Hidalgo se asegura la paz familiar, y Walsh, el espacio aéreo europeo

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La Historia juega un papel secular en las sociedades modernas que consiste en comprender el pasado para darle orden al presente. Una disciplina que reúne un conjunto de acontecimientos pasados repetidos en el tiempo, de lo que deberíamos aprender para no cometer los mismos errores. No tiene ningún sentido pues que, conocido lo conocido nos sorprenda que ocurra lo que termina por ocurrir. Por ejemplo, la tradición que hay en este país de intentar perpetuar los negocios familiares teniendo en cuenta experiencias pasadas. Y, más aún, cuando el fundador no encuentra un claro relevo entre sus sucesores por falta de entendimiento entre ellos o entre él mismo y aquel al que intenta dejar el mando.

Los datos históricos lo que dicen es que solo 33 de cada 100 empresas familiares en España consiguen llegar a la segunda generación de la familia; y, de estas, únicamente 15 logran llegar a la tercera generación.

Cierto es que los problemas que enfrenta una empresa familiar, llevados al último extremo, son prácticamente los mismos que en una compañía no familiar. Pero con una importante variante: se gestionan emociones, sentimientos e intereses contrapuestos derivados de trabajar entre familiares. Ley de vida.

Algunos estudios apuntan a que la mayor parte de la mortalidad en estos negocios se debe precisamente a problemas familiares y en el relevo generacional, y no a problemas económicos en el propio negocio.

Y en esas que esta misma semana saltaba la sorprendente noticia de la venta –aunque aún pendiente de análisis de las autoridades competentes porque no han recibido aún notificación alguna de la operación– de la joya de la corona de una gran empresa familiar española: la Air Europa de la Globalia de la familia Hidalgo.

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Y digo sorprendente porque bien conocido es que el patriarca de la multinacional turística, Juan José, ha mostrado siempre una firme reticencia a vender su «joyita». Más aún cuando ha conseguido colarla entre las grandes aerolíneas del mundo con mucho esfuerzo y con motines familiares día sí y día también de por medio. De ahí que, en los últimos tiempos, Air Europa haya sido objeto de deseo de muchas de ellas –muchos daban por hecho que se llevaría el gato al agua Air France–, dado el difícil panorama que sufre un sector que requiere fuertes inversiones para seguir creciendo –o, al menos, mantenerse vivo–, con el Brexit pendiendo sobre sus cabezas, las fuertes subidas de los carburantes y la continuada guerra de precios entre compañías.

Una operación tan llevada en absoluto secreto –aunque runrún de tambores de venta sí había desde hace algo más de un año– como a voces lo ha sido el malestar interno histórico entre los diferentes miembros de la familia, y el escaso convencimiento durante años y años del propio fundador de la compañía de dejar el legado en manos de uno de sus tres hijos. En concreto, del varón, Javier, hoy consejero delegado tanto de Air Europa como de Globalia.

Y es que las idas y venidas del siempre «enfant terrible» de la familia Hidalgo han dejado en evidencia la complicada relación con su padre, tanto como con sus dos hermanas, Cristina y María José. El fundador, que siempre ha tildado a sus tres vástagos de falta de implicación con el negocio familiar, no ha dejado nunca de llevar el timón. Nunca. Ni a día de hoy, se pongan como se pongan los que dicen que por fin el hijo ha tomado las riendas y ha logrado enderezar los números de todo el grupo. Más que nada por aquello de la experiencia vivida. Porque incluso llegaron a pasar años en los que Pepe Hidalgo y Javier apenas se dirigían la palabra. El primero, eso de delegar siempre lo ha llevado muy mal, tanto como lo de responsabilizarse de asuntos ajenos, el segundo.

El actual CEO de Globalia, tras tanta bronca familiar, incluso quiso desaparecer del mapa vendiendo el 5% de sus acciones en la multinacional a Abel Matutes, en abril de 2013, por las que recibió unos 36 millones de euros que le sirvieron para cruzar el charco y quedarse a vivir de su nueva fortuna en Miami.

Ahora, tras su vuelta –lleva poco más de dos años en su nuevo puesto, tras comprar al Santander el 9,9% de Globalia que la entidad heredó del Popular–, Javier ha apoyado sin rechistar –«a caballo regalado…»– la suculenta decisión de su padre de traspasar la hasta ahora intocable compañía del grupo familiar. Y lo hará a la misma competencia: IAG, muy necesitada de una urgente ficha europea –«puritita» estrategia británica, del que todo lo controla, de su CEO ejecutivo Willy Walsh–, que además se quita de enmedio un competidor muy fuerte en tierras iberoamericanas y españolas, recuperando buena parte de lo perdido en el pasado.

De realizarse la operación, Walsh, que acaba de anunciar que se retira en dos años, dejará también solucionado el tema del Brexit. La UE les ha dado seis meses más para que las aerolíneas, entre ellas Iberia y Vueling (en las tripas del grupo IAG junto a la británica British Airways), se aseguren de que tendrán una mayoría del accionariado europeo, condición necesaria para no perder los derechos de vuelo dentro de la frontera de los futuros Veintisiete. Por ello, no ha dudado en pagar a los Hidalgo mil millones por su aerolínea, curiosamente de apellido «Europa».

Una operación de «perro viejo» –con perdón– que ha sabido calentar la subasta durante años (¿recuerdan el tira y aflojacon HNA desde 2015? ¡Cuentos chinos!), vende en el último segundo y cobra en efectivo. Pues eso, Don Pepe se podrá retirar, pero de verdad, ya sin lastres, a tierras dominicanas, por ejemplo. Mil millones en «cash» es mucha pasta. Garantiza el futuro para toda la familia y aleja las disputas.

Algunos creen que con la decisión se desmembrará Globalia, pero otros muchos divisan la gestión diversificadora del hijo (recuerden Pepephone), con el AVE como nueva punta de lanza, que mas vale pájaro en mano… La experiencia es un grado, y tras la venta, aquí paz y después gloria.

María Jesús PérezRedactora jefeMaría Jesús Pérez

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