Hasta en los tiempos más oscuros

Desde hace semanas muchos coincidimos en la sensación de que alguien hubiera parado los relojes el pasado marzo y estropeado el magnetismo de todas las brújulas con las que, ya sea bien o mal, nos movíamos. La mayoría hemos emergido de un estado onírico aletargados y desorientados, como si nos hubiera cegado la luz del sol. Pero esto es lo de menos: demasiados de nosotros han resultado profunda y directamente heridos por el dolor y la muerte. Ahora somos una sociedad desfigurada y transfigurada por lo impensable que ha sobrevenido a nuestras vidas. Ignoramos con qué conceptos comunicar con nuestro presente porque esta conversación ineludible se traza siempre contra la opacidad constitutiva de toda experiencia en curso: no sabemos qué nos sucede mientras nos está ocurriendo. Sin embargo, contamos con el auxilio de las herramientas que nos dejaron otros, con su experiencia vital. Así lo consideró Hannah Arendt al afirmar: “Hasta en los tiempos más oscuros tenemos el derecho a esperar cierta iluminación, y dicha iluminación proviene menos de las teorías y conceptos que de la luz incierta, titilante y a menudo débil, que algunos hombres y mujeres reflejaron en sus trabajos y sus vidas”.

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