Jesús de la Rosa, el rock de la calle Feria

Salía de la casa paterna de la calle Feria cantiñeándose algo para el camino, ya fuera por bulerías o por Tom Jones, para hacer el trecho hasta donde fuera con la alegría que respiraba siempre. En su físico llevaba la marca del jiperío de la época: melenita vacilona, ojos brillantes, andares guapeaos, vaqueros de campanas y alguna camisa de bordados orientales que llegaba del moro.

En la Sevilla de los setenta se dejaba ver con frecuencia en las actuaciones de los grupos que tocaban en las fiestas colegiales o universitarias y solía colocarse cerca del entarimado o de algunos de los bafles del equipo esperando su oportunidad. Lo conocían como el Tom Jones de la calle Feria porque cuando el grupo que actuaba cedía de muy buena gana a sus pretensiones de cantar un tema. Casi siempre era aquel «No es nada extraño» del minero galés que arrasaba en las listas de éxito.

Estaba loco por tener un grupo que acompañara la singularidad de su voz. Le llamaban así. Pero su nombre era Jesús de la Rosa. Una estrella que acumulaba energía musical y que esperaba su momento para explotar y deslumbrar a una España que deseaba ver en el lago del cambio político el reflejo de su sueño. Jesús hizo sus tablas con un grupo sevillano de muy buena factura: Nuevos Tiempos, donde fue a coincidir con gente como Manolo Rosa, Lorenzo Romero, Enrique Carmona y Ray Palma. Fueron años de aprendizaje y de cantar mucho rock progresivo. Hasta que tiró para Madrid que es donde se cocían las papas de los buenos pucheros musicales. Triana nació a la vera de Sevilla. La de Jesús, Eduardo y Tele nació en Madrid. Unos dicen que en el chalé de Pozuelo de Javier García Pelayo. Eduardo Rodríguez insiste que en su casa del barrio Prosperidad.

Qué más da. El caso es que nació. Y que llevaba dentro lo que llevan las cosas que son distintas, diferentes, ese brillo que es capaz de volver mariposa al gusano. Como una fuerza de la naturaleza, fueron capaces de fusionar el rock y el flamenco, de que sonara y sedujera un quejío de Chocolate en un acorde de Jimi Hendrix. Y parieron tan descomunal «jechura» musical que asombraron al mismísimo Paco de Lucía, que hicieron confesar a Manolo Carmona que de chinorri se emboba con aquellas canciones, que Manolo García grabara los temas trianeros en cintas de ventas y gasolineras, que Alejandro Sanz le dedicara un tema en «No es lo mismo», que José Luis Figuerero (El Barrio) encontrara en sus letras las costuras del alma o que Enrique Bunbury se confesara hijo del agobio y seguidor de las estrellas que alumbraban el patio de su éxito.

Jesús pudo haberse quedado con Los Bravos, pero no lo quisieron por su hermoso acento andaluz, el mismo que le daría ese sabor especial a sus temas para que España entera entregara la cuchara.

Fue entonces cuando Eduardo Rodríguez Rodway encontró lo que andaba buscando para que el rock y el flamenco se hicieran colegas y cantaran juntos sin desafinar en una taberna de Jerez que bien podría estar en Memphis.

Sabían de un lugar donde, además de brotar las flores y de que el río y el monte se amaran, el señor Troncoso les revelaba los dolores de la calle, las duquelas de los marginales, el otro lado del espejo bonito de las cosas. Y eso quedó para siempre reflejado en la mayoría de las letras que compuso Jesús. Maxi Moreno, autor de las carátulas de sus discos y fotógrafo de cabecera del grupo, supuso para la imagen de Triana lo que Terry O´Neill para las de los Los Rolling, los Beatles y Frank Sinatra. De Maxi Moreno es el icono universal de los trianeros, el logo de un sonido que se simplificó en el nombre Triana con una vela encendida entre la R y la A, como si fuera una I.

De sus grabaciones sabemos por Gonzalo García Pelayo, su primer productor, que no había que echarles cuenta. Gonzalo se dedicaba a jugar al ajedrez sabiendo que lo que hacían Jesús, Eduardo y Tele estaba bien hecho. Un escritor local, de finísimo paladar y pulso brillante, Paco Gallardo, le dedicó su libro «El rock de la calle Feria», una especie de himno literario generacional donde, muy jóvenes todos, le abríamos la puerta a las niñas del amor, por muy desesperadas que fueran las noches. Todos los capítulos de ese libro, que recogen magistralmente el despertar de aquel tiempo, llevan por títulos temas inolvidables de Triana. La carretera que se llevó a Cecilia y a Nino Bravo también les paró el cuentakilómetros a Jesús y a Triana. Y con su ausencia, todos sufrimos lo peor de la Frialdad…

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