La fragilidad del ser humano, por Pérez-Reverte: «Recuerda que eres mortal»

Estamos viviendo un periodo extraño y muy complicado, la vida de las ciudades y los pueblos se ha parado prácticamente y en los hospitales se están enfrentando sobrevenidamente a una situación de máxima dificultad por el coronavirus. Nada que no sepan. En su tribuna dominical en el «XL Semanal», Arturo Pérez-Reverte descree que esta tremenda tesitura que está viviendo la humanidad «nos sirva de lección» porque considera que el ser humano «tiene mala memoria». Y así tras un párrafo introductorio-reflexivo, inicia relamente su historia, en donde cuenta el regalo que siempre hace a sus amigos «cuando la vida les coloca en situaciones de privilegio». «Hay una pequeña tienda en el Madrid viejo en la que de vez en cuando compro una pequeña semiesfera de cristal, de ésas que al agitarlas producen un efecto de nieve, que tiene en su interior un iceberg y un Titanic a medio hundirse. Suelo regalárselo a los amigos a quienes la vida coloca en situaciones de privilegio, o de éxito. A los que viven un momento dulce personal o profesional. Era un prodigio de la técnica moderna, digo al entregarlo. Era un buque insumergible, o las 2.228 personas embarcadas en él creían que lo era. Y creer eso, a bordo de un monstruo de acero de 45.000 toneladas lanzado a 22 nudos de velocidad por un mar lleno de icebergs, costó la vida de 1.513 pasajeros. Ocurrió hace 108 años, pero el principio básico sigue siendo el mismo. Acuérdate de eso por muy bien que te vayan las cosas, o en especial cuando vayan bien las cosas. Ten presente, siempre, que cuando un general romano obtenía una gran victoria y desfilaba en triunfo por la capital, en la cuadriga, tras él, iba un esclavo público que sostenía sobre su cabeza una corona de oro, repitiéndole una y otra vez al oído: «Recuerda que sólo eres un hombre». Recuerda que eres mortal». El propio novelista tiene uno de esos Titanic en su lugar de trabajo, que simboliza que no debemos olvidar que «el mundo es un lugar peligroso», y que no hay que por cada olvido «llega el inevitable recordatorio» por lo que hay que intentar olvidar cuanto menos porque esto aumenta el riesgo. Y continúa: «Nuestros bisabuelos o tatarabuelos, que estaban más acostumbrados a lo real, lo sabían perfectamente. Conocían la fragilidad de sus vidas y actuaban, o intentaban hacerlo, con arreglo a esa lucidez. Las lecciones que extraían de cada golpe, de cada burla malvada del cosmos o de los dioses, eran más firmes y duraderas. Vivían sabiendo que iban a morir y que ese camino tenía innumerables atajos. Hoy, sin embargo, hemos decidido vivir como si no fuéramos a morir nunca». Puedes leer el artículo completo pinchando en este enlace.

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