Era una youtuber con éxito y un día lo dejé sin previo aviso

Me llamo Inés y soy la persona que estuvo detrás de Inesmellaman, un canal de YouTube. Empecé a subir vídeos en 2010 y dejé de hacerlo en 2018 sin dar muchas explicaciones a mis cerca de 350.000 seguidores. Pertenecí a la primera generación de youtubers que hubo en España y, como muchos compañeros de aquella época, me lo pasé genial. Pero también conocí lo que era la ansiedad. En este texto voy a repasar todo ese periodo, y también cómo ha sido mi vida desde que abandoné YouTube. Así que empezaré desde el principio.

Subí mi primer vídeo el 19 de agosto de 2010. Es un vídeo en blanco y negro en el que muestro cartulinas con algunos de mis secretos: «No sonrío tanto desde que llevo aparato» o «tengo una obsesión por las capuchas. Se las tengo que colocar a todo el mundo». Por aquel entonces tenía 18 años y estaba empezando Traducción en la universidad. Como no congenié con mis compañeros de clase y no veía tanto a mis amigos, en YouTube encontré un espacio para soltarme, decir tonterías, hacer el idiota, hablar de las cosas que me interesaban de verdad y, en definitiva, ser yo.

Creo que estuve como un año grabando sin decírselo a nadie; como si estuviera haciendo algo clandestino. No me imaginaba diciéndoles a mis padres: «Papá, mamá: subo vídeos a YouTube». La respuesta que me temía era: «Hija, ¿yuqué?». Como mi familia no lo supo durante ese primer año, a veces tenía que salir a grabarme a la calle. Ahora lo hace todo el mundo, pero entonces era rarísimo y tenía hasta que esconderme detrás de los árboles, porque me moría de vergüenza si alguien me veía y no quería tener que dar explicaciones. Eso sí, tengo que reconocer que en lo de mis padres me equivocaba: desde el momento en que se lo conté a mi madre se convirtió en mi mayor fan.

Es increíble cómo cambian nuestras preferencias: hace poco vi algunos de mis primeros vídeos y, cosas que me definían, ahora me horrorizan. Por ejemplo, me gustaría preguntarle a la Inés del pasado: «Pero ¿por qué te ponías tan cerca de la cámara?». Hoy en día, verlo me da cringe. Pero, más allá de esta cuestión técnica, los vídeos me despertaron ternura. «Mira lo que necesitaba hacer la chiquilla para sentirse ella misma», pensé. Pero aquellos vídeos no solo me hacían sentir bien, sino que también gustaban a la gente. En un vídeo que subí el 12 de diciembre de 2010, con menos de cuatro meses como youtuber, celebraba los 500 suscriptores. «Nunca me imaginé que fuera a llegar a 500 suscriptores. Es que es increíble: 500 personas del mundo ven mis vídeos», decía entonces. Lo que tampoco imaginaba es que a comienzos de 2016 estaría celebrando los 200.000 suscriptores.

¿Cuáles fueron las causas de un crecimiento así? Personalmente, considero que las claves de que mis vídeos despertaran tanta atención fueron el momento, la naturalidad y la guasa. En cuanto al momento, no había tantísimos usuarios subiendo vídeos como ahora, así que era más fácil hacerse notar. En cuanto a la naturalidad, durante toda mi trayectoria no me preparaba nada, todo salía sin filtro de mi cabeza, lo que supuso algo diferente. Y en cuanto a la guasa, el buen rollo de mis vídeos conseguía que la gente se evadiera de sus problemas durante un rato. Lo mío era entretenimiento puro. Mi contenido, para quien no lo conociese, era variado y facilongo: comentarios y experiencias personales, tags, unboxings, videorreacciones, etcétera. Los que más éxito tuvieron fueron los vídeos en los que probaba todo tipo de chuches (de Japón, Estados Unidos, Alemania, Singapur…) y los llamados «clothines» (en los cuales me probaba ropa de páginas chinas).

