Inicio con buen pie en Les Arts

Las bodas de Fígaro mozartianas han significado el inicio de la temporada operística en Les Arts, y hay que añadir con notable éxito de un público que llenó el Palau de Les Arts, y que, por lo visto, se fue a casa feliz y satisfecho. Se inicia, asimismo, la etapa de Jesús Iglesias, nuevo director artístico, y con ello empezamos a vislumbrar algunas novedades, como el fin de la llamada en la etapa Livermore “pretemporada”, y en su lugar la programación de un par de títulos a precios populares antes de dar inicio a la serie de funciones de abono, lo que sucederá con Nabucco. Pero eso será en diciembre.

Estas bodas cuentan con Emilio Sagi, sobradamente conocido en nuestro teatro, como director de escena, que estéticamente lleva a cabo una labor estimable, resolviendo con gran belleza los diversos espacios arquitectónicos del Palacio de los Condes de Almaviva y los exteriores de una Sevilla renacentista del siglo XVI, aunque la acción dramática se desarrolle a finales del XVIII. Sin embargo, por una razón que no alcanzo a comprender lleva el movimiento de actores, salvo en el último acto, a una distancia llamativamente alejada del foso, lo que para cantantes con voces pequeñas o de discreta proyección supuso un más que evidente contratiempo. La caja escénica de Les Arts es amplia, mucho, y la escena de Sagi aunque bella es bastante desnuda de elementos. Encima el excelente y continuo movimiento actoral, en esto no hay nada que reprochar, hace que la voz no proyecte en muchos momentos hacia el patio de butacas. Todo ello dio lugar a un resultado un tanto confuso respecto de las voces que provenían de la escena que en más de una ocasión se mantuvieron recluidas en el espacio escénico.

El veterano Christopher Moulds lleva a cabo una competente dirección, si bien lo vi más preocupado por los contrastes dinámicos que por lograr una transparencia y precisión que esta música necesita, con lo que se produjeron algunos desajustes menores. Hay que agradecerle la vivacidad en los ritmos. Eso sí, hubo algunos momentos en que la música tapó a buena parte de las voces (siempre excluiremos a María José Moreno), lo que en Mozart es un anatema, pero no creo que fuese algo que deba achacarse completamente a Moulds sino a la descrita posición en que Sagi situó a los cantantes. Por otro lado el foso se elevó respecto a lo que es habitual, con lo que la orquesta cobró más presencia y por tanto la barrera de sonido se hizo más complicada de traspasar cuando en ocasiones se cantaba a diez metros del foso y en una escena monumental, dentro de una caja escénica profunda, vacía de elementos decorativos en buena parte de la representación con lo que las voces con menos fuste se perdían en aquel enorme espacio. El coro estuvo excelente en las pocas intervenciones que tiene en esta obra. En Nabucco lo disfrutaremos en su máximo esplendor

En cuanto a las voces participantes, se movieron en terrenos propios de lo disfrutable, para una función de estas carácterísticas, aunque fue llamativa la diferencia entre el instrumento del que presume María José Moreno respecto al resto de protagonistas. María José Moreno hace una Condesa de Almaviva de división de honor. De las mejores que se pueden escuchar en la actualidad. En primer lugar por presencia escénica contenida y elegante, y en lo que respecta al canto estuvo sobrada de facultades con una voz carnosa no exenta de frescura. En algún momento incluso, si tenemos que poner algún pero, le costó controlar tal torrente de voz.

Sabina Puértolas, si bien mostró perfecta afinación y medios sobrados en todas las tesituras, no logró que corriera la voz en todo momento, en aquel enorme espacio del que hablábamos arriba. Excelente también en sus prestaciones dramáticas. Le ocurrió algo parecido a Robert Gleadow que, si bien ofreció un canto irreprochable, su voz costaba que llegara. Claro, en el último acto en que se acerca al borde del foso, esos problemas desaparecieron. Actoralmente fue excelente el Conde del joven barítono polaco Andrzej Filończyk aunque de medios un tanto limitados, hizo un conde notable aun no exento de alguna pequeña duda. Es conocido que Cherubino es esa clase de rol del que se suele salir airosa por lo bien escrito que está y por las carácterísticas del personaje. Sería algo parecido a lo que sucede con Liu en Turandot o con Musetta en la Boheme. No defrauda Cecilia Molinari con una interpretación más que correcta del enamoradizo joven. Me gustó más si cabe desde el punto de vista dramático y vocalmente no alcanzó las cotas de emoción necesarias en sus dos conocidas arias, si bien su prestación general fue más que aceptable. Bien también Susana Cordón como Marcellina, con una vis cómica destacable, y Valeriano Lanchas con su Bartolo, cumplió sin más.

Completaron el amplio reparto Felipe Bou como jardinero y Vittoriana De Amicis como Barbarina, del Centre Plácido Domingo.

Joaquín Guzmán

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