Esta escena es terrorífica, no puedo dejar de mirarla: por qué nos atrae el terror en el cine

Dice John Carpenter, uno de los mejores directores estadounidenses del siglo XX, que el terror no es un género, sino una reacción. Así, mientras no hablamos de “cine de risas” sino de comedia, ni de “cine de tristeza” sino de drama, cuando nos referimos al cine de terror aludimos semánticamente a la reacción producida por el miedo más profundo.

Pero no es necesario que una película nos haga sentir el más profundo de los miedos para que sea de terror. De hecho, muchas se etiquetan en esa familia aunque solo busquen transmitir sensaciones de desasosiego, temor a lo desconocido, o envolvernos en una atmósfera inquietante y macabra, en la que prima el elemento visual gótico, romántico, barroco o surrealista.

Aunque no todas las películas de terror tengan que ser terroríficas, pues, sí que comparten un ingrediente de incomodidad. Y, pese a ello, como espectadores muchas veces nos cuesta apartar la mirada. E incluso disfrutamos viéndolas. ¿Por qué nos gusta asustarnos?

Un grupo de investigadores de una universidad noruega, la INN University, se formuló esa misma pregunta y llegó a la conclusión de que nuestra afición a sentir terror podría reducirse a tres grandes razones: que nos entretiene, que ayuda a explicar el mal y que sirve de test de nuestra resistencia al peligro en condiciones controladas.

Más allá de la teoría, vamos a revisar seis escenas icónicas del cine de terror, en las que también podemos encontrar respuestas a esta pregunta. Por lo general, todas ellas coinciden en el buen manejo que hacen de los distintos recursos y mecanismos disponibles para producir esa sensación de incomodidad de la que hablábamos. Estos casos nos muestran que, además de las posibles explicaciones psicológicas, nos gusta asustarnos porque hay escenas que están verdaderamente bien rodadas [inevitablemente, se avecinan algunos spoilers].

El Exorcista 3 (1990): el susto perfecto

Uno de los recursos más utilizados en el cine de terror es el susto. Hay bastantes tipos, pero en general suelen ser golpes de efecto con una receta básica: la aparición de algo inesperado y un sonido súbito en la banda sonora (un sonido que busca estimular nuestro cerebro con ondas repentinas porque nuestra audición disminuye en los momentos de tensión). Llamados comúnmente jumpscares (o un susto de salto), es importante dosificarlos bien, ya que un abuso hará que pierdan toda su efectividad.

Puede que el uso más perfecto de este recurso se encuentre en El exorcista 3, la tercera entrega de una de las mejores y más populares películas de terror. Esta tercera parte fue dirigida por el propio escritor de la novela original, William Peter Blatty, que también es responsable del guion del film.

Su célebre escena central ejemplifica perfectamente todo lo que debería ser un buen sobresalto. Concebida casi como un plano secuencia en plano fijo, y con una duración de cuatro minutos y medio, la secuencia se abre en un pasillo de hospital a la hora en la que los pacientes están empezando a dormir. Entonces, una enfermera va comprobando distintas puertas mientras los restos de la bulliciosa actividad de la tarde se diluyen en el silencio.

El primer susto llega en el interior de una habitación, pero no se debe a nada importante. Este hecho, por un lado, logra relajar la tensión que se ha ido acumulando. Pero, por otro, nos deja con la sensación de que la escena aún no ha acabado. No sabemos cómo ni el qué, pero somos conscientes de que va a ocurrir algo malo.

Entonces llega un vigilante, que pasa casi un minuto en escena, lo cual nos proporciona cierta sensación de seguridad. Pero nada más marcharse, la enfermera se gira y aparece detrás, a toda velocidad, alguien con unas tijeras que ya conocemos por una escena previa de la película. El susto supera todas las expectativas y nos coge desprevenidos cada vez que la volvemos a ver. Es un caso de inversión de tiempo y un jugueteo con la tensión que nos devuelve una gran recompensa.

Alien, el octavo pasajero (1979): la sangre y lo grotesco

Una de las cosas que más miedo inspira al ser humano son los monstruos y las criaturas, puesto que nos recuerdan a los animales que, por una tradición de supervivencia, en su día fueron una amenaza. Este temor va desde seres pequeños, como las serpientes o las arañas (un temor que puede acabar transformado en fobias), hasta seres mucho más grandes, que incluso podrían engullirnos.

