Flann O’Brien: una impostura evidente | Babelia

“No se me proporcionaron calzoncillos y como mi actividad se prolongó hasta las profundidades del invierno no disponía de la menor protección contra el frío”, se queja Willard Slug, un “vaquero” del Oeste trasplantado a Dublín, a pedido del tribunal; naturalmente, ha contraído “asma, catarro y diversos trastornos pulmonares” a raíz de lo exiguo de vestimenta y paga, pero no hay nada natural ni corriente en la oportunidad que se le ofrece de contar sus penurias, en un juicio al autor por parte de sus personajes.

En Nadar-dos-pájaros fue definido, incluso por sus editores españoles, como un libro “incomprensible”; en realidad, no lo es, aunque tal vez sí sea un poco enrevesado. Un joven vive con su tío (“colorado, ojos como bolitas, barriga de balón”, lo describe) mientras finge sin mucho entusiasmo que prosigue sus estudios; sus aficiones principales consisten, sin embargo, en beber, dormir y escribir una novela que tiene como personaje principal a Dermot Trellis, un “escritor excéntrico [que] concibe el proyecto de escribir un libro edificante sobre las consecuencias que acarrean las malas acciones”, para lo cual crea un elenco de personajes especializados en estas últimas: una especie de diablo irlandés, un personaje “que tiene por misión asaltar a las mujeres y comportarse en toda ocasión de un modo indecente”, un recadero, una joven del servicio doméstico, un hermano de la joven deseoso de proteger su honra, Willard Slug, un personaje legendario (quien a su vez narra la historia de Sweeny, el rey loco que recorre el país saltando de árbol en árbol, en lo que, como recordó Eamon Butterfield en una edición anterior de este libro, es una traducción «un tanto peculiar» de un texto irlandés antiguo), etc. Quizás Trellis piense que existe alguna recompensa a la virtud, por alguna razón; pero sus personajes no lo hacen, y, cuando descubren que pueden escapar de su voluntad cuando duerme, empiezan a narcotizarlo para llevar una vida “disoluta aunque pintoresca”. (Pero van a acabar rompiéndole las piernas y llevándolo a juicio, cosa que excede lo que podríamos llamar pintoresco, claro).

“Una novela satisfactoria —propone O’Brien al comienzo del libro— habría de ser una impostura evidente en sí, respecto a la cual pudiese regular a su gusto el lector su grado de credulidad. […] Todo el caudal de la literatura existente debería considerarse un limbo del que escritores perspicaces pudiesen sacar sus personajes de acuerdo con sus necesidades, creando solo cuando no lograsen hallar un títere adecuado ya existente. La novela moderna debería ser predominantemente obra de referencia”. En Nadar-dos-pájaros es esa novela de la impostura y el archivo, pero también lo son La boca pobre (1941), su extraordinaria sátira de la literatura memorialística en gaélico, La vida dura (1960), Crónica de Dalkey (1964) y, especialmente, su segunda novela, El tercer policía (1939, publicada en 1967), y, en realidad, la obra que, como cuenta en En Nadar-dos-pájaros, O’Brien estaba escribiendo en sus años de estudiante, viviese en la casa de su tío o no. En El tercer policía hay al menos un crimen, hay dos, incluso tres policías, hay una sentencia improvisada y un patíbulo, todas cosas habituales en las novelas policiacas con las que, sin embargo, no puede ser confundida, ya que en ella, también, hay fantasmas, regiones en las que el tiempo se detiene, cojos que se atan entre sí para poder desplazarse como una persona corriente, cajas tan minúsculas que escapan a la vista y un interés quizás excesivo de los personajes en el robo de bicicletas. Una vez más, el narrador carece de nombre, una práctica de O’Brien al menos singular, si se considera que el autor (nacido Brian O’Nolan u Ó Nualláin) no escatimó en seudónimos: Myles na gCopaleen, Myles na Gopaleen, Brother Barnabas, George Knowall, Stephen Blaskeley, Flann O’Brien; pero el resto de los personajes de la novela sí lo tiene, incluyendo el alma del narrador, llamada Joe, John Divney, el amigo-enemigo causante de su infortunio, el asesinado y, por supuesto, De Selby, el filósofo, cuya obra (excéntrica, inquietante, contradictoria) es el principal objeto de la codicia del narrador.

“Muchas opiniones mantenidas por gran parte de la crítica sobre De Selby y sus teorías eran interpretaciones erróneas basadas en lecturas inadecuadas de su obra”, afirma el narrador. Pero la obra de O’Brien está presidida por la certeza de que no hay nada parecido a una lectura errónea, puesto que esta solo podría ser sancionada como tal por el autor si este tuviese alguna autoridad y/o si estuviese allí cuando la lectura descarrila, cuando se aparta de lo previsto. Sus personajes tienen lo que Laurence Sterne llamó “hobby-horses”, las manías y fijaciones de los célibes a las que estos se montan como a caballitos de madera para observar el mundo desde la seguridad de una cabalgadura, como hace el policía Fox, el tercero, quien “cierto 23 de junio […] estuvo a solas con MacCruiskeen en una habitación durante una hora, y […] desde entonces [MacCruiskeen] está loco como una chota y más loco que una cabra loca”, pero también De Selby, quien estuvo durante un tiempo “obsesionado con los espejos”, a los que recurría con tanta frecuencia que «acabó por afirmar tener dos manos izquierdas y vivir en un mundo arbitrariamente limitado por un marco de madera».

