La cara oculta de ‘El infinito en un junco’

La parte luminosa de esta historia habla de una escritora que ya casi se había resignado a dejar de serlo. Las circunstancias de la vida no lo permitían, digámoslo así. Pero insistió, terca como una supernova doméstica encerrada en su estudio, y alumbró un libro. El epílogo de la historia luminosa fue que ese libro se convirtió en un fenómeno editorial. La parte oscura de esta historia habla de un niño distinto. Un niño con problemas. Problemas duros. Ese niño era la “circunstancia de la vida” que impedía a su madre cumplir su sueño. Las 24 horas del día tenían que ir dedicados a aquel pequeño Barbarroja de andar por casa que primero quería arrancarse la sonda nasogástrica y luego quería arrancarle a ella los post-it de colorines con los que estructuraba su relato. El epílogo de la historia oscura es luminoso: Pedro, seis años para siete, la sonrisa invasora, el habla de cuento con un deje interrogante en los finales, la mirada como queriendo decirte “tú y yo nos entendemos”, es desarmante. Al final, Pedro y sus peces y sus gatos dibujados permitieron que mamá acabara el libro. No: nació por su culpa. La mamá escritora que no podía serlo porque las circunstancias de la vida, etcétera, etcétera, lo completó en los ratos libres que le dejaban las noches de hospital, los días de hospital. No solo fue un libro de éxito y felicidad, fue un libro de liberación y exorcismo. Se tituló El infinito en un junco.

Un ensayo de 400 páginas sobre la invención de los libros en el mundo antiguo no parecía de entrada el material más idóneo para provocar 26 ediciones, 150.000 ejemplares vendidos desde septiembre de 2019, un intensivo boca a boca que permanece a velocidad de crucero y traducciones a 30 idiomas —el euskera y el taiwanés son las más recientes—. De hecho, su autora, que antes había publicado novelas como La luz sepultada y El silbido del arquero y relatos infantiles, creía que sería su obra menos comercial. El 4 de noviembre ganó el Premio Nacional de Ensayo. Al reconocimiento popular se le sumaba el oficial. Dio un poco la sensación de que al jurado no le quedaba más remedio que premiar a Irene Vallejo (Zaragoza, 1979).

El libro, cuya primera versión fue escrita a mano, se gestó bajo dos intemperies. Una consistía en que Irene Vallejo no tenía editorial mientras avanzaba en él. Sus amigos de la editorial aragonesa Contraseña, Alfonso Castán y Francisco Muñiz, que le habían publicado sus títulos anteriores, le dijeron en confianza que ese ensayo no era para ellos. Pero le pusieron en contacto con Siruela, que acabó editando El infinito… Así habla hoy Ofelia Grande, la editora de Siruela: “Un libro como El infinito en un junco es el sueño de cualquier editor y también una confirmación fehaciente de que la vida editorial no deja de sorprendernos. Los motivos son muchos y van más allá de los 150.000 ejemplares vendidos. Quizá la causa del éxito la encontremos en el propio texto, un equilibro perfecto entre erudición y divulgación, y en la pasión con que la autora lo defiende. Hacer que un ensayo sobre la historia de los libros esté llegando a un abanico tan amplio de lectores parecía a priori una tarea imposible. Sin embargo, la respuesta ha sido unánime”. Una similar aproximación hace el escritor y editor argentino Alberto Manguel, autor de una entusiasta crítica al libro de Vallejo en el suplemento Babelia de EL PAÍS en diciembre del año pasado. Por correo electrónico comenta el autor de Una historia de la lectura: “No es casual que en estos tiempos de reclusión y clausura volvamos al placer de la lectura. Con erudición y perspicacia, Irene Vallejo nos recuerda la casi olvidada historia de este pequeño entrañable y esencial objeto que nos consuela y ayuda a sobrevivir: el libro”.