Otra de las causas de mi crecimiento es que empecé a compartir contenido con más regularidad. En 2014 acabé la carrera, así que me tomé un año sabático y decidí dar un empujón a mi canal. Hasta esa fecha, subía vídeos cuando me apetecía: lo mismo subía varios a lo largo de una semana, que me pasaba un mes sin subir ninguno. Pero en 2014 comencé a subir vídeos todos los lunes. Otros youtubers los subían a diario, por lo que pensé que tampoco supondría mucho problema.

En un principio, los cambios fueron positivos: solo tenía que preparar un vídeo durante los fines de semana mientras mi comunidad crecía y la plataforma me procuraba un dinero extra. Para mí, 2015 y 2016 fueron mis mejores años en YouTube. Consolidé mis formatos y disfrutaba del buen rollo que se respiraba en mi canal. Quería compartir tantas cosas que incluso me abrí un canal secundario, con vídeos aún más personales y de andar por casa.

Y llegan los problemas

Pero llegó un momento en que las cosas empezaron a no ser tan positivas. A día de hoy sigo sin saber los motivos concretos, pero cada vez se me hacía más cuesta arriba ponerme a grabar. Antes de encender la cámara, recuerdo que estaba de mal humor, irascible, negativa y sentía ansiedad. Cuando conseguía dejar las emociones negativas de lado y le daba a Rec, disfrutaba del vídeo que estaba grabando porque pensaba en cuánto les iba a gustar a mis seguidores. Cuando terminaba y sabía que había cumplido con mi deber, sentía hasta euforia. Aunque dedicaba poco tiempo material a YouTube, no dejaba de darle vueltas en mi día a día. Creo que es imposible ser youtuber y desconectar, es un runrún constante.

Esta sensación probablemente se debiese a un cúmulo de razones. Por un lado, conforme más suscriptores tenía, más perdida me sentía. A veces quieres agradar tanto a los demás que se te escapa el control de las cosas. Vives con el miedo de aburrir a tu audiencia y que se canse de ti, pero, por otro lado, a la gente no suelen gustarle los cambios. Pongo el ejemplo de una tontería que es suficientemente ilustrativa: durante mis ocho años en YouTube, grabé con distintos fondos: la casa de mis padres en Madrid, la casa donde pasé mi Erasmus en Inglaterra, las casas a las que me iba mudando en Granada… Pues bien, el dormitorio de casa de mis padres, donde grabé durante los primeros cinco años, estaba pintado de color verde. Cuando me mudé a Granada, algunos de mis suscriptores se disgustaron con que algo que formaba parte de mi identidad hubiera cambiado, así que durante una temporada ponía detrás de mí una tela verde para seguir siendo «la de antes». Sinceramente, nunca supe gestionar estas cosas. ¿Debía hacer lo que quería aun a riesgo de decepcionar a los demás o debía dejar que las opiniones externas me moldeasen?

También cambió mi percepción de los comentarios. Es cierto que mi comunidad fue siempre muy buenrollera y que no llegué a ser carne de haters. Pero llegó un momento en que los comentarios negativos, aunque fueran poquísimos, empezaron a pesarme. Por ejemplo, cuando alguien escribía: «Buuuu, no haces gracia, dedícate a otra cosa». La gente muchas veces comenta a la ligera, sin pensar en las consecuencias de sus comentarios. Es como si creyeran que nadie los va a leer y tienen vía libre. Pero si una persona los recibe en un mal momento, claro que pueden afectarle. Creo que todo esto tiene que ver con encontrarse detrás de una pantalla. Estas personas no dirían lo mismo a la cara o, al menos, no lo dirían de la misma forma. No me imagino a nadie en su panadería de confianza diciendo: «El pan de estos últimos días es mucho peor, ¿qué es lo que te pasa?». Creo que en persona pensamos más en las consecuencias de nuestros comentarios.

