Joaquín Romero Murube, precursor del civismo en Sevilla

Joaquín Romero Murube es uno de los grandes precursores sevillanos en los trabajos de concienciación ciudadana. Con el talento de su pluma procuró despertar siempre la necesidad social que urgía de establecer unas bases sólidas de comportamiento respetuoso, que ayudasen a mejorar las existentes. Claro está, para ello resultaba esencial el acatamiento de unas normas de convivencia pública. A su juicio, el respeto y la educación debían ser pautas esenciales de la sociedad en la que le había tocado convivir. No olvidemos que, en 1947, había sido nombrado delegado provincial de Educación Popular, cargo que muy poco después cambió de denominación, convirtiéndose entonces en el de delegado provincial de Información y Turismo. Este artículo lo redactó a inicios del mes de diciembre de 1952, el año en el que por fin se suprimió la cartilla de racionamiento de alimentos y otros productos básicos. El mismo en el que la alcaldía de la ciudad prohibió circular por el centro a los pianillos de manubrio, que actuasen por la zona, y estableció sanciones de cien pesetas a quienes diesen limosnas en la calle. No cabe duda de que análisis como estos, expresados en las páginas de nuestro periódico, incidieron muchísimo en la adopción de aquellas medidas municipales, que trataban de paliar la perturbación de unos valores fundamentales de convivencia. ¿Tribu o ciudad? Joaquín Romero Murube se pregunta retóricamente si el modo de conducta de la colectividad era urbano o salvaje. Trataba de comprender si aquellos energúmenos juveniles que actuaban de aquel modo tan inapropiado en transportes públicos, como el tranvía, mantenían un comportamiento honroso. El enorme interés que suscitó el tema tras la publicación de ¿Tribu o ciudad? llegó a Romero Murube a proseguir ahondando en este asunto ¿Tribu o ciudad? cosechó un éxito realmente importante. Pocos días después de esta publicación, volvió a escribir una reflexión algo más amplia que se detenía a analizar el gamberrismo en Sevilla. El enorme interés que había suscitado el tema, a raíz de la publicación de ¿Tribu o ciudad? llevó a Joaquín a proseguir ahondando en este asunto tan peliagudo. Comprobó que, entre los lectores, existía una profunda preocupación sobre este asunto, entonces tan latente. En un artículo posterior aclaró por qué había dejado de emplear el término «gamberro», en lugar de «tribu». Lo justificó esgrimiendo razones de significado. La gente le daba ya a la palabra otros muy distintos a los que la propia Academia de la Lengua recogía en su diccionario. Las precisiones de don Joaquín. Estaba seguro de que en los años cuarenta no había gamberros en Sevilla. Existía el pelmazo público, existía el señorito tronera, que metía el coche por la calle de la Sierpes, existían borrachos callejeros, y otros individuos incorrectos, pero sin llegar a rozar «la infraescala zoológica del gamberrismo». Fueron varios años, y durante muchos artículos, los que Joaquín Romero Murube se llevó escribiendo sobre el indebido comportamiento de sujetos. Muchos años más tarde, en 1958, refiriéndose al barbarismo, pero en este caso del lenguaje, aclaraba a los lectores de ABC que, no se preocupasen porque no iba a hablar de gamberrismo. Voz de la calle Para Joaquín Romero Murube resultaba vital la calle. Su labor en el periódico la equiparaba a la de un orador espontáneo que surgía en medio de ella. Es a este lugar donde el periodista tiene que acudir a charlar sobre los asuntos diarios de la vida cotidiana, de donde tiene que tomar las ideas, prácticamente es donde tiene que escribir sus artículos. Se entiende así la denominación de la sección en la que, durante aquellos años, encasilló estos artículos suyos que se hacían eco de unos asuntos tan vinculados a cuestiones de relación social. Bajo el epígrafe «Voz de la calle» introdujo Joaquín un amplio número de textos periodísticos, a modo de columna, entre las décadas de 1950 y 1960. Se trataba de reivindicaciones de cuestiones sociales del día a día, que no