«Escribir desde el punto de vista femenino es apasionante»

Durante una década ejercició la abogacía. Pero un día la cambió por la literatura, y una existencia trashumante residiendo en diversos países de Europa y América, en los que realizó trabajos de lo más variopinto. Ahora asegura Ginés Sánchez (Murcia, 1967) que se sigue considerando un aprendiz. Pero lo cierto es que tiene ya en su haber novelas sorprendentes que despertaron el interés de la crítica. Empezando por la primera, «Lobisón», donde la licantropía se reviste de singulares elementos, y que le valió ser elegido como «Nuevo Talento FNAC». Luego, «Los gatos pardos» se alzó con el Premio Tusquets Editores de Novela. Ha publicado, asimismo, «Entre los vivos» y «Dos mil noventa y seis» hasta llegar a «Mujeres en la oscuridad», historia de tres mujeres muy distintas que, sin embargo, tienen en común más cosas de las que pudieran pensar en un principio. En un viaje conjunto a Ámsterdam,surcado por «flash back» a través de los cuales vanos conociendo sus vidas, y acompañadas por una mochila de misterioso contenido, las descubrirán.

¿Cómo encuadraría «Mujeres en la oscuridad» en el resto de su producción?

Sin duda es la novela más larga de todas. Y la más ambiciosa. También es donde se ha profundizado, hasta casi llegar al final, en el camino de la voz y en la «fantasmalización» que se inició con el César Gusanito Gálvez de «Entre los vivos». Es una novela en la que, de alguna manera, se ha llegado al fin de algo. O al menos esa es la sensación que persiste. Tal vez a una forma de enfrentar las cosas o de resolver las cosas. Persiste la impresión de que en adelante todo se hará de otra manera. Aunque no sabría decir cuál es.

En alguna obra anterior ya había empleado voces femeninas. Pero en esta son totales. ¿Por qué?

En cierto sentido es algo que me debía a mí mismo. Algo semejante a un reto. Por supuesto estaban los personajes, las voces. Que querían surgir, que provocaban preguntas. Un día, claro, te das cuenta de que es absurdo. Tener la duda. Eso de «¿seré yo capaz de…?» Y la contraposición: «no veo por qué eso es tan importante». Luego sucedió lo que ocurre siempre. Que lo que es un globo sonda que uno le lanza a los personajes, esa pregunta de «quién eres», termina por transformarse en un viento que lo arrastra a uno. Y redescubres algo que ya sabías. Que escribir desde el punto de vista femenino es apasionante. Al mismo tiempo que un descanso de ser hombre todo el rato. Aparte otra cosa, que me di cuenta el otro día, y es que a fecha de hoy y en cuanto a personajes principales he alcanzado la paridad y tengo cinco chicos (Adrián, Jacinto, Ginesito, César y Enis) y cinco chicas (María, Andera, Julia, Tiff y Miranda). No me negará que eso es estar con los tiempos.

Flaubert dijo: «Madame Bovary soy yo» ¿Es usted Julia, Tiff y Miranda?

No. Yo soy más de aquello que decía Kundera en «La insoportable levedad del ser». Aquello de las propias posibilidades que no se realizaron o las zonas por las que uno no hizo más que pasar de largo. Aquello de la frontera en la que acaba el yo y que es donde empieza el personaje. Es en esa zona incierta donde se plantean las preguntas y surgen las dudas. Donde se desarrolla, a oscuras, la pelea con el cerdo engrasado de la que hablaba Margaret Atwood.

«Miranda es el primer personaje que “diseñé”. No es que le tenga más cariño, pero me produce una especial alegría verla ahora y ahí»

¿Cómo definiría en esencia a cada una de ellas?

En general me cuesta mucho trabajo «esencializar» a ninguno de mis personajes. Porque es rebajarlos, empezar a quitarles facetas, a desprenderlos de las palabras con las que se los ha designado. Pero haciendo algo muy a vuela pluma, muy en modo «yo soy ese amigo que te conoce y que va a hablar mal de ti así un momento» se podría decir que Julia es una persona que vive autoengañada, o autonegada. Que Tiff, con todas sus normas, es una romántica que además sabe que lo es. Y Miranda es un personaje de telenovela que sueña precisamente con ser un personaje de telenovela.

¿Destacaría a alguna?

Esto no lo sabe mucha gente, pero Miranda es el primer personaje que yo «diseñé». Digamos que fue mi primera incursión en algo que no era más que unos pocos folios. Y no es que le tenga más cariño que a las otras dos, pero sí es cierto que me produce una especial alegría verla ahora y ahí.