El cine ha convertido este miedo en algo habitual con muchos monstruos. Pero puede que ninguna película haya sido tan efectiva como Alien, de Ridley Scott. Y, más concretamente, como la escena de la comida en la que a John Hurt le sale un pequeño bicho alienígena del pecho de una forma traumática. El ser es completamente grotesco, por su forma fálica y porque a la vez recuerda a un feto humano. Una combinación de terrores infalible en un mismo evento.

Antes de esa escena ya hemos vivido algún sobresalto, como la aparición del “abrazacaras” saliendo de un huevo. Eso nos permite saber que hay algo que no acaba de estar bien en el personaje de Kane. Cuando ha logrado separarse del parásito y Kane se está recuperando del incidente, una comida conjunta de toda la tripulación nos transmite la idea de que las cosas han vuelto a la normalidad. Pero, de repente, Kane comienza a ahogarse y convulsionarse sobre la mesa, hasta que una pequeña criatura sale de su pecho y se aleja.

La escena también es bastante gore, con lo que activa los resortes del miedo a la sangre. El factor biológico del ciclo del xenomorfo creado por Dan O’Bannon le da una verosimilitud científica a la criatura que hace que nos resulte más peligroso, porque su único motor es ser letal. Aparece desde dentro, como si nos devoraran sin darnos cuenta, conectando con el ahora llamado body horror, otra variación del miedo a la sangre, que es el temor a que el daño que se nos inflija modifique nuestro cuerpo mientras estamos con vida.

IT (1990): los terrores infantiles

El éxito de las adaptaciones de IT (2017-2019), de Stephen King, recuperó una figura milenaria en la cultura del terror a lo largo de los siglos. El hombre del saco, un ser que sale de ninguna parte para llevarse a los niños que se portan mal. No es algo precisamente nuevo, pero el cine lo recuperó en 2014 con la aparición de la película Babadook, y llegó al éxito total con la versión IT de Andy Muschietti, que venía a mezclar el éxito del revival ochentero de Stranger Things con esta figura del sacamantecas que también perpetuó en los años ochenta Freddy Krueger.

Pero, más allá de esta recuperación de su figura, la versión más terrorífica del concepto se encuentra en la versión televisiva, en la que Tim Curry hacía del payaso Pennywise, y que protagonizaba la pesadilla de cualquier niño con un indeleble asesinato infantil en una alcantarilla.

La escena funciona por su uso del imaginario infantil, como un barquito, los juegos y el chubasquero amarillo de Georgie, que amplifica la vulnerabilidad del niño en medio de una gris tarde lluviosa. La infancia robada es el mayor tabú, la amenaza a los más desprotegidos, a los que no está permitido dañar, por su inocencia, lo que nos lleva a ver sobrepasado nuestro instinto de protección, algo especialmente espeluznante en padres.

Además, a todo esto se suma la elección de ese hombre del saco que es un payaso, sacando el poso de coulrofobia, el miedo irracional a los payasos y a los mimos que, aunque afecta especialmente a los niños, muchos tenemos escondido en alguna parte. No se sabe exactamente cuál es el origen de esta fobia, aunque podría tener su explicación en el maquillaje colorido que funciona como máscara. Esa faz blanca, que normalmente se dedica a provocar risa, también puede causar temores profundos. Los disfraces, las grandes narices, las pelucas y la pintura contribuyen a esa ambivalencia que pone el subconsciente en guardia. Aunque, al final, no deja de ser lo mismo que otros terrores: una reacción ante una posible amenaza.

El resplandor (1980): el horror sobrenatural y los niños malvados

Uno de los monstruos más terroríficos y utilizados en el cine de terror son los propios niños. Como hemos visto, ellos son la víctima más vulnerable, pero la otra cara de su inocencia y fragilidad es la corrupción de esa imagen. Hay algo que se rompe cuando algo inmaculado se convierte en peligroso. El uso y abuso del recurso ha hecho que pierda efectividad, pero las gemelas de El resplandor siguen siendo aterradoras 40 años después.

A las hermanas Grady (interpretadas por las gemelas reales Lisa y Louise Burns) tan solo se les ve un par de veces durante unos segundos en los pasillos del Hotel Overlook, deteniendo al pequeño Danny (Danny Lloyd) en su triciclo. Pero esos segundos son suficientes para convertirlas en las que posiblemente sean las niñas más espeluznantes de la historia del cine.

