La estranguladora de niños que fue víctima de sus propias manos | Blog Crónica negra

A Jeanne Webber le gustaba sentirse poderosa. Decidir sobre la vida y la muerte de los demás. Situaba sus delicadas manos sobre el cuello de sus víctimas, criaturas pequeñas e indefensas, y apretaba con fuerza hasta consumar su objetivo. La asfixia es una de las formas de dominio que más excitan a los psicópatas. Los expertos calculan que un estrangulador solo precisa cinco minutos para completar el ahogamiento. Webber usó ese método para acabar con la vida de al menos 10 niños, entre ellos sus tres hijos. Todos los pequeños presentaban unas sospechosas marcas rojas en el cuello que pasaron inadvertidas. Una serie de circunstancias fortuitas impidieron acusarla de asesinato. Para desenmascararla hubo que sorprenderla infraganti.

Los motivos que llevaron a Webber a perpetrar estos crímenes nunca se esclarecieron. Su entorno la consideraba una mujer bella y dulce que amaba a los pequeños, por eso muchos vecinos y parientes confiaron en ella como niñera y lo siguieron haciendo después de las muertes, ya que cometió muchos crímenes hasta que fue descubierta. La mujer nació en 1874 en Keritry, una pequeña localidad costera del nordeste de Francia, en la punta de Penmarch. Sus padres eran unos humildes pescadores, y desde pequeña tuvo que dedicarse al cuidado de sus seis hermanos menores. A los 14 años comenzó a trabajar en la casa de una familia adinerada de la zona y, al cumplir los 24, decidió hacer realidad su sueño de trasladarse a la capital. Allí conoció a Marcel Weber, con quien se casó y de quien tomó el apellido con el que ha pasado a la posteridad criminal.

La pareja se marchó a vivir al Passage de la Goutte d´Or, actualmente uno de los lugares más icónicos de París por encontrarse en pleno barrio de Montmartre. El lugar también es conocido como el barrio de los pintores, pues albergó a artistas de la talla de Picasso o Van Gogh. En la zona se ubican edificios tan emblemáticos como el Moulin Rouge o la Basílica de Sacré Coeur. Montmartre fue una población independiente hasta 1860, cuando se convirtió en un distrito de París. A finales del siglo XIX, el barrio adquirió muy mala fama por la irrupción de cabarets y burdeles, por lo que los alquileres eran muy económicos. Justo lo que necesitaba el joven matrimonio, pues, aunque Marcel era transportista, no contaba con un trabajo estable y era adicto a la bebida. Jeanne sacaba algún dinero cuidando niños.

Marcas en el cuello

La desgracia entró en la humilde morada de los Webber en 1905, cuando dos de sus tres hijos fallecieron aparentemente a causa de la epidemia de bronquitis que asolaba el país. La policía no intuyó nada extraño en sus muertes, aunque las dos pequeñas mostraban unas marcas rojizas en el cuello. Los médicos tampoco le dieron mayor importancia. Los vecinos se apiadaron de ella por la desgracia que había sufrido y le confiaron la custodia de sus hijos. A las pocas semanas aparecieron muertos otros dos niños, pero las autoridades lo achacaron a una infección pulmonar, obviando de nuevo las pequeñas marcas rojas de sus cuellos. La terrible epidemia ayudó a la criminal a ocultar sus asesinatos.

Webber solicitó que se le concediera la oportunidad de seguir trabajando. Como nadie sospechaba de ella, su cuñado, Pierre Webber, le encargó el cuidado de sus hijas. Cuando Pierre regresó un día a su casa, encontró muerta a la más pequeña, Georgette, de 18 meses. La niña yacía en su cama, con la cara amoratada, mientras Jeanne lloraba desconsoladamente a su lado. El médico dictaminó que la causa del óbito se debía a unas fuertes convulsiones motivadas por una neumonía. Y otra vez obviaron las marcas rojas del cuello. Pese a todo, no sospecharon de ella y su cuñado volvió a confiarle el cuidado de su otra hija, Suzanne, de tres años, que también perdió la vida. Oficialmente, de muerte natural.

Los vecinos del barrio comenzaron a relacionar los casos con la niñera, pero las circunstancias hicieron que muchas personas continuaran compadeciéndose de ella. Uno de los hermanos de Jeanne le pidió que cuidara de su hija Germaine, de siete años. La niña sufrió dos ataques de convulsiones a los que logró sobrevivir, pero no superó el tercero. El doctor atribuyó la muerte a la difteria, una infección que causa fiebre y afecta a las vías respiratorias. El episodio acabó de indignar a la vecindad, que ya acusaba sin tapujos a Webber. Sin embargo, el día que enterraban a Germaine se conoció que el único hijo que le quedaba a la niñera había fallecido en circunstancias similares. Juan Antonio Cebrián explica en Psicokillers: perfiles de los asesinos en serie más famosos de la historia que fue la forma que tuvo la mujer de demostrar que lo que estaba sucediendo en Montmartre era fruto de una terrible epidemia; habría sacrificado a su propio hijo para ocultar sus crímenes.

Traslado a Indre

Un mes más tarde, su cuñada tuvo que salir de compras. Encomendó a Jeanne el cuidado de su hijo Maurice, de 10 meses. Cuando regresó descubrió cómo esta intentaba asfixiar al pequeño. Solo la intervención policial la salvó de ser linchada. Acusada formalmente de asesinato, esperó durante meses el juicio que debía llevarle a la guillotina. La vista comenzó el 29 de enero de 1906, pero el alegato del prestigioso doctor León Thoinot cambió el signo de los acontecimientos. El especialista aseguró con vehemencia que no se podían imputar a Webber esos fallecimientos, pues habían sucedido por causas naturales. Su discurso fue tan convincente que la niñera fue absuelta y excarcelada. Sin embargo, en París ya no había sitio para ella.

Webber se trasladó a la región de Indre, en el centro de Francia, para cuidar a los hijos de la familia Bavouzet. Todo trascurrió con normalidad durante los primeros meses, pero el 16 de abril de 1907 uno de los niños, Auguste, de nueve años, fue hallado muerto con unas misteriosas marcas en el cuello. Los médicos pensaron en la meningitis, pero cuando la noticia llegó a París se desataron todas las alarmas. El propio Thoinot investigó el caso y concluyó que la muerte se debía a unas fiebres que no habían sabido diagnosticar sus colegas de provincias. La niñera volvió a librarse de ser condenada. Incomprensiblemente, recibió una nueva oportunidad al ser contratada por el doctor Georges Bonjeau, presidente de la Sociedad Protectora de los Niños, para cuidar de los menores en un orfanato de Orgeville, donde la descubrieron intentando estrangular a un pequeño de seis años, hecho que fue silenciado por un avergonzado Bonjeau.

Sin familia y sin amigos, la mujer regresó a París para trabajar como prostituta. Se alojó en una pensión sucia y lúgubre donde la sorprendieron estrangulando al hijo de la dueña, Marcel Poirot, de 12 años. El vestido y su cara estaban repletos de sangre, así que el doctor Thoinot tuvo que rendirse a la evidencia y afirmar que la muerte era fruto de un estrangulamiento. Aun así, la mujer no entró en prisión. Thoinot elaboró un informe psiquiátrico en el que recomendaba su ingreso en una institución mental. Webber fue internada en el sanatorio de Maréville, en Nueva Caledonia, donde fue hallada muerta el 5 de julio de 1918. Había conseguido suicidarse de la mejor forma que sabía, estrangulándose a sí misma.

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