La cúpula de los caídos

Dedicarse a la política es cansadísimo, y todavía los hay que la quieren desmerecer. Es apacentar ovejas sin poder respirar en el campo, sin tiempo para la poesía. Es ir de temporero al Congreso en esta democracia sin pactos. Las campañas electorales son esquilar cabezas de ganado, que es ir desvistiéndolas de las ideas que le sobran -casi todas- para quedarse en lo esencial, en lo primario, en lo que cada político intenta vender. La gente no quiere que su candidato le hable de balances económicos, de la crisis que nos viene y de la fragilidad de una democracia, si no de lo malos que son los otros. Pedro Sánchez no cuenta nada en realidad, por eso ha tenido que sacar a Franco del Valle de los Caídos -un lugar del que debió desterrarle la derecha hace mucho más tiempo para quitarse los complejos-. Pero en el PP, como buen partido político, se dedican a desterrarse entre ellos. Sánchez lleva dos campañas electorales con Franco a cuestas de pueblo en pueblo como Mari Carmen cargaba con doña Rogelia. Se han convertido, presidente y dictador, visto los CIS de Tezanos y las elecciones del pasado mayo, en una pareja de un sólo éxito. Algo así como Bertín Osborne y Arévalo. ¿Y después de Franco? ¿Con qué aventará a las dos Españas? Ni cuando Franco respiraba estuvo tan vivo como con Pedro.

Sánchez es hombre de una sola promesa cumplida. Y todavía está Franco por exhumar… Así llegó el viernes Pedro Sánchez a Valladolid. El mitin lo dio en la Cúpula del Milenio, que dijo que es su cúpula «talismán», tal vez porque es una metáfora perfecta de su carrera: se ideó para un rato y todavía sigue ahí. Una horterada para la posteridad; la Cúpula, digo. Los mítines de Pedro Sánchez consisten en cargar contra todo el mundo, como Óscar Puente en Twitter pero en hora y pico en vez de en doscientos ochenta caracteres. Y se acaba haciendo largo, entienda el lector. Para gusto del que escribe al mitin le sobró Pedro Sánchez en particular, que es lo que le vienen sobrando al PSOE desde hace un par de años. Y ahí precisamente radica el problema trascendental de la política de nuestros días, en que lo peor que tiene son sus líderes. Lo más flojo de Ciudadanos es, a todas luces, Albert Rivera. «Es tonto, pero es nuestro tonto…», que me dijo en una ocasión uno de los fundadores de Ciudadanos.

Pedro Sánchez llenó la «Cúpula del Milenio» en Valladolid para hablar del bloqueo, porque la culpa es de los demás, como en del colegio. Y habló de Franco pudiendo haber hablado del milenarismo, que siempre he pensado que es de lo único que le pega a esa cúpula, hilarante como el propio Arrabal. El milenarismo, que es a lo que quiere conducirnos Pedro Sánchez de convocatoria electoral a convocatoria electoral. Y ya cuando se acabe, que lo exhumen de La Moncloa si quieren.

Guillermo Garabito

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