valenciana, la llaman, y es también su primera acción real de combate. En la mochila lleva dos teléfonos de campaña que pesan diez kilos cada uno: un Aurora Roja ruso y un Feldfernsprecher NK-33 alemán de los cogidos a los fascistas en Teruel. Como Pato, procede de las Juventudes Comunistas, pero se conocieron hace cuatro meses en la escuela de transmisiones: algún baile en el tiempo libre, alguna sesión de cine, alguna confidencia. La Valenciana es buena chica, con un hermano artillero en el mismo frente.

—¿Has meado, Pato?

—Encima.

—Como yo… A ver si hay suerte y es lo único que nos mojamos esta noche.

Se quedan calladas, hombro con hombro. Esperando. En el silencio que sigue sólo se escucha el rumor de la corriente del río, muy próxima, y el sonido amortiguado pero audible de las barcas que cargan hombres en la orilla. Ciento cincuenta metros separan ésta de la otra, en ese lugar. Pato lo ha calculado en el croquis que lleva en un bolsillo: ciento cincuenta metros de agua, noche e incertidumbre.

Harpo y la sargento Expósito se mueven a lo largo de la fila, dando instrucciones.

—Cabemos seis en cada bote, que lleva dos remeros —cuchichea el teniente.

—¿No hay pasarelas? —pregunta una voz.

—Los pontoneros no las tenderán hasta que haya luz, y a nosotros nos toca ahora.

—¿Qué pasa si nos disparan estando en mitad del río?

—Ocurra lo que ocurra, que nadie grite, ni hable, ni haga otra cosa que esperar a encontrarse al otro lado…Nos reagruparemos allí.

—¿Entendido? —remacha la sargento.

—¿Y si nos dispersamos al cruzar?

—Los camaradas que pasaron a nado han tendido maromas de orilla a orilla, para guiarnos… Están puestas a ras del agua y un poco en diagonal, a fin de aprovechar la corriente.

—¿Entendido? —insiste Expósito, áspera.

Le responde un coro de susurros afirmativos.

—Joder, son jais —exclama una castiza voz de hombre a la derecha del sendero.

En torno a ellas brota un murmullo de expectación masculina, piropos incluidos, acallado en el acto por los mandos.

—Olé vuestros ovarios, prendas —susurra una última voz.

Después vuelve el disciplinado silencio, que sólo alteran los ruidos apagados que vienen del río. Pato escucha con atención: sonido de remos, entrechocar de maderas o armas, órdenes dadas en voz baja. Sin reacción enemiga, por ahora. Sabe que en ese momento, río abajo, entre Castellets y Amposta, a lo largo de unos sinuosos ciento cincuenta kilómetros, seis divisiones republicanas están cruzando el Ebro por doce lugares distintos para atacar por sorpresa al desprevenido cuerpo de ejército fascista que guarnece la otra orilla. Los planes detallados del alto mando no llegan hasta el nivel de la tropa, pero se dice que la ofensiva pretende alcanzar Masaluca, Villalba, Gandesa y la sierra de Pandols para avanzar desde allí hacia el Mediterráneo y reconquistar Vinaroz.

—Vamos —dice Harpo, y la orden recorre la fila.

Se pone Pato en pie y camina entre sus compañeras, detrás de la Valenciana, internándose entre cañizales que se espesan mientras se acercan al río, rozándoles la cintura. Los muslos mojados ya se le han quedado fríos y tirita un poco, así que aprieta los dientes para que no castañeteen y alguna lo tome por lo que no es, o no es del todo.

El suelo se hace blando y húmedo a medida que la orilla está más próxima. Las alpargatas se hunden hasta los tobillos en la tierra fangosa, removida por centenares de pisadas, que un poco más allá se convierte en barrizal espeso.

—A ver, alto. Las primeras seis, que embarquen.

