«Honecker era muy listo, pero le superaron los acontecimientos»

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Mientras hacía alguna pausa y sonreía todavía admirado, el exdiplomático Alonso Álvarez de Toledo (Madrid, 1931), último embajador de España en la República Democrática Alemana (RDA), recordaba la salida que tuvo Joachim Meissner, el que fuera arzobispo de Berlín parte de la década de los 80, cuando se atrevió a hacerle una pregunta con la que pretendía poner a prueba su ingenio: que qué prefería, si la mitad oriental, comunista, de la ciudad, o la occidental, adscrita al desarrollo e iluminada por escaparates repletos y exuberantes. «Supongo -empezó el ”príncipe de la Iglesia”, tras una pausa- que en Berlín Oriental, porque… ¡Hay menos tentaciones!». Con esa floritura vaticana, quedaba resumido el padecimiento de los alemanes de ese lado del Muro, sujetos a las escaseces de la economía socialista. La anécdota, recogida en «Notas a pie de página» (Marcial Pons, 2013), es una de las muchas que Álvarez de Toledo vivió en Berlín. Otras figuran en «En el país que nunca existió» (Editorial Cuadernos del Laberinto, 2018), sus diarios, donde narra cómo descorrió el telón de acero la noche del 9 de noviembre de 1989, cuando cruzó el Muro acompañado por las cámaras de TVE. «Un Estado reconocido internacionalmente -sostiene en esa obra- no llegó a crear un país diferenciado».

El abanico de personajes que desfilan por las páginas de los diarios de Álvarez de Toledo dan testimonio de la naturaleza a menudo enloquecida de la RDA. El 14 de noviembre de 1989, por ejemplo, el diplomático menciona la dimisión de Horst Gienke, el obispo de Greifswald, ciudad del noreste de Alemania. Poco después de su marcha, se descubrió que Geinke había colaborado con la Stasi, la siniestra policía secreta encargada de aplastar a la disidencia. No menos sorprendente es la referencia a Gerald Götting, anotada el 2 de noviembre de 1989. El líder de los democristianos de la Alemania Oriental -su partido estaba legalizado, pero siempre ocupaba un pequeño número de escaños en la Cámara del Pueblo, controlada por los comunistas- había manifestado su apoyo a China tras la represión de las protestas en la plaza de Tiananmen, probando de nuevo su servilismo ante la ideología de las élites que dirigían el país.

Durante esta conversación, mantenida en una cafetería donde se admiraba el cielo revuelto del otoño de Madrid, Álvarez de Toledo rememora los últimos días de la Alemania Oriental y el talante de sus dos principales últimos dirigentes, Erich Honecker y Egon Krenz, además de la noche en la que cayó el Muro, que él cruzó por el paso de Bornholmer.

Sus notas comienzan en septiembre del 89 y finalizan en marzo del 90, con las elecciones libres en la RDA. ¿Por qué decidió empezarlo en esa fecha? ¿Apreciaba ya que el régimen iba a desaparecer?

No puedo decir que algo me hiciera pensar que eso iba a pasar. Cada semana, los acontecimientos se sucedían con más rapidez y se acumulaban. Sentía que podía ocurrir cualquier cosa. Antes de llegar a Alemania, estuve en el Gabinete del ministro de Asuntos Exteriores, donde fui testigo de muchísimas cosas que pasaron en España, como la muerte de Franco. Me arrepentí de no haber escrito un diario entonces. Un día, cuando estábamos reunidos en Berlín Este los embajadores de los países occidentales, un hombre abrió la puerta y dijo que Honecker había muerto. Aquello era exactamente lo mismo que había ocurrido en Madrid, cuando en una reunión con diplomáticos alguien dijo que Franco había muerto, aunque luego resultó que era mentira. En ese momento, decidí escribir el diario. Tuve la suficiente visión como para que tres meses después cayera el Muro y luego desapareciera la Alemania Oriental.

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Establece paralelismos con España. Por ejemplo, es divertido cuando comenta que Egon Krenz fue el Arias Navarro de la RDA.