Por no hablar de este otro tipo de comentarios: «Llevo siguiéndote años y has cambiado, ya no eres lo que eras». Toma, pues claro. Lo preocupante sería que fuera exactamente igual a los 18 que a los 25 años. Tanto nosotros como nuestros intereses cambian, y en la vida dejamos de ser compatibles con unas personas para serlo con otras. Aunque yo hubiera sido igual durante mis ocho años en YouTube, también les habría dejado de gustar a otros usuarios porque ellos y sus gustos sí habrían cambiado.

Tenemos que aprender a relacionarnos con nuestros yoes digitales. Sobre el hecho de cambiar, yo ahora tampoco me siento particularmente orgullosa de mis formatos más célebres que, como decía antes, consistían en probarme ropa de tiendas chinas y comer guarrerías delante de la cámara. Actualmente, me siento más cómoda comprando en comercios locales y solo cuando me es estrictamente necesario, frente a la incitación al consumo que hacía antes. Y en cuanto a lo de los productos insanos, ahora sé lo que producen en nuestro organismo y tampoco fomentaría su consumo. Pero tampoco voy a fustigarme, porque aquellos vídeos son el testimonio de cómo era entonces y me sirven para ver cómo he cambiado.

Además, nunca supe en quién apoyarme. En la televisión, por ejemplo, al ser un medio tradicional, es más fácil encontrar referentes que te prevengan sobre lo que puede suponer que empieces a tener éxito y te enseñen qué debes hacer. Pero nosotros no teníamos a quién preguntar. Los youtubers primerizos aprendíamos por ensayo y error. Cuando me empezaron a salir campañas de publicidad, estaba supercontenta de que las marcas confiaran en mí, pero, al mismo tiempo, tenía que tener muchos factores en mente, como mi responsabilidad. Rechacé campañas de bebidas alcohólicas, porque, aunque mi público rondaba los veintidós años y podía consumir alcohol legalmente, también me veían menores y aquello no me parecía responsable.

Cuando pensar y grabar vídeos se convirtió en un verdadero martirio, pasé a subirlos cada dos semanas. El lector atento seguramente se haya dado cuenta, pero, en mi caso, mi relación con la plataforma puede entenderse atendiendo a la regularidad con la que subía vídeos. «Quizás pueda gestionar todo mejor si hago que YouTube ocupe un poco menos de tiempo en mi vida», me dije en ese momento. Pero después de un año con esa periodicidad, grabé un vídeo en el que explicaba que empezaría a subir vídeos solo cuando me apeteciese. En ese vídeo no me imaginaba dejando YouTube de golpe; había formado parte de mi vida durante 8 años y de verdad pensaba que me reconciliaría con mi vida de youtuber. Pero aquel vídeo acabaría convirtiéndose en el penúltimo de mi canal. El 26 de febrero de 2018, dos meses después de haber decidido que ya no sería una «obligación», subí el que sería mi último vídeo, probándome ropa y sin ningún mensaje de despedida. «Nos vemos en un futuro. Solo Jesucristo sabe cuándo», decía al final, en tono de broma.

Al tiempo de dejarlo, descubrí que sufría ansiedad. En aquella época, si alguien me decía una tontería, podía venirme abajo. O estaba bien y, de repente, pasaba a estar mal. No era consciente de hasta qué punto estaba quemadísima. A la Inés de aquel momento, le diría que fuera a un psicólogo. No sé si de haberme puesto en manos de un profesional, habría seguido más tiempo en YouTube, pero desde luego me habría ayudado a gestionarlo y a no torturarme tanto. También me habría servido para saber que lo que sentía en esos momentos es más común de lo creía, que a veces nos presionamos demasiado y que en muchas ocasiones la mente es nuestro peor enemigo.

Estoy satisfecha con la decisión que tomé, pero debería haber tenido más en cuenta a mis seguidores. Sembré en ellos la esperanza de que seguiría compartiendo contenido y los «abandoné» sin explicaciones. En el fondo, era consciente del impacto que tendría mi marcha en ellos, porque yo lo había vivido como seguidora de otros youtubers. Es parecido a cuando tu cantante favorito se retira o una serie que has seguido durante años termina. Pero no supe hacerlo de otra manera, me limité a hacer lo que necesitaba en ese momento y sabía que dejar de subir vídeos iba a ser un alivio increíble.

