«La cara norte del corazón» y el efecto Redondo

Basada en una estructura que alterna episodios de la infancia de Salazar en el valle -allí donde se gestó el trauma silencioso, esa catástrofe de consecuencias aparentemente inocuas, que lastra el carácter de Amaia- con la investigación por parte del FBI de unos asesinatos en serie durante la acción demoledora del huracán Katrina en Nueva Orleans, «La cara norte del corazón», si bien cuenta con ese ingrediente indescriptible que nos hará muy agradable el trayecto por sus casi 700 páginas, no logra despertar tras su lectura la sensación de satisfacción plena y «enganche» que otras propuestas de tintes parecidos sí generan. De esta tibia reacción, dos son las razones responsables: la primera, la renuncia de la novelista a desarrollar la trama principal en el entorno que la identifica, y por lo tanto la diferencia, para trasladarla a un paisaje, el estadounidense, que por repetido en mil ficciones narrativas y audiovisuales resulta mucho más átono. La segunda, el hecho de que el recorrido de Salazar en Quantico, a las órdenes del agente especial Aloisius Dupree, recuerde demasiado a la insuperable relación entre Clarice M. Starling -ya todo un arquetipo-, y su mentor, Jack Crawford, en «El silencio de los corderos», de Thomas Harris. Estas narradoras constituyen la pincelada de un momento brillante para la intriga Más allá de estas consideraciones, que no supondrán obstáculo alguno para que los incondicionales de la autora de «El guardián invisible» disfruten con su nueva propuesta, el regreso de Dolores Redondo a las librerías ilumina una interesantísima realidad de la que ella y sus novelas son sin duda responsables. De la misma manera en que Stieg Larsson y «Los hombres que no amaban a las mujeres», amparados por un contexto favorable y difícil de explicar, prendieron la mecha del «boom» nórdico criminal, un fenómeno que con Nesbø ya empezó a intuirse, el «efecto Redondo», precedido por las carreras de fondo e impecables de escritoras como Alicia Giménez Bartlett, Marta Sanz o Rosa Ribas, ha alentado el desembarco en las mesas de policiaca de nuestro país de una larga lista de autoras de negra, que con sus distintos perfiles componen un peculiar retrato colectivo en el que merece la pena detenerse. Algunos nombres En esa imaginada foto de grupo, destacan Inés Plana (Barbastro, 1959), que con su ópera prima, «Morir no es lo que más duele», inició la odisea del teniente de la Guardia Civil Julián Tresser para continuarla en la reciente «Antes mueren los que no aman», un texto sólido, ambientado en los años más duros de la última crisis económica, que denuncia la prostitución infantil, y donde la proporción entre introspección y delirio es impecable; y la ya mencionada Rosa Ribas (El Prat de Llobregat, 1963), que acaba de iniciar con «Un asunto demasiado familiar» una nueva serie literaria, protagonizada por los Hernández, una familia de detectives que tiene como única norma de vida no investigarse a sí misma. Junto a ellas y no sólo, Marta Robles, Susana Rodríguez Lezaun, Noelia Lorenzo Pino, Antonia Huertas, Prado G. Velázquez, Laura Balagué, Mireia Vancells, Esther García Llovet, María Frisa y la prometedora Ledicia Costas, ganadora del Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en 2015 con «Escarlatina, a cociñeira defunta» y sorpresa de las letras gallegas más negras con su primer «noir», «Infamia», una historia ambientada en un pueblo minúsculo, condenado por la trágica e irresuelta desaparición de dos hermanas, que en su idioma original ya acumula tres ediciones y en apenas unas semanas será publicada en español por Destino. Saber cuáles de estos nombres y obras perdurarán y cuáles se extinguirán por haber sido producto de la moda de escribir sobre la sangre a cualquier precio es una cuestión de tiempo, pero una cosa está clara: como colectivo, estas narradoras constituyen la pincelada más evidente de un momento brillante para la intriga literaria española de sesgo más comercial, en la que, siguiendo un patrón clásico e infalible, casi siempre se construye la ficción barajando la tragedia evidente del crimen con la más sutil de quien lo investiga, como en el caso de Amaia Salazar. Casi siempre. «La cara norte del corazón». Dolores Redondo Narrativa. Destino, 2019. 600 páginas. 22,90 euros

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