La fuerza de la realidad

«Jauría» / «Port Arthur»El Pavón Teatro Kamikaze

Me han conmovido profundamente «Port Arthur» y «Jauría», las obras de Jordi Casanovas que se pueden ver estos días en El Pavón Teatro Kamikaze en sesión doble. Me han conmovido porque ponen ahí, ante nuestros ojos, las representaciones de nuestra violencia, de las fuerzas oscuras que dominan nuestra mente, en esta versión nueva, sin intermediaciones ficticias, del documento y la crueldad. El periodismo nos informa de hechos mientras almorzamos tranquilamente, el teatro nos da un puñetazo en el estómago que nos impide cenar. Basta que el teatro se quite todos sus artificios y asuma lo real en estado puro.

Por eso, me ha conmovido profundamente Adrián Lastra interpretando a Martín Bryant, ese demonio rubio acusado de cometer una masacre en el penal de Port Arthur, en la isla australiana de Tasmania. Como me ha dejado perplejo ver que lo que ya me parecía haber visto en las agotadoras informaciones televisivas sobre La Manada, solo que ahora, en el teatro, cobra una dimensión brutal: cinco tipos para los que el sexo se resuelve encerrándose con una chica en un portal de Pamplona y grabando con su móvil la indignidad, la bajeza, la anulación de ese ser humano.

Javier Godino, Adrián

En «Port Arthur» asistimos a un interrogatorio ilegal llevado a cabo por la policía pero, en realidad, a quien se interroga es al espectador al ponerle delante la psicología y la biografía disfuncionales de Martin Bryant. Sentado en una silla de ruedas, esposado como un preso peligroso, uno se pregunta quién es este Bryant, un cínico, un psicópata o un ángel desvalidamente humano. Muy oportunas las intervenciones de Joaquín Climent y Javier Godino, los dos policías, que rompen el discurso del interrogatorio aportando lugares, fechas y situaciones que sirven para construir el mapa de esa masacre. Y, como he dicho, absolutamente poderosa la interpretación de un Adrián Lastra que se mantiene durante toda la obra en estado de gracia.

Impactante, emocionalmente dura, perturbadora, «Jauría» refleja la cara B de una sociedad donde los monstruos van vestidos de traje de calle. Estos Frankenstein postmodernos que solo buscan el placer porno de la violencia sexual, la cosificación de un ser humano, de una chica en este caso, reducida a unos órganos genitales. «Jauría» posee ese alto voltaje que resulta de dramatizar las situaciones límites, la irracionalidad vivida como algo normal. María Hervás interpreta a esta víctima de forma soberbia, todo su shock, toda su anulación, toda su nada en un tour de force con los cinco actores que representan a los integrantes de La Manada. Un elenco que resuelve con perfecta solvencia los desdoblamientos en otros personajes, sean la fiscal, los abogados o los magistrados. La escenografía en ambas obras va del realismo en «Port Arthur», donde Alessio Meloni recrea la sala de interrogatorios, con armas de fuego incluidas, a ese espacio simbólico ocupado por seis sillas y un pequeño cubículo en el fondo, que representa el portal donde van a ocurrir los hechos, diseñado como campo de juego para las fauces de esta Jauría.

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Dos piezas de contenido moral y político que ningún espectador del teatro como elemento de investigación y reflexión sobre la realidad debe perderse. Dos obras impresionantes.

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