Una observación errónea genera inevitablemente un hobby-horse que da pie invariablemente a un mundo que no es erróneo ni correcto, sino tan solo una variante del que conocemos. “De Selby mantiene la costumbre de señalar falacias en conceptos ya existentes, para después establecer tranquilamente su propio modelo en lugar del que afirma haber demolido”, se nos dice. O’Brien opera igual. Uno de los problemas centrales de su obra es el del narrador. ¿Quién narra? ¿Y por qué? ¿Qué nos lleva a creer que conoce lo que cuenta? ¿Y qué nos dice que su control sobre su narrativa es absoluto? Al narrador de En Nadar-dos-pájaros le parece singularísimo que un escritor, en este caso Dermot Trellis, pueda concebir un personaje ya adulto desde su nacimiento; pero el asunto solo puede resultar llamativo en el mundo de Trellis: en contrapartida, a los personajes de El tercer policía no les llama en absoluto la atención que el tiempo sea circular, que haya un ascensor que comunique con La Eternidad (“La barba no crece y si uno ha comido, no tiene hambre, y si uno tiene hambre, no tiene más hambre. Una pipa humeará todo el día sin consumirse, y un vaso de whisky siempre estará́ lleno sin que importe cuánto beba”), que los muertos tomen el té de manera mecánica; quizás el libro haya sido escrito por De Selby, acerca de cuyo juicio existen fundadas dudas, incluso entre sus exégetas. Como afirmó alguien, En Nadar-dos-pájaros es «una novela acerca de novelas que se escriben a sí mismas»; pero lo mismo puede decirse de El tercer policía y de la totalidad de los libros de Flann O’Brien, casi todos ellos rechazados por las editoriales de su tiempo, apenas tomados en consideración por la crítica literaria de la época o, directamente, víctimas del infortunio, como le sucedió a En Nadar-dos-pájaros, una buena parte de cuya tirada fue destruida cuando el depósito de la editorial que la había publicado fue alcanzado por una bomba durante la Segunda Guerra Mundial.

Pero la bomba es la literatura misma de O’Brien, todavía excéntrica y desafiante. Al igual que el J. G. Farrell de Disturbios (1970), O’Brien asistió al final de una época, a la que la Primera Guerra Mundial y su promesa no cumplida de que sería la última puso fin de manera cruenta, pero también al derrumbe del Imperio británico, la independencia de Irlanda tras la guerra mantenida entre el Reino Unido y el Ejército Republicano Irlandés entre 1919 y 1921 y otra guerra mundial; un tiempo, en palabras de Farrell, “de cambio, inseguridad y deterioro” en el que el problema de la autoridad se vio puesto de manifiesto con especial dureza: la asfixia que constituye el fondo de sus novelas, el hartazgo de las convenciones sociales, del estancamiento y la pobreza fueron su respuesta a esos tiempos.

O’Brien forma parte de la primera plana de los escritores irlandeses del siglo xx junto a James Joyce (O’Brien inauguró con un puñado de amigos la práctica de celebrar el Bloomsday, en 1954) y a Samuel Beckett, pero su sombra es más alargada, y se proyecta hacia atrás (existe un vínculo evidente entre sus libros y los de Jonathan Swift, así como con el Tristram Shandy, de Sterne, y la ruidosa perplejidad de Buster Keaton) al igual que hacia delante: sin él, es posible que no hubiesen existido Spike Milligan, el humor de los Beatles, los Monty Python, la novela posmoderna. De manera más general, no existiría el género de las obras que se fagocitan a sí mismas tras haber devorado todo lo que está a su alcance, que en el caso de O’Brien eran la prensa de sucesos, las novelas piadosas, las baladas tradicionales, las novelas de vaqueros, la literatura tradicionalista gaélica. Quién ejerce la autoridad, incluso en las novelas, es un tema central de su literatura, pero también de las obras de los autores mencionados. “No habrá nadie como ellos”, dice el Bonaparte Ó Cúnasa de La boca pobre, y, aunque esto tal vez no sea especialmente lamentable, dada su (muy gaélica) miseria y desesperación, sí constituye una pérdida evidente para la literatura. Pero están sus libros, que abren una puerta a una rebelión hilarante, el tipo de respuesta al poder que proviene del humor y de la anarquía. Dylan Thomas, James Joyce, Samuel Beckett, Graham Greene, Jorge Luis Borges, William Saroyan, Anthony Cronin y Guillermo Cabrera Infante están entre sus ilustres lectores, y ahora usted. Bienvenida/o a esta sucesión de explosiones.

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