El hecho de que hablen al unísono (“Ven a jugar con nosotros Danny. Por siempre jamás”) hace que la repetición simétrica no solo sea visual, sino también auditiva, transmitiendo la percepción de que algo no está bien. A ello, por supuesto, se une la presencia de espectros, un miedo con raíces en la vida real y que enfatiza nuestro miedo a lo sobrenatural y a lo desconocido.

Amenaza en la sombra (1972): lo incomprensible

La película Amenaza en la sombra no es tan conocida como otros títulos de esta lista, pero se está haciendo cada vez más popular, principalmente por poseer un terror indescriptible, del que solo tenemos la certeza de que algo siniestro se mueve entre las calles de Venecia. La historia del film narra el duelo de una pareja tras el ahogamiento accidental de su pequeña hija en Estados Unidos.

La atmósfera se construye sobre la sensación de extrañeza que inspira una ciudad extranjera y las inquietantes visiones de Donald Sutherland con su esposa de lo que parece el fantasma de su hija. Pero el verdadero horror se descubre en la secuencia final, cuando se revela lo que el padre ha estado viendo, aparentemente, durante la película.

La revelación final es que el personaje encapuchado se trata de una persona con enanismo, con cara de anciana y bastante deforme, que además se abalanza y mata al hombre sin pensarlo. Un final frío, sin explicación, propio de una pesadilla, que el director Nicholas Roeg no ha aclarado en las dos horas anteriores antes ni lo hará después.

Esa personA, ¿es real, una aparición o un demonio? El mayor terror no es solo el impacto del descubrimiento, sino la sensación de desorientación que sigue tras acabar la película. No hay una solución racional, es el horror absoluto, ya que viene sin manual de instrucciones, es lo incomprensible. Encaja a la percepción con el concepto de lo siniestro, lo unheimlich, es decir, lo opuesto a lo consabido o lo familiar, remitiendo a la incertidumbre, lo que estando destinado a permanecer oculto, secreto, ha salido a la luz.

El proyecto de la bruja de Blair (1999): la noche y lo desconocido.

El cine de terror cambió con esta película: el miedo nos llegó crudo, rabioso y sin filtros en el final del anterior milenio. La escena que todos tenemos grabada es la de Heather Donahue aterrada, prediciendo el videoselfie, con el encuadre asimétrico. Fue la primera story con la lente de cerca, distorsionando la cara, que vimos en una película. Este artículo de The New York Times, publicado el año pasado con motivo del vigésimo aniversario de la película, destaca cómo “su estética de video amateur incitó a una generación de cineastas a filmar sus propias películas, sin importar cuán rudimentarias fueran sus cámaras”.

Son muchos los efectos que la secuencia conjura en el espectador. Por ejemplo, en ningún momento de la historia vemos nada que sea verdaderamente preocuparte: no hay monstruos, asesinos ni sangre. Tan solo vemos gente que se pasea perdida por un bosque muy extraño. Lo que realmente da pavor está en la imaginación, en el desconocimiento de lo que hay alrededor, y en la sensación de inevitabilidad de ver a gente entrando en la boca del lobo sin que parezca que tengan una salida. Parecen condenados de antemano.

Otro de los grandes triunfos de la película es cómo conecta con los temores atávicos a la oscuridad. La escotofobia, que es muy habitual en los niños, hace que temamos los pasillos oscuros o dormir con la luz apagada. Esta fobia suele desaparecer con la edad, pero muchos siguen experimentando ese miedo de adultos, y se interpreta como un temor a la soledad, la indefensión, perder el control y a la muerte.

Otro ingrediente del éxito de la película -se produjo con 60.000 dólares y recaudó casi 250 millones en la taquilla internacional- fue jugar con la frontera entre la realidad y la ficción, ya que la promoción presentaba la película como una grabación real de unos estudiantes desaparecidos en un bosque en 1994. Su página web todavía está disponible. Estas mismas fronteras entre realidad y ficción afectaron a los propios actores, ya que los directores convirtieron el rodaje en una especie de yincana: los protagonistas no recibieron un guion propiamente dicho, se iban enterando del plan de rodaje sobre la marcha, apenas tuvieron comunicación directa con los directores y creyeron durante todo el rodaje que la historia de la bruja era auténtica.

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