La distancia entre Niño de Elche y una misa

La mayor parte de la vanguardia casó y casa muy bien con la religión. El cine de José Val del Omar (Granada, 1904-Madrid, 1982) es un ejemplo de ello: su claro objetivo es el apuntalamiento de, concretamente, la religión católica. Todos sus dispositivos técnicos, así como el relato y montaje de su cine, se ponen a su servicio. La religión necesita misterio, mística, un sustrato irracional y pasional que se resista a ser explicado, que sobrepase al hombre; en última instancia, la generación de miedo al servicio del poder teológico. El “desbordamiento apanorámico”, la “diafonía” o la “visión táctil” no son otra cosa que técnicas de vocación totalitaria, es decir, que buscan borrar sus propios límites, que dificultan al espectador situarse en un marco exterior desde el que tratar de entender crítica, racionalmente. Val del Omar es explícito cuando las aúna bajo el término “mecamística”. Por otra parte, sus personajes son siempre figuras de la pureza: el niño, el gitano, el hombre llano, Dios… Sus emplazamientos —la naturaleza o, en todo caso, las ubicaciones rurales—, bastiones de esa pureza. Desaparece la sociedad, con sus conflictos e intereses; sus luchas. Esa invisibilización es su apuesta política. El cine de Val del Omar es un rezo. Por supuesto, se trata de un cineasta abiertamente reaccionario, un nacionalcatólico veterotestamentario; lo que no le quita interés pero que conviene tener siempre presente.

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