Estamos de vuelta

El comedor de La Mar luce extraño. La barra vacía, vedada para los clientes y sin el despliegue de pescados y mariscos que suelen cubrirla, menos mesas de las habituales y un aire discreto y recogido que contrasta con el bullicio de aquella normalidad de las mesas llenas, cola en la puerta, conversaciones en voz alta, risas y música, siempre música, dibujando la tarjeta postal de cada servicio. Hoy el panorama es diferente, nada normal y mucho menos nuevo, en todo caso distorsionado. Todo resulta extraño, pero no importa, disfruto cada momento que paso en el comedor. Hace 133 días que no me sentaba a comer en un restaurante -he recordado aquel cuy chactado de la noche del 10 de marzo durante todo el confinamiento- y nada puede empeñar esta suerte de vuelta al mundo, de ceremonia de recuperación de la vida, en que se ha convertido esta comida. La visita al restaurante no es la epifanía que pregonaban, pero es un buen comienzo. Hay nuevos ritos, que nos acompañarán más allá de lo que nos gustaría, como el termómetro apuntando a la frente -marca 33.1 y el responsable sonríe; le debe divertir tener un zombi entre sus primeros clientes-, la espera para que desinfecten la mesa, la carta de un solo uso, el mesero con mascarilla y protector facial, a tanta distancia que tendremos que aprender lenguaje de signos para poder entendernos.

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