mira al pasado, ni a la lírica, sino que resaltan cuestiones candentes, muy necesarias para el avance y desarrollo humano de la ciudad. Estas reivindicaciones suyas evidencian las enormes inquietudes que poseía sobre el presente, sin huir de la crítica objetiva de la realidad. Bajo el epígrafe «Voz de la calle» introdujo un amplio número de textos periodísticos a modo de columna entre las décadas de 1950 y 1960 Había cuestiones muy preocupantes en Sevilla que no podían ser tratadas con subjetividad, ni con una mirada literaria o poética. Requerían lo que Joaquín supo hacer como nadie. Diseccionarlas y difundirlas públicamente en el periódico. En definitiva, compartirlas también, a diario, con los demás conciudadanos. En un artículo que escribió en este periódico, justo un año después de este que analizamos, en el que abordó el tema del periodista y la calle, escribió: «nuestros comentarios y artículos sobre Sevilla podrán ser apasionados, e incluso inciertos, por defecto de información en algún matiz o pormenor de lo que expongamos. Pero de lo que sí estamos seguros es de que reflejan el ambiente de la calle. Ella constituye nuestra mejor universidad». Periodismo y literatura Pensaba que escribir sobre Sevilla era quedarse en solitario. Lo dejó escrito así en su libro «Lejos y en la mano (1959)», en el que recogió un buen número de artículos publicados en nuestro periódico, de una sección dedicada a narrar la historia de las calles de la ciudad. El escaparate de estas páginas era el foro que mayor idoneidad reunía para exponer sus reivindicaciones, pues además de hacer copartícipes a los lectores, la prensa era un altavoz público que redimensionaba y amplificaba los análisis y reflexiones que elaborara, hasta convertirlos en una gran medida de presión. Fue un maestro aliñando la novedad callejera con el empleo de un lenguaje exquisito y una voluntad de estilo muy definida. Nunca sin perder, tampoco, un ritmo medio acompasado. Él alardeaba de haber defendido siempre el sentido artístico de la belleza. Preso de su pasión por lo que sucede en la calle y la escritura, supo combinar como nadie el periodismo con la literatura, y viceversa. Por ello, sus trabajos periodísticos guardan una impronta muy particular y una personalidad informativa y narrativa depurada, valedera, moderna y maravillosa, que trata de estar siempre a la altura de lo que más le interesaba: Sevilla. Firma del autor – ABC La Voz de la calle: ¿Tribu o ciudad? Nos quedamos un momento suspensos, queriendo verle el bigote al gato que se ocultaba en la tripilla de tal perogrullada, y fingiendo que la pregunta no tenía más alcance que el puramente dialéctico, procuramos al contestarla ser lo más justo en la elección de nuestros vocablos, para que la fragilidad de unas palabras encerrase cumplidamente el sentimiento vago, difuso, casi incorpóreo de lo que queríamos decir. La voz de la calle -contestamos- es la unificación de una idea o de un sentimiento, recogida en mil expresiones distintas, en lo sitios más dispares y alejados, y sin que en aquella inicial coincidencia exista acuerdo previo o tácito plebiscito… Y permítanos -añadimos- que corroboremos la pedantería a que obliga toda definición con la llaneza de algún ejemplo inmediato. Cuando en el «bar» del hotel elegante se habla de un tema, que con distinta expresión o ropaje imaginativo ocupa también el ocio de la tertulia de tal acera, del habitual saloncillo de tal casino, de la forzada conversación de espera en el funeral, en la antesala del médico, en la mesa del café o ante el vaso de vino tinto de la taberna castiza… Cuando en todos aquellos sitios donde la mecánica social congrega habitualmente a un grupo de personas, y en la libre conversación inesperada gravitan temas de interés común ante la coincidencia de apreciaciones sobre el mínimo motivo, usted puede decir sin forzar en nada la realidad ambiente que la calle tiene una voz y que expresa por mil lenguas distintas tal idea o tal sentimiento. ¿No? La cuestión hasta ahora es de primeras letras. Si esa voz -continuamos- es justa o sabia, si debe ser atendida o soslayada por el gobernante, qué valores objetivos operantes o elementos de contrastación acumula en sí, etcétera, etc. Eso ya es meternos en mayores honduras y filosofías, a lo cual no nos obliga ahora el sencillo y venial reconocimiento de que hay una voz en la calle, Es decir, que defendemos su existencia, pero no entramos en la discriminación de sus valores. -La calle va solo a su conveniencia egoísta y atropella todas las razones. En muchos problemas municipales… -Perfectamente -atajamos a nuestro interlocutor, que ya se embalaba y quería arrimar el ascua a la sardinilla de su conveniencia-. Ya comienza usted por reconocer la existencia del fenómeno. Medirlo en orden a sus cualidades es lo que nosotros no hacemos ahora. Por otra parte, esta voz de la calle en ciertos menesteres suele ser simplista y categórica, sin entregarse a mayores deliquios, que en nada van con la sencillez con que fluye y se manifiesta. Y permítanos otros ejemplos, pues nuestra crianza campesina nos hace verlo todo en apólogos y experiencias… Hace pocas tardes veníamos del cementerio en tranvía. Unos mozalbetes, con un poco de vino por enmedio, armaron garata, entre puyas y cuchufletas, contra el correcto cobrador. -Pues no pagamos porque no nos daba la gana, resumió uno de los bigardones. El empleado puso el entrecejo turdetano, la voz carpetovetónica y el gesto ibérico. Queremos decir que se armó la guerra dentro del tranvía.. Adorne el campo de batalla con todo ese vocabulario intestinal y con alusiones familiares que usan ciertos sevillanitos… Intervino un guardia del municipio que allí también viajaba, así como todo el resto del pasaje. Aquello parecía un tranvía de locos, enlutados y llorosos. No olvidaré unos crisantemos marchitos, que de pronto, no sé cómo, los encontré violentamente introducidos entre el cuello y mi camisa„. Por fin, fueron expulsados los provocadores y creímos todos que la paz iba a renacer. Pero no bien se encontraron en el suelo, los energúmenos arremetieron contra el tranvía, con piedras y guijarros de un volumen y de una violencia en el tiro verdaderamente criminales. Un señor anciano y respetable, que estuvo a punto de ser alcanzado por uno de los proyectiles, exclamó con acento de dolor y vergüenza. -Esto no es ciudad. Esto es uma tribu de salvajes. Con menos violencia que el incidente del tranvía, usted había reparado cómo la gente repulsa airadamente esa falta de corrección constante que ciertos grupos de muy diversa procedencia y estilo se permiten por la calle. Son los jóvenes provincianamente cinematográficos que molestan por las aceras a todas las mujeres, escupiendo en sus oídos obscenidades y plebeyeces; son las bandadas de chiquilicuatros sucios que alteran la paz del barrio y gritan y vocean por calles y plazuelas con un vocabulario de letrina; es la mirada que ofende casi como una injuria en el chofer, el camarero, el cochero, el servidor cualquiera que porque sí quiere una ganancia superior a la oficialmente estipulada por su mecánico servicio… Es el estudiante que desde la impunidad del grupo y el alboroto se condecora con la vergonzosa agresión al catedrático que cumple con su deber explicando en la cátedra; con los bancos de los jardines públicos, esas puertas de hoteles, esos andenes de estaciones, donde todos los «Tartas» tienen su tertulia al raso y oficina pública de roñas, cartitas y desmanes… Contra esos hibridismos. desmanes, lacras y anomalías que ensucian y lastiman la clara y transparente vida de la calle sevillana, la gente se revuelve y avergüenza calladamente… Y sí encerramos este sentimiento de la calle en una frase como aquella que dijo el venerable anciano del tranvía del cementerio -«¿Tribu o ciudad?»- ¿usted cree que nos excedemos en nuestras manifestaciones periodísticas, y que la voz de la calle en este caso no lleva razón? -Sí, bueno… Pero… -¡Ah! *Artículo publicado en ABC de Sevilla en la página 27 del día 7 de diciembre de 1952

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