Ahora es posible advertir, a contraluz en el reflejo tenue del cielo estrellado en la corriente del río, las formas oscuras de los botes que aguardan. Sonido de madera que entrechoca en las bordas, chapoteos de fango y agua. En voz baja, procurando no hacer más ruido que el necesario, los remeros urgen a las mujeres que embarcan.

—Echad una mano aquí, que estamos atascados… Empujad, venga… Eso es, con ganas… Empujad.

El suelo de la orilla, negro como la noche, está salpicado de una constelación de pequeñas motas de color claro. Pato se fija en eso cuando, tras empujar el bote atorado, se agacha para asegurar las cintas de la alpargata que está a punto de perder en el barro. Por un instante lo observa, sorprendida e intrigada, antes de ponerse de nuevo en pie. Es como si la orilla hubiera sido espolvoreada con cientos de papelitos semejantes a confeti de verbena.

—Las seis siguientes… Vamos, moveos.

Pato se quita el armazón del cable telefónico y lo mete en el bote. No está dispuesta, si algo va mal, a caer al agua con ese peso a la espalda. Bastante lastre lleva en los bolsillos del mono. Después apoya las manos en la borda, pasa las piernas por encima y se instala en la estrecha barca, apretada con sus compañeras. La Valenciana se deja caer a su lado. Alguien empuja desde tierra, suenan los remos contra la madera y la embarcación se aparta de la orilla.

—Agarrad la maroma y tirad de ella para ayudar a los remos y la corriente —dice un barquero.

Las seis mujeres obedecen, tirando de la gruesa soga mojada que lacera las manos. Se oyen sus respiraciones jadeantes por el esfuerzo. La orilla opuesta sigue en silencio, y es obvio que los fascistas no se percatan de lo que ocurre; pero eso puede cambiar. Todas lo saben y procuran dar al bote la mayor velocidad posible, encaminándolo hacia la tenue línea oscura, cada vez más intensa y cercana, que marca la orilla enemiga.

En ese instante, Pato cae en la cuenta de lo que significan los cientos de motitas de papel en la orilla que dejan atrás: antes de dirigirse hacia un futuro inmediato e incierto, velado todavía por las tinieblas, todos los hombres de la primera oleada están rompiendo sus carnets de afiliación política y sindical: PCE, UGT, FAI, CNT. Ignoran lo que va a ocurrir en los momentos iniciales del asalto, y no quieren llevarlos encima si caen prisioneros. Uno de esos documentos en manos del enemigo puede llevar directamente al paredón.

La certeza la golpea como una bofetada, y por primera vez esta noche la aprensión deja paso al miedo. Pero se trata de un miedo de verdad —ahora lo comprende al fin— nunca conocido antes: un estremecimiento intenso, oscuro, que nace entre las ingles y asciende despacio por el vientre y el pecho hasta la garganta, seca y amarga, y la cabeza, nublada de presentimientos. Un latir desacompasado del corazón, como si lo enfriase una bruma sucia y gris.

Entonces Pato Monzón, atenazada por ese temor recién descubierto que no se parece a ningún otro que haya sentido nunca, deja de tirar de la soga y, con súbita urgencia, mete la mano entre la ropa en busca de su carnet del Partido Comunista, rompe la cartulina en minúsculos fragmentos y los deja caer por la borda.

**

Sentado en su pozo de tirador con el Mauser apoyado en el borde y el casco de acero en el suelo, a un centenar de pasos de la orilla del río, el soldado de infantería Ginés Gorguel Martínez lía a tientas un cigarrillo con la picadura que guarda en la petaca, pasa la lengua por el filo del papel, lo hace girar entre los dedos y se lo lleva a la boca. La noche es tan oscura que sólo ve las manchas claras de sus manos.