Sí. Como ocurrió en España, el hecho de que Arias Navarro continuara después de la muerte de Franco no significaba que todo fuera a seguir igual. Lo mismo ocurrió con Krenz en la RDA.

En su diario, describe el declive de Honecker y sus problemas con Gorbachov. Hay una fecha clave, el 7 de octubre de 1989.

El 7 de octubre, cada año, se celebraba el aniversario de la fundación de la RDA. Aquel año era el 40º aniversario, muy importante. Las cosas iban mal en el país, porque había manifestaciones todos los días. Honecker quería demostrar ante el mundo, sobre todo ante la Unión Soviética, que controlaba el país. Era mentira. Ese día se convocó una protesta, y tanto Gorbachov como otros jefes de Estado, que estaban ena una cena oficial, decidieron marcharse rápidamente.

También habla de la grave crisis económica que atravesaba la RDA y del éxodo de alemanes orientales a través de Hungría, aprovechando las vacaciones.

Sí. Pero hubo otras circunstancias en al caída de la RDA, que a veces no se veían desde fuera. Por ejemplo, que a Honecker le sucediera Krenz. Krenz era tonto. Como era tonto, tenía miedo, y lo primero que hizo fue a irse a Moscú. Pero por entonces todo se movía ya de acuerdo al objetivo final de la historia, que era terminar con el telón de acero, con el Muro, con la división de Alemania y de Europa. Ya no se podía hacer nada. Honecker era muy listo, pero estaba muy mayor, y superado por los acontecimientos.

La noche del 9 de noviembre del 89, cuando cayó el Muro, usted lo cruzó con un equipo de TVE, junto a Rosa María Artal, por el puente de Bornholmer.

Artal siempre sostuvo que los policías decidieron abrir el paso cuando vieron llegar a la televisión española. Por allí ya había gente, porque ya se había dicho que el Muro se iba a abrir. Los policías, que vieron que estaban saliendo en la televisión, temieron que los occidentales les grabaran a bofetadas con los ciudadanos, así que, antes de que eso ocurriera, prefirieron dejar que se cruzara el Muro. Hace unos días tomé un café con el oficial que dio la orden. Él sostiene que el hecho de que yo estuviera allí también influyó.

Schabowski, uno de los altos cargos del PSUA, anunció que el Muro se podía cruzar. Dicen que se equivocó…

Schabowski era el ministro portavoz. Cada vez que había una una reunión del gobierno, daba una rueda de prensa. Era tonto. Esa noche, le habían dado un papel donde figuraba la orden para abrir el Muro al día siguiente. La Policía necesitaba tiempo para controlar que en todas partes se hiciera a la vez. Pero cuando un corresponsal italiano le preguntó a partir de cuándo podría atravesarse, contestó: «Ab sofort!». Es decir, «¡De inmediato!». Media hora después, los pasos del Muro, sobre todo los de cerca de mi casa, estaban llenos de gente curiosa.

A partir de ese momento, comienza el contacto intenso de los alemanes de la RDA con la RFA. La fascinación por el desarrollo en la vecina occidental influyó mucho en el deseo de reunificación, parece.

Claro, claro. Al principio no, porque el principal objetivo de los líderes de la RDA era convencer a sus alemanes de que estaban ahí muy bien, y de que no se fueran al otro lado. Una vez le pregunté a uno que por qué no se había pasado, y me dijo que en la RFA había paro y mucha gente sin casa. En el Este, se sentían muy protegidos.

Pero también cuenta que había obreros que pedían cobrar en función del rendimiento, y que la gente tenía muchísimo dinero ahorrado, por no tener cómo gastarlo.

Sí, eso parece, pero tenían dinero ahorrado porque eran alemanes. El dinero no les servía porque en las tiendas no había más que patatas y coliflores. A la vez, veían en la televisión los escaparates del Oeste, que eran una maravilla. Alemania del Este, que era el mejor y más apetitoso de todos los países comunistas, era mucho peor que el islote que tenían dentro, Berlín Oeste. Y eso que los comunistas de Berlín Este tenían el nivel de vida más alto de todo el bloque soviético.

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