La despiadada asesina que envenenó a un centenar de personas arrastrada por la codicia | Blog Crónica negra

En el diccionario digital del Instituto Histórico de los Países Bajos dedicado a sus mujeres notables aparece un personaje siniestro: Maria Catherina Swanenburg, nacida en la pobreza en 1839 y fallecida en 1915 en la cárcel, a los 76 años. Casada y madre de nueve hijos, de los cuales murieron seis, trabajó de lavandera y cuidadora de niños y enfermos, ganándose el apodo de Goeie Mie, algo así como la Buena Mie. Pero tras este dulce apodo, la que también fue conocida como La envenenadora de Leiden, su villa natal, se escondía una doble vida con un reverso macabro: fue una de las mayores asesinas en serie del mundo.  

Eficaz, metódica y reincidente, los documentos históricos no alcanzan a precisar cuántas vidas llegó a cercenar. En los archivos de la localidad donde nació y vivió quedó reflejado que «entre 1879 y 1881 envenenó con arsénico a más de un centenar de vecinos, de los cuales perecieron 27». De ellos, 16 eran de su entorno familiar. Su abogado intentó salvarla asegurando que su clienta era «una aberración de la naturaleza», pero los informes médicos concluyeron que actuó en pleno uso de sus facultades. Fue condenada a cadena perpetua. Aunque ella nunca explicó qué la llevó a cometer estos actos, sí suplicó al tribunal «un castigo misericordioso». Pero murió sin haber logrado la revisión de su caso.

Maria Catherina Swanenburg nació en el seno de una familia humilde de 12 hermanos, de los que solo cinco alcanzaron la edad adulta. Lo poco que ganaba su padre trabajando de sol a sol no daba para más que unas patatas y la malnutrición crónica se apoderó de los pequeños. Esa miseria pudo haber sido determinante para que la pequeña Maria se transformara en la Buena Mie. El tribunal que la juzgo en 1885 concluyó que sus desmanes habían sido fruto de su ambición. Pero no halló explicación alguna para otras muertes: la de una cuñada y un primo, además de una tía. Incluso acabó con la vida de un grupo de asistentes a un funeral, y también con la de dos hermanas que cuidaba a cambio de un pequeño estipendio.

Los historiadores sospechan que en su huida de la miseria perdió el control, porque si bien asesinó en ocasiones para eludir sus deudas, se especializó en cobrar los seguros de funeral de los afectados que ella misma había suscrito. Ese tipo de arreglo era una práctica corriente en la época, y mientras se pagaran las primas mensuales, no había problemas de titularidad. De este modo, obtuvo entre 2.000 y 3.000 florines, una cifra fabulosa en el siglo XIX.

Seguramente nadie se podía imaginar que aquella mujer, de aspecto bondadoso pero de gesto serio, ataviada con una cofia, delantal y zuecos de madera, pudiera completar aquel expediente criminal que comenzó en 1883 y que se le facilitó un compuesto que podía adquirir por tan solo unos décimos de florín.

Maria Catherina Swanenburg usó por primera vez el arsénico para acabar con el matrimonio formado por Hendrik Frankhuizen, su esposa, Maria van der Linden, y su hijo pequeño. La autopsia reveló que la madre y el niño perecieron por culpa de este poderoso veneno que provoca vómitos y diarrea en cuestión de minutos y se utilizaba para combatir las plagas de parásitos y ratones. El padre murió poco después en medio de grandes dolores, pero tuvo tiempo de acudir tambaleándose al médico con síntomas evidentes de intoxicación. La propia policía pudo comprobar durante las investigaciones lo fácil y barato que era adquirir el compuesto.

El proceso contra la Buena Mie mantuvo en vilo al país. La clave de la muerte de los Frankhuizen fue un puré que ella preparó cuando no estaban en el domicilio. Una vecina fue testigo clave al verla entrar en la casa de los finados. La despiadada asesina cambió varias veces de versión sobre lo ocurrido y sus motivaciones. Primero dijo que había echado cloro en la comida para que sus víctimas dejaran de lamentarse por una deuda que arrastraban. Después alegó haber rechazado proposiciones deshonestas por parte del marido, pero la policía desmontó fácilmente ambas excusas. Al final, admitió el triple asesinato asegurando que perdió la razón y había bebido. Pero nadie la creyó. A partir de entonces, se destapó una asombrosa cadena de envenenamientos que requirieron diversas exhumaciones de cadáveres, y unos precisos análisis químicos, que sentaron las bases de la ciencia forense nacional.

La asesina en serie se sentó en el banquillo el 23 de abril de 1885. Para entonces la prensa nacional ya había diseccionado sus horrores por entregas, desvelando casi a diario sus andanzas. Tal fue la expectación que los dibujos realizados en la sala de vistas salieron a la venta. La acusada no mostró arrepentimiento por sus crímenes. Fue tachada de monstruo y no mostró arrepentimiento ninguno. Condenada a cadena perpetua, su defensor acabó proclamando que «nunca hubo un acusado más inhumano que ella». En ese tiempo su marido logró la anulación del matrimonio.

La Buena Mie murió en la prisión de Gorinchem, cerca de Róterdam, y fue inhumada en el cementerio católico de la ciudad. En Leiden todavía se la recuerda con horror. Sin embargo, una placa con su nombre luce en la calle donde nació.

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