¡Gracias, Tokio!

Un gran y elevado pebetero y su resplandor televisado. Por nada del mundo nos habríamos perdido la ceremonia. Cuando se enciende la llama olímpica se renueva también una esperanza en nuestros corazones. Bienvenida sea la llama que prende un deporte que se postula noble, limpio y solidario. En esta ocasión el silencio nos puede unir más allá de los vítores particulares y el desbordado barullo. El anhelo puede tornar más fácilmente planetario, el triunfo más compartido, los diferentes dorsales más de todos. Dicen que son los “Juegos del Silencio”, pero en el silencio nos encontramos, renacemos. El silencio nos puede situar más arriba en la grada, nos puede ceder más ángulo y panorámica. Los asientos de los estadios japoneses permanecerán vacíos, pero los corazones estarán llenos por esa nueva oportunidad de reunirnos todos los humanos. ¡Gracias, Tokio!

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