La segunda intemperie consistió en aquella vida hospitalaria que para Irene Vallejo era la segunda consecutiva tras la enfermedad y fallecimiento de su padre, al que cuidó. La vida de la escritora transcurrió durante muchos meses entre análisis, agujas, sesiones de quimioterapia, prótesis infernales y ese inconfundible olor a hospital que dejas de percibir cuando ya llevas tiempo ahí, demasiado tiempo ahí. Y solo cuando Kike Mora, su pareja, le daba relevo, se iba a su casa y cambiaba las agujas por los cuadernos de notas y las prótesis faciales por el teclado. Y el dolor del alma por la plenitud que le regalaba el sentarse a escribir. “La inmensa mayoría de mis lectores no sospechan en qué condiciones tan duras escribí El infinito en un junco”, confiesa Irene Vallejo en su piso del popular barrio de San José de Zaragoza. “Ya estaba a punto de tirar la toalla. Mi pareja y yo nos decíamos: ‘Qué mala suerte hemos tenido’. No sabíamos lo cerca que las cosas estaban de cambiar. Si no hubiera tenido aquellos tiempos para escribir cuando dejaba el hospital y me iba a casa, no sé qué me habría pasado”.

Recorrimos con Irene Vallejo, un día de sol helador, su Zaragoza, los lugares que forjaron su vida de escritora, dónde y cómo transcurrieron sus días, los amargos y los dulces. La acompañaba en todo momento Kike, que compartió con ella el contratiempo de tener que abandonar un ilusionante momento profesional a cambio de cuidar a Barbarroja. Ella, sus proyectos de investigación (es doctora en Filología Clásica). Él, sus producciones de cine (es profesor en la Universidad de Zaragoza).

En el palacio de la Aljafería fue de verdad donde empezaron las correrías de Ptolomeo y Alejandro Magno, de Cleopatra y Marco Antonio, de Aquiles y Ulises, de Hesíodo y Platón, y de otros tantos héroes y antihéroes antiguos que pueblan estas páginas. Allí, en 2015, durante una cena en la que Vallejo le había detallado el material que guardaba fruto de investigaciones universitarias, el escritor Rafael Argullol la emplazó a que convirtiera aquello en un libro. Y fue un libro. Al César lo que es del César.

En las mesas de mármol y bajo las vidrieras del precioso Café de Levante, fundado en 1895, se sentaba a pasar tardes enteras la Irene Vallejo lectora. El lugar encierra además un ingrediente sentimental. Allí transcurrió hace ahora 10 años la primera cita de Irene y Kike. Lo confiesan delante de James Rajotte, autor de las fotos de esta historia. Inmortalizado queda, pues, el regreso a la mesa del ventanal. “Han sido años muy duros para los dos; la precariedad, no saber de dónde te van a venir los ingresos, sostener una vocación esas condiciones…”.

—Y frente a todo aquello, ¿tiene ahora la sensación de “ahora, por fin, he llegado”?

—Sí. Por lo menos, tengo la validación de mi entorno, que dice: “Vale, ahora ya sí, ahora has demostrado que tienes una profesión que puede ser la tarea de tu vida”. Así que ese tipo de ansiedad ha desaparecido.

Tras pasar por la espectacular biblioteca del Paraninfo —en el edificio donde estudió Ramón y Cajal y donde Irene Vallejo se conmueve mientras acaricia con guantes varios incunables y una edición asombrosa de la Divina Comedia gracias a la hospitalidad del bibliotecario Ramón Abad—, la siguiente etapa es la librería Antígona. La pasión de Vallejo por los libros empezó a forjarse en otra, la desaparecida Pórtico, donde su padre la llevaba de pequeña. Pero Antígona es su casa, una de esas “farmacias de libros” de las que habla la escritora. Allí, entre pilas interminables de papel, la librera Julia Millán ofrece su interpretación del éxito de El infinito…: “Irene demostró hace tiempo cómo vivía el pensamiento clásico y cómo lo aggiornaba. Y está bien que se produzca un fenómeno editorial con un libro así, porque mucha gente parece que le tiene miedo al ensayo y creía que este era un libro pesado. Pero Irene sabe convertir lo personal en universal y al revés, por eso ha roto tantos esquemas, incluso entre cierta gente del mundo académico que suele mirar estas cosas por encima del hombro”.

