JC I busca sitio

Como tantos coetáneos, yo también tengo una foto con el rey Juan Carlos. Durante los años dorados de su reinado, era tal su omnipresencia recibiendo honores y otorgándolos que no eras nadie si no tenías ocasión de coincidir con él en algún fasto. La mía fue en noviembre de 1989. Inauguraban Juan Carlos y Sofía los estudios de la SER en la Gran Vía, avanzando a paso de tortuga entre gerifaltes, mientras esta principiante esperaba el real advenimiento apostada en su puesto de trabajo. En estas, sonó el teléfono y, una, periodista de raza, fue a cogerlo justo en el instante en que el monarca le ofrecía la diestra. Así aparezco en el consabido retrato de Dalda, el fotógrafo aúlico que inmortalizaba tales encuentros y luego los pasaba al cobro del plebeyo: estrechándole los cinco al soberano con una mano mientras con la otra atiendo a un amable oyente. Yo, con cara de trágame, Juan Carlos. Él, descojonado, con rictus de a esta le va a caer gorda. Y me cayó, en efecto. Una bronca de mil pares de hercios de un jefe de cuyo nombre no me acuerdo porque se me olvidó viendo la ilusión de mi madre al exponer aquel documento histórico en marco de alpaca hasta que llegaron los nietos y destronaron a los Borbones en pleno.

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