En Instagram aguanté unos meses más, hasta agosto de 2018. Como recibía muchos comentarios y mensajes preguntándome si estaba bien y si iba a volver a YouTube, el 28 de enero de 2019, casi un año después de haber subido mi último vídeo, colgué una foto con la siguiente descripción: «¡Hola, caracolas! Muchísimas gracias a todos los que os estáis preocupando por mí. Estoy viva y superfeliz, pero ya no lo comparto en la redes sociales. Espero que os quedéis más tranquilos con esta foto. ¡Os mando un besazo gigante!». Mi biografía actual en Instagram viene a decir lo mismo: «Viva y coleando fuera de las redes sociales». Publicar estos mensajes me hizo bien, porque sabía que tranquilizarían a mis seguidores.

La vida después de YouTube

Efectivamente, en los últimos dos años he continuado con mi vida y he usado las redes sociales de forma pasiva sin publicar nada. A veces pienso en YouTube como en una ruptura sentimental: al principio no te imaginas tu vida sin esa otra persona, pero el tiempo pasa y puede que te des cuenta de que ya no la necesitas a tu lado. Se trata de crear nuevas rutinas. Recuerdo mi primer viaje sola después de haber abandonado la plataforma. Antes, cuando viajaba sola, pensaba todo el rato en qué cosas curiosas podía grabar para YouTube. Y, de repente, se me hizo muy extraño que todo lo que viese se fuera a quedar solo para mí. Quienes nos hemos expuesto tanto tenemos que reaprender a sentir para nosotros, a vivir sin mostrarlo.

En mi transición a la vida después de YouTube, también me ayudó mucho haber mantenido una vida «normal» fuera de las cámaras. Más allá de mi año sabático, siempre mantuve mi trabajo y a mis amigos. Mi canal era solo una de las muchas partes que formaban mi vida (proyectos profesionales, ingresos, pareja, amistades, ocio…) y era independiente del resto. Imagino que irse de las redes sociales debe ser mucho más traumático para una persona que haya hecho que su vida gire en torno a ellas. Dejarlo, en ese caso, en vez de a una ruptura debe parecerse a un duelo.

De hecho, cada vez veo menos YouTube y hace unos meses me desuscribí de mucha gente a la que seguía desde hacía años. Las redes sociales han cambiado mucho (como todos los que las usamos). Es normal que la gente del 2020 no haga las cosas como la del 2012. Antes las publicaciones eran más informales y naturales, y reflejaban más «la vida real». Me gusta predicar con el ejemplo, así que si no me interesa lo que se muestra hoy en día en las redes sociales, en vez de decirle nada a los influencers, soy yo la que dejo de consumir ese contenido. Sinceramente, soy incapaz de imaginarme cómo sería mi canal si lo abriese ahora. Con la profesionalización actual, yo sería el símbolo de la cutrez. Lo mío era pura improvisación, sin guion ni aditivos. Aunque no estoy tan puesta en lo que hay ahora, veo que ya no se dejan tantas cosas al azar.

No quiero que parezca que YouTube solo me trajo cosas malas, porque también me dio muchas buenas. La más importante fueron mis seguidores, aquellos que se reían conmigo (o de mí), me acompañaron durante años y consiguieron que no tirase la toalla antes. Si eres uno de ellos, gracias por tanto.

Alguna vez el pensamiento de grabar algo nuevo ha cruzado mi mente, pero he tardado segundos en darme cuenta de que en realidad no quería. Ahora no puedo ver mis vídeos antiguos sin pensar en lo que había detrás. Por ejemplo, si veo un vídeo que sé que me gustó mucho grabar, me divierte. Pero si veo uno en el que sé que minutos antes de encender la cámara estaba con un pico de ansiedad, revivo lo mal que me encontraba y siento lástima. YouTube formó parte de la forja de mi persona. Ahora, con 28 años, me rodeo de las amistades que he elegido y con ellas puedo ser yo misma, algo que no podía decir cuando abrí mi canal.

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