Está prohibido fumar en los puestos avanzados, pero tiene por delante más de tres horas de centinela y ningún oficial ni suboficial cerca. Tampoco es un soldado ejemplar, de los que cumplen a rajatabla; más bien lo contrario. Tiene treinta y cuatro años, sabe leer y escribir, conoce las cuatro reglas. En su hoja de servicios, si es que alguien la tiene al día, constará su intervención en las batallas de Brunete y Teruel; pero en ambos episodios procuró mantenerse lejos del tomate, actitud para la que posee un especial talento. Según dicen los médicos, cuyos consejos sigue al pie de la letra, los tiros van fatal para la salud.

Gorguel saca del bolsillo el chisquero, se agacha cuanto puede para ocultar el chispazo, frota con la palma la ruedecilla y enciende el pitillo con la brasa humeante. Tras darle una larga chupada ocultándolo en el hueco de una mano, se pone el casco, se incorpora un poco y echa un vistazo al paisaje negro como la tinta, sin escuchar otra cosa que el canto de los grillos ni ver más que las estrellas. No hay ni un soplo de brisa. Todo sigue en calma, de modo que vuelve a sentarse en su agujero, vuelta la espalda al río.

Aunque no puede verlos, Gorguel sabe que los compañeros más próximos están repartidos a izquierda y derecha, en agujeros similares al suyo. Entre él y otros cinco cubren doscientos metros de orilla, lo que prueba la sangre gorda con que se lo toman los mandos de la agrupación —medio batallón de infantería, un tabor marroquí y una compañía de la Legión situada como reserva— que guarnece el sector de Castellets. Con tanto sueño y aburrimiento, imagina, como él mismo. El frente está tranquilo y los rumores sobre una ofensiva enemiga son más propios de radio macuto que de una fuente seria. Además, el río constituye una defensa natural estupenda. También hay tendida una línea de alambradas. Así que bien acurrucado, el capote sobre las piernas para abrigarse del relente que empieza a calar la ropa, atento a que nadie de los suyos ni de los de enfrente advierta la brasa del cigarrillo, se dispone a disfrutarlo.

Mientras fuma, Gorguel piensa en si se pasaría al enemigo de no mediar el río entre él y los rojos. Si tendría valor para eso.

La idea le cruzó más de una vez por la cabeza, pues él es de Albacete, y eso queda en zona de la República. Allí tiene esposa, hijo, madre viuda y una hermana, y a estas horas estaría en el ejército enemigo de no haberse encontrado trabajando en Sevilla el 18 de julio de 1936, donde lo reclutaron: loterías de la vida. En realidad, carpintero de oficio como es, no entiende de política ni nunca se afilió a nada, ni siquiera a un club de fútbol; y en tal sentido, lo mismo le dan unos que otros. Una vez votó a las izquierdas, pero ya ni se acuerda. Gane quien gane, cuando acabe la guerra todos necesitarán que alguien fabrique puertas, ventanas y nuevos muebles, de los que en los últimos tiempos se han roto unos cuantos. Por eso, al pensar en la familia —las cartas que manda a través de un pariente en Francia no llegan o no tienen respuesta— le viene una negra melancolía. Son muchos los que se encuentran en idéntica situación, tanto en un bando como en el otro.

De haberse atrevido, Gorguel habría cruzado las líneas hace tiempo. Lo disuadió que cuatro compañeros que quisieron pasarse, sin lograrlo, fueron fusilados. De cualquier modo, ahora ya no vale la pena correr riesgos, pues todos dicen que al asunto le queda poco, que los rojos no levantan cabeza y que van de derrota en derrota. De culo y cuesta abajo. En tal caso, alguna ventaja tendrá haber estado con los nacionales, cuando vuelva a Albacete. O eso supone. Incluso para un oficial de carpintería.

Acaba de apagar la colilla, y la guarda cuidadosamente en la petaca —media docena de colillas suman un pitillo entero—, cuando le parece escuchar un ruido procedente del río: algo semejante a un suave entrechocar de madera. Incorporándose en el pozo de tirador dirige un largo vistazo a la orilla sin ver otra cosa que oscuridad. Luego mira a derecha e izquierda, pero no advierte nada entre él y el lugar donde se encuentran los compañeros más próximos. Sólo noche y silencio.

