Génova, muy vendida

Poco después de que un concejal de Lora del Río —pueblo sevillano de la Vega del Guadalquivir que no llega a 20.000 habitantes— publicase un mensaje en su Instagram agradeciendo la llamada del secretario general del PP por una batallita doméstica, en Murcia estallaba el cataclismo de la moción. La anécdota puede, y, según la fórmula D’Ors, debe elevarse a categoría: mientras a Egea le madrugaban Murcia, su Murcia, él andaba enredando en la bronca interna de su propio partido en Sevilla. Todo un retrato de lo que sucede en el puesto de mando del PP, donde se ha perdido perspectiva, o eso que los cronistas previsibles ahora denominan “luces largas”. Egea puede ser un tipo de grandes facultades, pero no para la política. El PP ha perdido demasiado talento. Acostumbrado al vapuleo en las sesiones de control por un Iglesias con argumentos de seriófilo adolescente, lo de Murcia quizá le parezca otro mal asalto, pero es como para dimitir por la vía rápida. Horas antes de la moción, él se bloqueó a sabiendas del peligro —la ley murciana de limitación de mandatos del presidente impedía a Miras presentarse, por la carambola de dos minimandatos— y eso hizo al PP perder horas cruciales. Ese nivel no da para estar ahí. En tiempos del bipartidismo quizá sí, porque el poder oscilaba pendularmente, pero en el tablero complejo del multipartidismo se requiere más, mucho más.

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