hasta nueve feriantes desmontan su versión

Santiago Guardar

La hora de los feriantes. Así podría titularse la crónica de hoy que se sigue en los juzgados de Santiago por el crimen de Diana Quer. Nueve testigos son trabajadores o dueños de atracciones de feria y en teoría la mayoría estaban durmiendo en sus caravanas o furgonetas cuando Enrique Abuín, el Chicle, abordó a la víctima, la subió al maletero de su coche y la llevó a la nave de Asados donde la violó y la mató, según las acusaciones.

Cada uno ha aportado detalles sobre dónde se ubicaba su vehículo aquella noche, en la calle Venecia de A Pobra, cómo estaban dispuestas las caravanas y los camiones y qué vieron u oyeron la madrugada del 22 de agosto de 2016. Nada. Nadie oyó sus gritos de auxilio, ni el portazo que debió escucharse cuando el Chicle metió a la fuerza a Diana en su coche o cuando arrancó a toda velocidad. Esa es una de las bazas de su defensa, que trata de probar un homicidio involuntario y se ha empeñado durante toda la jornada en demostrarlo. Tiene razón: nadie oyó nada o al menos no lo recuerdan.

No pueden hacerlo porque unos estaban aún en sus atracciones que seguían abiertas al público en un domingo de feria y jolgorio. «La crepería la cerrábamos sobre las cuatro» sostuvieron Javier Escribano y José Freijas, que trabajaban juntos. Otros estaban «tomando cervezas y fumando porros», afirmó Diego, un asalariado de unos feriantes portugueses, que ha ofrecido hasta tres versiones distintas durante la instrucción. Y algunos dormían en sus casas portátiles, agotados tras un duro día de trabajo. Clarisse, en zapatillas de paño, falda larga y maneras contundentes, es dueña de una atracción. Tras dejar claro que su familia no son «ni gitanos ni mercheros, sino portugueses», confesó que toma «pastillas para dormir» y que difícilmente pudo oír nada la noche de los hechos.

Nadie notó el robo de gasoil

Con todo lo más importante de este desfile de feriantes que comparecieron este jueves fue la conclusión que quedó al Jurado. El Chicle no salió aquella noche de su casa de Taragoña a robar gasóil como ha mantenido siempre y explicó en su declaración ante la Sala el martes. Ninguno de los testigos echó en falta combustible de sus vehículos; a ninguno le forzaron el tapón del depósito. Las cuatro garrafas de 25 litros que Abuín dijo haber robado no salieron de ese poblado improvisado montado para las fiestas. Abuín asegura que Diana lo sorprendió robando gasóil y por eso la mató «sin querer», para que no lo denunciara porque con sus antecedentes de ladrón, traficante y chivato podía acabar en prisión. Dado que la primera parte es falsa, según los testigos, la segunda es difícilmente encajable.

Si la defensa se ha empeñado en mostrar que en el silencio de esa zona el cazador tenía que haber sido escuchado cuando atacó a Diana, la Fiscalía y la acusación particular han incidido en probar que el supuesto robo de combustible no existió. También en fijar el lugar exacto donde el Chicle abordó a su víctima y en demostrar que tenía un itinerario de fuga fácil. Las partes han insistido hasta la saciedad en saber dónde estaba colocada cada caravana y vehículo aquella noche. Pero la respuesta más de tres años después no es sencilla, como ha quedado claro. El magistrado Ángel Pantín, impecable sesión tras sesión, ha admitido que se incorpore el mapa que en su día levantó la Guardia Civil con la ubicación exacta de cada uno de ellos. Por un error ese plano fundamental había quedado fuera del procedimiento.

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