Detesto las jodidas guardias, piensa.

Está a punto de agacharse de nuevo cuando repara en que el silencio es más absoluto que antes: no se oye el rumor de los grillos que canturreaban entre los matorrales. Eso lo sorprende un poco, y durante un rato escudriña otra vez, con mucha atención, las tinieblas entre él y el río. Sigue sin advertir nada inquietante —las noches de un centinela están llenas de sonidos extraños—, pero no se decide a relajarse. El mutismo repentino de los grillos lo tiene mosca.

Tras pensarlo un momento, saca de las cartucheras dos bombas de mano Lafitte y las coloca en el borde del pozo de tirador, junto a la culata del fusil. Las Lafittes son granadas de percusión que estallan al golpear el suelo, y se activan en el aire durante el lanzamiento, desenrollándose una cinta de cuatro vueltas que extrae el pasador del seguro. Son caprichosas de juzgado de guardia, y matan más a quien las usa que al enemigo, porque a veces estallan a medio vuelo. Por eso las llaman las Imparciales. Pero es lo que hay, y también los rojos las usan y las sufren. Pesan casi medio kilo y pueden ser arrojadas, según la fuerza de quien lo haga, a una distancia de veinte o treinta metros. Por si acaso, les quita a las dos la horquilla de alambre, dejándolas listas para su uso.

A pesar de todo, Gorguel se lo piensa bien. Montar jarana por una falsa alarma a esas horas de la noche significa que los puestos cercanos empezarán a disparar a tontas y a locas, y toda la línea, oficiales incluidos, se despertará de malas pulgas. Eso supone chorreo seguro. Complicaciones, a las que él no es aficionado en absoluto. Así que más vale asegurarse antes de empezar un combate imaginario por su cuenta y riesgo. Una de sus habilidades es pasar inadvertido; eso ayuda a escurrir el bulto y sobrevivir. La prudencia, según dicen los sabios, es madre de la ciencia. O algo parecido. Y él, dos años de guerra sin un rasguño ni por Dios ni por la patria, tiene el rabo más pelado que un gato de callejón.

Aun así, espabila, Ginés, se dice. No vayan a madrugarte por la cara.

De momento, lo que hace es cuanto puede hacer, granadas aparte: asegurar el barboquejo del casco y echar mano al Mauser. El arma ya tenía acerrojada una bala de las cinco del peine que le introdujo al entrar de guardia, así que se limita a quitarle el seguro y meter el índice en el guardamonte. Luego estira un poco más el cuello y fuerza la vista para penetrar algo la oscuridad. Aguzando el oído inquieto.

Nada.

Ni luz, ni ruido. Silencio.

Pero los grillos siguen sin cantar.

Y ahora sí lo oye, otra vez el mismo ruido leve de maderas, como tablones que se tocaran. Lejano, proveniente de la orilla negra. Puede ser cualquier cosa, claro. Pero también pueden ser los rojos. Por esa parte sólo están las alambradas y la orilla, y nadie del bando nacional se pasearía por allí a oscuras. Eso hace inútil un quién vive o la demanda de un santo y seña —esa noche es Morena Clara—. Así que, sin darle más vueltas, Gorguel deja el fusil, coge una Lafitte, se incorpora a fin de tomar impulso y la arroja lo más lejos que puede, en dirección al río. Y aún está la primera granada en el aire cuando hace lo mismo con la otra.

Pum-bah. Pum-bah.

Dos estampidos con un intervalo de dos o tres segundos. Dos breves llamaradas naranjas que recortan las madejas de alambre de espino sujetas en piquetes de hierro. Y su resplandor ilumina un instante docenas de siluetas negras en movimiento: un espeso hormiguero de hombres que avanzan despacio desde la orilla del río.

Entonces, dejando atrás el fusil y el capote, Ginés Gorguel abandona el pozo de tirador y corre aterrado hacia la retaguardia.

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