Españoles en torno a Picasso

La ingente documentación, testimonios y las numerosísimas imágenes a modo de registros de las visitas y los encuentros con Picasso, permiten describir el círculo de amistades españolas del que gozó el artista. Picasso se había configurado en símbolo que excedía lo meramente artístico, especialmente para la colonia de artistas y exiliados españoles en Francia y -cómo no- para el «exilio interior». Si el Picasso de los años veinte se convirtió en una suerte de astro sobre el que gravitaba la constelación de artistas españoles que acudieron a París para adentrarse en la vanguardia, el de los años treinta en adelante adquirió la condición de artista comprometido, ejemplo de que no había estética sin ética, al tiempo que exhibió su posición contra el franquismo. Casi siempre con la mediación de su secretario, Jaime Sabartés, numerosos españoles desfilaron por los espacios en los que moraba y trabajaba. Ese «trasiego patrio» podía suponer para el artista un robustecimiento o vivificación del vínculo con su país, tal vez un mantener la «llama viva» o un bálsamo para la nostalgia. Es ciertamente extensa la nómina de figuras de la cultura hispana que, de modo eventual o sostenido, se encuentran con él en los años sesenta; entre ellos, y por citar sólo unos pocos, Nati Mistral, Paco Rabal, Aurora Bautista, Antonio el bailarín, Rafael Alberti, María Teresa León, Gustavo Gili, Antonio Gades, Joaquín Peinado, Manuel Ángeles Ortiz, Antonio Clavé, Javier Vilató, Antonio Saura, el guitarrista «Manitas de plata», Fernando Chueca Goitia, así como figuras del toreo como Luis Miguel Dominguín. Universo alegórico La tauromaquia fue un asidero de «lo español» para Picasso y asunto recurrente a lo largo de su trayectoria, aunque no puede ser examinado únicamente desde el prisma de la identidad, ya que, como es habitual en su proceder, de modo intrincado anuda asuntos en clave autobiográfica. A los nombres antes citados debemos sumar el de Eugenio Arias, el llamado «barbero de Picasso», con quien comparte amistad durante décadas. Estos encuentros pueden ser entendidos como un afianzamiento de esa identidad española de la que no sólo no huyó Picasso, sino que alentó. No en vano, no cesa a lo largo de su trayectoria de identificarse con «lo español». Si bajo el más amplio universo alegórico del Mediterráneo y la Antigüedad clásica manifestaba la pertenencia a una cultura y a un origen concreto -piensen en su Málaga natal-, temas como la tauromaquia, la recurrente presencia de la Celestina, el diálogo con El Greco o Velázquez, el uso de tipos populares (majas) y la implicación de su obra para con las contingencias políticas españolas expresaban ese vínculo y proyección. Adquieren un sentido especial algunas instantáneas tomadas por Juan Gyenes en la celebración de su 80 aniversario: Rabal, Antonio el bailarín, Mistral y Bautista agasajan a Picasso con una garrafa de vino dulce de Málaga y a Jacqueline Roque con una gorra de Montehermoso (Cáceres), con similitudes a los sombreros de los ancestrales verdiales que hubo de conocer en los Montes de Málaga. Visitas que «acercaban» el origen.

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