Esconderse de Dios en Augusta

Lo que más me gusta de Augusta National es que no se molesta ni en disimular su naturaleza elitista: sus socios se consideran unos elegidos y se comportan como tal. Esto, que podría entenderse como la china en el zapato de un deporte absolutamente democratizado en muchas partes del mundo, lo convierte en una especie de exquisitez añeja de la que se puede disfrutar incluso despotricando, señalando sus anacronismos y denunciando las muchas injusticias que empapan de vergüenza sus casi noventa años de historia. A su manera, es como el hortelano de Armañac: ese pajarillo que se come entero y cuya preparación fue prohibida por la Unión Europea en 1999. La liturgia previa a su degustación exigía colocarse una servilleta de lino en la cabeza “para esconderse de Dios”, lo que nos da una idea de la brutalidad y la arrogancia que implica la experiencia. “Sentí el chasquido de su pequeña caja torácica, luego los jugos calientes que se precipitaban por mi garganta… Sublime”, dice el personaje interpretado por Damian Lewis en Billions: una historia de poder, que es la palabra clave para interpretar y comprender la naturaleza especial de Augusta.

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