«Descubren que no solo es que tengan un enemigo común sino que las diferencias entre sus vidas no eran más que cuestión de matices»

A pesar de pertenecer a estratos sociales muy diferentes, prevalecen la empatía y la solidaridad entre ellas…

Sí, pero convendrá conmigo en que esto es algo que sucede ya muy avanzada la novela. Porque al principio prevalece eso a lo que se refiere: las diferencias de estrato y de edad, el rechazo de la joven hacia la mayor y viceversa, o el odio atávico hacia la prostituta. Y hay que coincidir que son, al inicio, muy diferentes entre sí. O eso andan pensando. Solo que luego terminarán por darse cuenta que no. Que no tanto. Que no solo es que tengan un enemigo común sino que las diferencias entre sus vidas no eran más que cuestión de matices. Y entonces sí hay empatía.

¿Se ha encontrado con alguna dificultad específica al abordar la perspectiva femenina?

Siempre, en el momento de empezar a crear un personaje femenino, uno anda un poco sobre ascuas. Sin embargo la cuestión, en mi opinión, es puramente formal. Porque uno dice, por ejemplo, ¿en qué piensa una mujer cuando se está vistiendo para una cita? Uno puede pensarlo y pasarse diez días dándole vueltas. Solo que es falso. Por una cuestión muy simple. No todas las mujeres piensan (opinan, sienten) lo mismo, del mismo modo que no todos los hombres piensan (opinan, sienten) lo mismo. Aparte que la manera de pensar, opinar o sentir de una persona varía con los años. Por lo tanto lo importante no es que el personaje sea hombre o mujer. Lo decisivo es que tenga una base sólida. Y que luego, cuando se haya respondido esa pregunta inicial de «quién eres», uno esté preparado para seguirlo.

«En la preservación de determinadas facetas fundamentales, podría decirse que muchos de mis personajes son supervivientes»

«La verdad. El cariño. Esas mierdas. Esos engaños. Engañados todos. Cada cual en sus cosas. A sobrevivir. Porque esa es la única verdad», leemos en su novela. ¿Son sus tres protagonistas unas supervivientes?

Esas frases corresponden a Julia, la catedrática. Y Julia sí. Porque ella ha vivido mucho, o eso cree. Porque siente que se le están escapando las últimas gotas de algo. Y por tanto lucha y se aferra. Y pretende eso, sobrevivir a toda costa. Pero yo no diría que las otras dos lo sean. Tiff porque ha vivido muy poco. Porque para ella todo está por empezar. Y Miranda no. Ella solo quiere retirarse y tenderse en una hamaca.

¿Piensa usted que sobrevivir es la única verdad?

«Una hora de vida sigue siendo vida», ¿no decían eso? Así que, bajo determinadas condiciones de dignidad…

¿Y que, como dice su personaje Topala, «El mundo está lleno de demonios»?

Por supuesto. ¿Usted qué ve cuando enciende la televisión?

Parece que le atraen, y no solo en «Mujeres en la encrucijada», los personajes supervivientes…

Tal vez supervivientes sea una buena palabra para designar a mis personajes en general. Pero con algunos matices. Piense que esta novela es también diferente a las otras en cuanto a la posición social de los protagonistas. Es decir, en esta ocasión se habla, por primera vez, de personajes que tienen preocupaciones «burguesas», que andan en busca de la felicidad y esas cosas. Y ya he dicho que, en mi opinión, ni Tiff ni Miranda podrían considerarse como supervivientes. Salvo en un matiz que comparten con, por ejemplo, los personajes de «Los gatos pardos», y es que su esencia, su identidad más íntima, debe quedar intacta a cualquier precio. Es en ese sentido, en el de la preservación de determinadas facetas fundamentales, en el que sí podría decirse que muchos de mis personajes son supervivientes.

«Hay una búsqueda de un estilo y tal aspecto no es negociable a la hora de ponerse a escribir»

Ha trabajado mucho el lenguaje, con imágenes sorprendentes: «La noche, un estruendo incansable de ranas grandes como conejos», por ejemplo…

Podría decirse que hay determinadas aspectos que son como el distintivo propio, o el escudo del equipo. Y el trabajo del lenguaje es una de ellas. Tanto como la descripción evocativa, por ejemplo. Tanto como el ritmo, o la potencia, o la intensidad. Digamos que hay una búsqueda de un estilo y que tal aspecto no es negociable a la hora de ponerse a escribir.

¿Sintió el peso de la responsabilidad y las expectativas tras el éxito de su primera novela, «Lobisón»?

Me cuesta mucho trabajo responder a preguntas como esa porque la verdad es que sigo considerándome un aprendiz. Sin embargo yo no diría tanto. Siempre es hermoso que le reconozcan a uno el trabajo pero la responsabilidad es ante todo con uno mismo. Lo demás son proyecciones.

¿Por qué decidió abandonar la abogacía?

Pues mitad porque me sentía atrapado en un estilo de vida que no iba conmigo y mitad porque un día me di cuenta que me faltaban cosas por hacer.

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