Gregorio Luri, gratitud al pasado

El hombre es heredero. Su obligación es la gratitud. Su deber, conservar la herencia recibida, mejorarla y transmitirla. Acaso sea esta la esencia de la actitud conservadora que Gregorio Luri (Azagra, Navarra, 1955) expone maravillosamente en este espléndido libro que defiende, «in partibus infidelium», con razón y pasión, el conservadurismo como forma de vida y como ideología política. El autor es maestro (se nota que de verdad) y doctor en Filosofía. Ha escrito varios libros sobre filosofía, política y pedagogía, y colabora con el proyecto de educación «Aprendemos juntos». El conservador es defensor de la continuidad entre el pasado, el presente y el futuro. A diferencia del reaccionario, no quiere (tampoco puede) volver a un pasado idealizado. No sacraliza el pasado, pero tampoco el futuro. Vive el presente con gratitud al pasado y esperanza en el futuro. Sabe que no es Adán ni puede habitar en un paraíso perdido. Aborrece el cambio por el cambio y no piensa que cualquier tiempo futuro será mejor. No cree en revoluciones. Sabe, con Wallace Stevens, que «la revolución es asunto de razonadores enajenados».

El objetivo del libro es la defensa de la existencia de una naturaleza humana, en la que se basa el conservadurismo, y mostrar la utilidad del diálogo con los pensadores conservadores de nuestra tradición. No se puede ser conservador sin una educación de la mirada y una gratitud a todo lo que la tradición ha puesto a nuestro alcance, y muy especialmente, a los grandes libros del pasado. «No se puede ser conservador si lo primero que se ve en las cosas es un déficit, motivos para poner mala cara y razones para irse de este mundo sin pagar». Como enseñó Donoso Cortés, los pueblos sin tradiciones se hacen salvajes.

Repique de las campanas

El autor critica, sin piedad y con razón, la corrección política y su «razón victimológica». E invoca la historia que narra Freud de un joven que había matado a su padre y a su madre y que se dirigió al juez cuando iba a dictar sentencia con estas palabras: «Señor juez, no olvide usted que soy un pobre huérfano».

El conservador ama la religión, y concretamente el cristianismo, aunque pueda, como Strauss y Oakeshott, no ser creyente. Pero recela de una religión edulcorada y almibarada. El amor está sometido al dogma. Liberado de él, deviene sentimentalismo para endulzar conciencias. «Pero no estoy seguro de que los cristianos de comienzos del siglo XXI compartan esta tesis. Sociológicamente el cristianismo se muestra más preocupado por arroparse con el ideal burgués del acuerdo pacífico que por definirse canónicamente a sí mismo, porque sabe que las definiciones claras siempre incomodan a alguien y el cristianismo, hoy, parece haber asumido que su principal deber es no molestar y, a ser posible, “caer bien”. Conviene recordar que Jesús dijo que amáramos a nuestros enemigos, no que no los tuviéramos». El símbolo del conservadurismo bien podría ser el repique de las campanas lejanas que congregan a la comunidad o el paisaje que acogió a nuestra infancia. El sentimiento conservador es la copertenencia.

Entre Atenas y Jerusalén

El autor defiende la tradición europea, con su tensión entre Atenas y Jerusalén, y su platónico cuidado del alma, la libertad como condición de la búsqueda de la verdad, la limitación del poder del Estado, la ecología, la familia y el patriotismo. Nostalgia de otra izquierda despierta la cita de Jesús Hernández del 4 de abril de 1938, arengando a los combatientes españoles republicanos:

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«Sentimos nuestras venas inflamadas de entusiasmo por el orgullo de ser españoles». En suma, un libro excelente que defiende ideas que promueven el verdadero progreso que nace del «idealismo defensivo» y que expresan estas sabias palabras de Jenofonte: «Es noble y justo y piadoso y más agradable recordar las cosas buenas que las malas».

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