Isidoro Valcárcel Medina: “La libertad está en no vivir de lo que produces” | Cultura

El trasfondo del cortometraje se resume en un simple diálogo. Una sucesión de palabras encadenadas entre tres personajes, dos hombres y una mujer. Pero, como suele ocurrir cuando se rasca sobre la superficie, tras lo aparentemente sencillo se esconde todo un laberinto de oportunidades, posibilidades latentes dispuestas a materializarse para cuajar un relato alternativo. Por eso, aunque el medio elegido —el cine— marque casi una excepción en la extensa trayectoria del artista Isidoro Valcárcel Medina (Murcia, 83 años), la película que ha dirigido recientemente junto al cineasta Luis Deltell, Un diálogo circunstancial, no deja de percibirse como una gota dentro del mismo flujo de producción, arrastrado por la libertad a la hora de mirar y el convencimiento de que subvertir no significa otra cosa que ampliar esa visión del mundo. El filme, un juego en torno al concepto del montaje y sus posibilidades expresivas, se proyectará hoy y el 11 de enero en el Museo Reina Sofía de Madrid, ambas fechas acompañado de coloquios con la participación del artista. La cinta podrá verse nuevamente el 29 de enero en el Círculo de Bellas Artes de Madrid y tendrá posteriores pases en Roma (6 de febrero) y Pamplona (14).

Machaconamente encasillado en la categoría de artista conceptual, alabado como uno de los primeros y más destacados de España —recibió el premio Nacional de Artes Plásticas en 2007 y el Velázquez en 2015—, en realidad Valcárcel Medina se definiría mejor y más fácilmente como un género en sí mismo. No en vano, como subraya sorbiendo un té con miel en el salón de su coqueto apartamento en Madrid, más allá de modas y corrientes él ha hecho siempre lo que le “ha apetecido”. “El arte conceptual es una tendencia del arte conceptual: en toda obra el concepto es el soporte. Cuando tú aclaras esto mentalmente, todas tus actividades se enmarcan dentro de este territorio”, reflexiona. “A lo que yo aspiro con mi trabajo es a que se vea, y siento una obligación hacia el que lo ve, pero también a decir lo que quiero. No quiero que a los otros les guste sino que puedan sacar una conclusión”, afirma el artista, que “detesta” tal apelativo. “Prefiero la palabra autor”, dice como medio para defender la necesidad de “desmitificar” el arte, porque “la creación no es una cosa insólita que le ocurre a cuatro gatos”.

A Valcárcel no solo se le reconoce el haber dado forma a una producción llena de juegos, sentidos cruzados y subterfugios, sino también el hecho de haber sido capaz de zafar el sistema, dado que nunca ha tenido representación y, supuestamente, tampoco ha vendido ninguna obra. Un extremo que él califica de “titular periodístico”. “Yo he vendido, pero me he preocupado de vender como quiero y cuando quiero: la libertad está en no vivir de lo que produces”, asegura el creador, que se ha ganado la vida en el sector de la reforma de edificios.

Caracterizado por su barba blanca y su estilo de dandi, sombrero incluido, Valcárcel dirigió hace 47 años su primera y única película junto a Un diálogo circunstancial: La celosía, en la que transcribía la novela homónima de Alain Robbe-Grillet. Ambos filmes, como explica el codirector Deltell, “se pueden entender como un continuo”. “Es un caso insólito, el de un cineasta que ha hecho una película después de 47 años y ambas son profundamente radicales y muy parecidas en muchos aspectos”, asegura.

Desmontador de obras de teatro, instigador de acciones y performances, generador de obras sonoras, reescritor de libros… resulta curioso que Valcárcel no haya recurrido en más ocasiones al cine. Especialmente sabiendo que se declara un “gran aficionado” a este arte, que ha devorado en serie en sesiones matinales, “cuando las había”, que encadenaba después con la primera proyección vespertina. Aunque ahora, en la era del streaming, no tiene televisión en su casa para matar el gusanillo. “Voy mucho a la Filmoteca [posee, de hecho, el carnet de socio número seis] y allí me encuentro siempre a las mismas 15 personas: gente que, como yo, no hace que el cine vaya a ellos, sino que va al cine”, cuenta.

La ciudad es la inspiración

Navegante de cinco décadas de devenir creativo en España, Valcárcel Medina considera que la actual escena carece de una sangrante falta de “implicación”. “En los setenta la había, y muy fuerte, y en los noventa en menor medida: ahora no hay, en términos generales, gente que se juegue el tipo”. También se refiere a más allá del ámbito nacional, dominado (al menos mediáticamente) por boutades como el plátano pegado con cinta aislante que Maurizio Cattelan vendió hace poco por 120.000 dólares. “Cuando el espectador es solo un seguidor, cuando solo sabe quedarse con la boca abierta, es entonces cuando el plátano, o la tomadura de pelo, triunfa”, señala, consciente de su contradicción: “Yo me encuentro entre los que dicen: ‘esto es una estupidez’, así que contribuyo al rollo del plátano”.

Constantemente ocupado en algún proyecto, Valcárcel solo tiene que cogerse un autobús o cruzar las calles para dar con algún hallazgo intelectual. No tiene una rutina de trabajo, pero sí la certeza de que “la ciudad es una fuente inagotable de motivos o de causas cuando vas con el ojo crítico. Por ejemplo, yo me fijo en cosas como la moda de los pantalones rotos: es increíble ver cómo la gente se pone lo que le dicen. Eso en el arte también pasa: los autores van a lo que se lleva”. Reafirmado en su parecer de que lo mejor es guiarse por la propia voz interior (“en esta campaña no he oído ni una vez la palabra cultura”, apunta sobre su “desconfianza” en que las instituciones vayan a ofrecer mejoras para la creatividad), Valcárcel vuelve la mirada a maestros como Goya, que antes que él hicieron su máxima de ese aforismo. “Hace poco estuve en la exposición de Goya [en el Prado]. En un dibujo representa a una mujer poniéndose una media: toda una simpleza, pero de la que puedes hacer una deducción filosófica”. Y es que la sencillez, como la del diálogo desmontado de su película, resulta una excelente fuente para la crítica.

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