La dividida herencia de la Transición

Antes se entraba en política para hacer algo, y ahora se entra para ser alguien”, afirmaba hace unas semanas Jordi Sevilla en unas declaraciones a La Vanguardia. Podía haber añadido —aunque en realidad no hacía falta porque se le entendía todo— que aspiran a ser alguien por medio de la política quienes no alcanzarían a serlo por ningún otro medio. Si nos quedásemos en esta constatación, alguien podría pensar que nos encontramos ante la enésima evocación de carácter nostálgico referida a unos presuntos buenos tiempos perdidos en los que las cosas eran muy diferentes —para mejor, obviamente— a como son en nuestros días. Pero semejante evocación, al igual que otras muchas que se podrían plantear, resulta inane si no va más allá de la mera constatación, esto es, si no da otro paso y se plantea la ineludible cuestión de los motivos por los que esa supuesta (y al parecer nefasta) deriva se ha producido.

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