Javier Camarena, entre lo popular y lo culto

En el Madrid de Galdós, los ciudadanos acudían al teatro según su condición. Una viñeta en «La Ilustración Española y Americana» de 1883 explica que los más refinos de la sociedad preferían el teatro Apolo, la Zarzuela y el Real frente al Variedades o el de la Comedia dedicado a «todo un poco». La diferencia entre los primeros era, no obstante, palpable: el aire «militar» de algunos visitantes del Apolo se compensaba con el chiste atrevido de los divertidos espectadores de la Zarzuela, muy distintos a los presuntuosos «dilettantes» que acudían al Real, escenario colocado a la cabeza de la clasificación. Pasado el tiempo la mezcla de ciudadanos se ha hecho más homogénea y hoy requiere cierta ciencia dilucidar cuál es el público y cuáles sus intereses escénicos. Pero la cuestión es importante. El propio Teatro Real, desde su posición de privilegio, renovado como cabecera del espacio teatral madrileño, se ha propuesto entre sus objetivos captar aficionados… y hacerlo sin discriminación. En ese contexto saludablemente inclusivo asoma anacrónicamente la celebración de la Gran Gala 2019 del Teatro Real, acto de naturaleza fundamentalmente social que ha tomado como eje y aparente justificación el recital del tenor Javier Camarena. El teatro deja de ser de todos para pasar a pertenecer a unos pocos que abogan, según se explica desde el Real, por sostener el programa social del que forma parte «El Real junior», gracias al cual muchos jóvenes se introducen en la ópera, y el aula social que atiende a más de cien menores procedentes de diversas fundaciones y asociaciones sin ánimo de lucro. La frontera entre la patrocinio y la filantropía puede ser muy estrecha, aunque visto el acontecimiento de cerca con la gran mayoría de las entradas a precios astronómicos, la parefernalia del acto incluyendo la posibilidad de una cena elegante en el mismo escenario del teatro, la sofisticada decoración de los espacios comunes y el protocolo con esmóquines y vestidos largos por doquier, sea fácil volver la vista atrás y recordar al antiguo y encorsetado «dilettante» antes que al moderno contribuyente. No es tampoco despreciable el hecho de que la gala comenzara quince minutos tarde, que se permitiera la entrada de espectadores en medio de recital, incluso cuando éste estaba ya muy avanzado. Javier Camarena tiene tras de sí una bonita historia de éxitos en el Teatro Real. Acaba de interpretar, en una única función, el papel de Nemorino en las últimas representaciones de «L’elisir d’amore». De inmediato, protagonizará «Il pirata», de Vincenzo Bellini. Atrás quedan «La fille du régiment» y «Lucia di Lammermoor» con bises incluidos. Camarena es uno de los grandes y así lo demostró en el recital que hace dos años ofreció en el Teatro de la Zarzuela con el apoyo de la Orquesta de la Comunidad de Madrid dirigida por Iván López Reynoso con un programa dedicado exclusivamente a la zarzuela. En el Real ha contado con la colaboración del pianista Ángel Rodríguez ofreciendo lo que el tenor llamó en la presentación previa un recorrido «por parte de mi propia historia» con canciones, arias italianas y zarzuela «española». Un programa disímil y en progresión saltando desde Carissimi y su muy anquilosada interpretación a Vincenzo Bellini y Jacinto Guerrero convertidos en verdaderas creaciones. Efectivamente, Carissimi, Giordani y Bononcini sonaron faltos de refinamiento si es que en la memoria se tiene al mejor Camarena. La voz fría, todavía tropezaba en momentos cruciales mientras la interpretación se acogía a cánones hoy muy trasnochados y poco representativos. Hubo que esperar a Donizetti y su «L’ora troviso» para descubrir otra perspectiva y con ella una más evidente implicación de los espectadores. Estupenda «La danza» de Rossini; rápida, virtuosística, y todo un alarde de facultades el ejemplo de «Ricciardo e Zoraide», «Qual sarà mai la gioia», poniendo de manifiesto, también, la notable calidad instrumental de Ángel Rodríguez. Pero puestos a considerar la exacta posición de Camarena como intérprete, es decir como creador, hay que valorar la altura que adquirió el recital con «Una furtiva lagrima», cantada de manera muy expresiva, balanceada y con un punto de dramatismo. Los bravos se hicieron habituales tras el aria de «Il pirata» «Nel furor delle tempeste», redondeando una «cabaletta» plagada de peligros. Más allá, Camarena transitó, una vez más, entre lo culto y lo popular con una facilidad asombrosa. En su voz se comprueba que la zarzuela puede ser algo grande y que el problema que arrastra es la llana vulgaridad de la inmensa mayoría de las interpretaciones. En el programa oficial apenas había un fragmento: «Mujer de los ojos negros» de «El huésped del Sevillano», de Guerrero. Se prologó con la interpretación perfectamente prescindible del «Intermezzo» (sic) de «Las bodas de Luis Alonso» que Rodríguez resolvió con demasiadas faltas. Camarena aporta tal grado de personalidad, la interpretación es tan cálida y minuciosa que músicas aparentemente fuera de un programa de postín como este acabaron siendo una referencia que levantó a los espectadores de la butaca. Pero, sobre todo, a Camarena hay que agradecerle la cercanía y la cordialidad. Enormemente simpático, habló al principio del recital, como hace con frecuencia; convirtió el escenario en un espacio que olvidó el perifollo llegando a ser un lugar inmediato; negó la altivez del acto en favor de una amabilidad capaz de abrazar a cualquiera sin distingos. Tras el programa oficial vinieron un buen puñado de propinas. Fueron músicas próximas como «Flor roja», «No puede ser», la jota de «El trust de los tenorios», la «Malagueña» de Aceves Mejía, «Siboney» de Lecuona… Una impresionante sucesión de hitos capaz de explicar de una manera diáfana que, si en verdad se quiere construir algo que pueda compartirse por todos, la mejor receta es huir de lo artificial.

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