la Gran Guerra, poesía y muerte

Aunque solo fuera por leer los poemas escritos por los soldados ingleses que se conocieron como «war poets» y que Joaquín Berges (Zaragoza, 1965) incluye en su novela «Los desertores», merece la pena. Tanta es la emoción que produce asistir a cómo -en el mundo de trincheras de la que se ha descrito como la guerra más cruenta- unos jóvenes reclutas, animados por su espíritu patriótico, compitieron también en el poético, trayendo imágenes de una desconsoladora belleza. Considero un acierto que Joaquín Berges haya ido ofreciendo a pie de página tanto la versión original inglesa como su procedencia exacta, para que al lector no le quepa duda respecto al valor de un testimonio histórico-poético tan escalofriante como bello.

Nada de lo que vamos sabiendo sobre esa Gran Guerra deja de tener gran impacto, que en la novela de Berges viene por dos lados. El primero lo proporcionan unas cartas que presenta como dirigidas por Albert Ingham a su padre. Este soldado junto con su compañero Alfred Longshaw fueron acusados de desertar, fusilados y enterrados en el cementerio de Bailleulmont, uno de los muchos que han recibido las decenas de miles de muertos en la batalla del Somme. El otro lado desde el que se ofrece esa guerra es tomado de libros como el de Martin Gilbert, «La batalla del Somme», que el Epílogo de la novela presenta junto con otra bibliografía consultada.

Cartas reales

Esas fuentes nos permiten saber que las escenas que relata -las ratas comiendo en las trincheras cuerpos de soldados que todavía no habían muerto- están tomadas de cartas reales. Por desgracia, como reflexiona el autor al final, no hay ficción que pueda superar esa espeluznante y demencial realidad. Tal cosa no garantiza que la literatura que la sirve obtenga el nivel suficiente. A veces es tanta la fuerza de la realidad que la historia y la imaginación de la que toda novela es deudataria cae desmayada. Tengo que decir que eso no ocurre en Berges, precisamente por haber imaginado dos vías muy acertadas para que el interés de lo narrado no quede en algo ya pasado, histórico. La primera es la conexión establecida entre la deuda que el padre de Albert Ingham tiene contraída con su hijo, y de la que el enigmático epitafio de la tumba deja una pista que Jota (pseudónimo de Jacinto, protagonista de la trama actual) se esfuerza por descifrar.

El lector tiene que esperar hasta el final de la novela para comprender las motivaciones últimas del interés de Jacinto por la vida de Albert Ingham. Durante buena parte de la lectura de la novela me he estado preguntando si tenía sentido haber hurtado al lector del todo la conexión entre las dos historias, la ocurrida a padre e hijo hace cien años, y la que provoca los movimientos de Jacinto. Posiblemente lo mucho que gana la intriga con esa demora, no compense del todo la falsa impresión que el lector tiene de que tal conexión esta cogida por lo pelos, por lo que habría sido útil ofrecer más pistas, sobre todo porque la novela cuadra tan bien los dos planos de significación. Pero un adelanto que no entorpeciera la intriga habría ayudado a sobrellevar mejor los motivos que Jacinto ha tenido para comportarse como lo hace.

Padres e hijos

No desvelaré esos motivos, pero sí puedo adelantar que cifran emocionantes historias personales sobre las dificultades de relaciones de padres e hijos, pero también de lo difícil que resulta administrar la relaciones entre hermanos en situaciones límite, como las varias que en la novela se suceden. Lo mejor de la escritura de Berges es que estas vicisitudes de vida familiar están contadas con una sorprendente naturalidad como si su estilo fuese que no se vea estilo, lo que me parece un signo de madurez. Su dramatismo le viene al lector de los hechos contados y no de aspavientos o sobreactuaciones, excepto quizá la historia de Carol y Laura, que me ha parecido menos necesaria. Leve mácula de una novela magnífica.

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