Épica del crimen | Babelia

En la autobiografía de Malcolm X, que posee una fuerza literaria y testimonial arrebatadora, la mención a Lo que el viento se llevó ocupa solo un párrafo. Pero todo el libro, desde ese arranque en el que la mujer embarazada se despierta en mitad de la noche al oír los gritos y los cascos de lo caballos de los hombres de las capuchas blancas, provee un fondo muy instructivo para las historias de brutalidad policial y de abusos y crímenes racistas que estamos viendo de nuevo estos días: también, lateralmente, para las especulaciones indignadas, para los pertinentes desgarros de vestiduras en torno a la película, no prohibida ni censurada para nadie, sino apartada temporalmente del catálogo de una plataforma. Lo que el viento se llevó, a mi juicio un lujoso melodrama kitsch más que una obra maestra, comparte con El nacimiento de una nación una cualidad política definitiva: las dos son la manifestación cultural y comercialmente más visible de una colosal mentira histórica que contiene en su centro el encubrimiento y la apología del sistema criminal del racismo en los Estados Unidos. Cuanto más cruda se volvía la segregación racial en el Sur, y más injustas las leyes que privaban a los negros no solo del derecho a la ciudadanía sino también a la vida, más se acentuaba la gran operación de propaganda embellecedora y embustera sobre la causa sudista, más romántica todavía por ser una causa perdida. Sin duda El nacimiento de una nación está lleno de brillantes invenciones formales: también es propaganda terrorista y celebración del linchamiento. El Ku Klux Klan multiplicó el número de sus afiliados a raíz del éxito de la película. Las cruces ardientes en la noche no habían formado parte de su ceremonial hasta entonces: las inventó D.W. Griffith porque le parecieron, con razón, de un gran impacto visual. Habría que preguntarse si Malcolm Little o su madre o su padre habrían podido apreciar esa cualidad estética.

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