La Argentina es insoportable, por ahora su rasgo más elogiable

Nicolás Otamendi pelea por la pelota con el brasileño Willian durante el amistoso disputado en Arabia Saudita. Fuente: Reuters

Habrá que reconocerle a la Argentina que es insoportable. Ni atractiva ni confiable. Ni siquiera es una selección que después de dos decenas de partidos bajo la administración Scaloni haya resuelto a qué busca jugar. Pero es insoportable. El equipo es feroz e impresiona el contrato grupal. Su capital es el compromiso, la disposición al esfuerzo. Con aires pendencieros, como si nada menos que el orgullo estuviera en discusión, se dedicó a apretar a Brasil sin concesiones. Y lo redujo con una furiosa presión, pero detrás del volcánico impulso emocional siguen pendientes trazos más robustos. A medida que la autoestima crece de la mano de resultados alentadores, el ensamble de piezas tendría que ir enriqueciendo esa identidad a la que le cuesta incorporar señales de progreso. A la Argentina la debe guiar mucho más que el corazón.

Porque de tan intenso, el seleccionado también es desprolijo y Brasil dilapidó esas licencias. Atropellado, como De Paul, Ocampos, Otamendi o Lautaro Martínez, futbolistas rigurosos, valientes, siempre dispuestos a prepotear a los adversarios hasta robarles la billetera. Es que esta Argentina, definitivamente, se siente cómoda entre fricciones y discusiones para una propuesta de trincheras. Las revoluciones altas le sientan bien.

Pero la Argentina es arrabalera y desconcertante. Capaz de ceder el protagonismo, apostar por el contraataque, retomar la iniciativa en algún pasaje, cuidar los recorridos o despejar a cualquier parte sin remordimientos. Todo en uno. ¿Versatilidad, tal vez? ¿Inteligencia táctica para leer los momentos del juego? No lo parece, la imposibilidad de rotularla todavía no es una virtud. La idea madre más reconocible es la devoción por el deber. Buen paso, pero tendría que ser solo el punto de partida. El piso desde el cual construir un estilo que exceda la vigorosa personalidad. Desde la Copa América la Argentina parece anclada en el fervor y se demora su evolución. La lealtad emocional ya es patrimonio de Scaloni, pero el pulido futbolístico sigue pendiente. El plan debe perfeccionarse. Ya son 20 pruebas, un recorrido inusualmente generoso en la antesala de las eliminatorias sudamericanas.

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Además, en cada partido se suceden desenfoques, que son los que confunden: Scaloni elige volantes con perfil de juego, pero la tarea que les propone es cortar los circuitos adversarios. Ejemplo: Lo Celso en la banda con misiones persecutorias no rinde. Ahí el equipo se queda a mitad de camino, no sincera su propuesta y se entrega a la ceremonia del sacrificio y las ofrendas.

Lionel Messi lucha con Thiago Silva por la posesión de la pelota durante el amistoso entre Argentina y Brasil disputado en Arabia Saudita. Fuente: AFP

Algo ladino, cuando el equipo se asume inferior, como ante Alemania o Brasil, o frente a Colombia en el debut de la Copa América, despliega un encantamiento de serpiente para arrinconar a los adversarios contra los lugares más inhóspitos. La Argentina se desdobla para que el oponente se sienta incómodo. Como método, vale; si el regreso a la élite es el final del viaje, se presenta poco ambicioso. Y ha recogido suerte dispar: ante los colombianos no lo consiguió, con Alemania revirtió la desventaja hasta empatar y a Brasil le arrebató una victoria que el Scratch tuvo la oportunidad de comenzar a construir desde un penal, pero Gabriel Jesus lo erró. Paradójico: Esteban Andrada ni cerca estuvo en el lanzamiento, se arrojó al otro palo, pero no fue gol; cuatro minutos más tarde, Alisson detuvo el remate de Messi, pero el capitán argentino castigó en el rebote. El fútbol también son momentos.

Ganar el clásico, una sensación poco frecuente para la Argentina en las últimas décadas, siempre es movilizante. Libera, descomprime aunque se trate de un amistoso. Pero a la constate agresividad de la Argentina otra vez le faltaron elegancia, pausa y combinaciones. Cumplió la tarea gregaria: la selección martilló hasta reducir a Brasil a una expresión descolorida y previsible. Tite cambió todo el eje ofensivo y jamás encontró respuestas para fisurar la metalúrgica y rocosa resistencia albiceleste. Si hasta casi sin proponérselo, la Argentina pudo ampliar la ventaja en alguna réplica gobernada por Messi y mal cerrada por Lautaro Martínez.

Y Messi es el mejor ejemplo del convencimiento al que se abraza este plantel. Él queda algo desprotegido, rodeado de lobos hambrientos dispuestos al esfuerzo hasta la inmolación. Sin embargo, el capitán no se frustra. Al contrario, lidera la cacería bien implicado para atender obligaciones colectivas. Hasta comete infracciones por las que cualquier futbolista terrenal sería amonestado. Después, cuando tiene la oportunidad, algunos fogonazos de su sello le recuerdan al mundo que es diferente al resto. Nadie tiene pereza, todos se involucran. Hasta el crack.

Muy lejos de presentarse como un equipo sofisticado, la Argentina empieza a ser un estorbo, casi un especialista en negarles soluciones a adversarios con mejor base y fundamentos. A Scaloni mucho no le interesa la pelota, y si para ganar tiene que hacer concesiones estéticas o saltear búsquedas más elaboradas, no lo duda. Encontró los soldados para esa causa. La selección no atrapa ni convence, pero es un ejército orgulloso de su desfile.

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