Empatía, la palabra maldita

En este año recién terminado se habló, y con razón, de los lazos de solidaridad que se estrecharon en las comunidades para ayudar a quienes lo iban perdiendo todo. Se diría que quienes escribimos sobre lo que sacude la vida pública no consideramos política aquellas acciones que emprenden los ciudadanos para paliar la precariedad de sus vecinos. El clamor de sus necesidades concretas no llega a rozar el razonamiento teórico ni la jerga académica o politiqueril. Los desasistidos tienen su lugar asignado en las páginas de sociedad, pero dejan de estar presentes en análisis políticos siempre ricos en conceptos abstractos, que es lo que da categoría a un opinador. En los últimos tiempos, apelar a las necesidades urgentes de los humildes comienza a considerarse cursi, sentimentaloide y, aún peor, falso de toda falsedad, de tal manera que quien muestra alguna preocupación social en los altos lugares del pensamiento es acusado de buscar de manera baratuna la aprobación del público. Fruto de esta corriente de distanciamiento cínico que comienza a gozar de una preocupante popularidad son los opinadores que a cada poco abominan de la palabra ‘empatía’. A veces hay que fijarse no en la singularidad de cada prosista, sino en aquellas ideas en las que coincide con sus pares. A mí me pareció significativo leer varias piezas aquí y allá en contra de la empatía. Justo además en el momento en que ciertos colectivos, desde los sanitarios hasta ciudadanos solidarios sin más, se arriesgaban mientras otros nos quedábamos en casa. Muchos sentíamos empatía por el enfermo o el necesitado; solo unos cuantos lo traducían en acción directa.

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