Si algo ha dejado sentado un éxito editorial así es la absoluta vigencia de los clásicos, y su utilidad aunque muchos piensen que son inútiles (mentes reacias: ver el extraordinario ensayo de Nuccio Ordine La utilidad de lo inútil). Lo confirma la autora: “En una sociedad tan competitiva como la nuestra, rendida al concepto del éxito, no nos queda más remedio que ver los clásicos como los libros que más éxito han tenido generación tras generación. Han sido capaces de seguir triunfando a pesar de los cambios históricos, de imperios hundidos, de que cambiaran las lenguas, de que la civilización sea radicalmente distinta. La Eneida, la Ilíada, la Odisea… son supervivientes del éxito”.

Ahí pudieron radicar las razones por las que alguien como Mario Vargas Llosa se rindió ante este libro, cuya razón de ser descifra así: “Me impresionó mucho El infinito en un junco, que leí de corrido. Mi impresión fue tan entusiasta que hice algo que no suelo hacer: escribirle a la autora una cartita muy cariñosa felicitándola por la belleza de un libro maravillosamente escrito, en el que toda la sabiduría está disuelta en una crónica simpática, agradable, nada pretenciosa, explicando la maravilla que es la lectura y los inmensos beneficios que ella nos depara. Por ejemplo, leer un libro tan valioso como El infinito en un junco, donde se describe la aparición del libro en la Grecia clásica, lo que significó la Biblioteca de Alejandría y el enriquecimiento personal que para Irene Vallejo y todos los lectores del mundo significa aprender a leer. No me extraña que ese libro haya tenido tanto éxito en España y ojalá lo tuviera también en los países latinoamericanos y en el resto del mundo, porque en sus páginas uno descubre las infinitas ventajas que trae al ser humano la lectura”

Paseando por el parque Grande de Zaragoza, bajo las ventanas demasiado bien conocidas del hospital Miguel Servet, Irene Vallejo llega al tuétano de lo que para ella es la esencia del hecho literario: “Yo creo que cuando un libro tiene éxito editorial es porque está dando algunas respuestas a preguntas que la gente tenía en su cabeza sin ser consciente de ello”.

Como ella misma explicó en un reciente encuentro con lectores en la biblioteca pública Baltasar Gracián de Calatayud, donde los asistentes la escuchaban como a un oráculo, El infinito en un junco era, en origen, un libro más extenso, con un apartado más que llegaba hasta la invención de la imprenta. “Pero mis editores de Siruela me propusieron que me centrara más en la antigüedad y dejara fuera esa parte, también por evitar ahuyentar a los lectores con un libro de 600 páginas. Así que ahí ha quedado ese texto, que no se llegó a publicar y que podría ser el germen de otro libro, aunque a mí no me gustaría escribir una continuación”. No fue el único cambio que le pidió Siruela. El título original, Una misteriosa lealtad, todo un homenaje a Borges (“Nos acercamos a los libros con un previo fervor y una misteriosa lealtad”), acabó siendo modificado por consejo de su editora. Y se convirtió en una alusión a Pascal, que definió al ser humano como “juncos pensantes”.

Ahora, en medio del éxito, Irene Vallejo tiene enfrente un enemigo temible. Se llama la prisa. En una de sus columnas recientes en El País Semanal escribía: “Presos de la prisa, corremos sin aliento para llegar puntuales a la siguiente meta”. Y se llama también algo así como la tentación del momento. “El mercado editorial es muy voraz”, explica, “y enseguida te están pidiendo que saques otro libro para aprovechar el éxito que estás viviendo, pero yo no quiero apresurarme. Ahora lo importante para mí es defender mi libertad creativa. A mi agente ya le he dicho que no quiero trabajar con contrato ni con anticipos. No creo que el público necesite un libro mío cada año. Sería contraproducente”.

Todo parece, ahora, claro. Quedan lejos los días en que aquella niña fiaba sus noches a lo irracional y lo fantástico y lo ingenuo, que es lo deseable y lo que toca de niños, hasta que la realidad empieza a ejercer de apisonadora. Lejos ya las noches en las que creía que habían sido sus papás, funcionarios y lectores ávidos los dos con la casa plagada de volúmenes, los que durante el día habían pensado y escrito los libros que luego ella tenía en las manos. “O ni eso. A veces me contaban ellos directamente las historias. Cuando mi padre me contó la Odisea, yo estaba convencida de que esa odisea era solo para mí”. Y seguramente es eso. Que solo era para ella.

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