empate a orejas con distinto sabor

Se llamaba «Sosito», pero ¡cómo fue! Un toro para gozar esta vida que es el toreo. Y El Fandi lo cuajó por momentos a placer. No ha habido en la feria un natural como el que esculpió a este ejemplar de García Jiménez. El granadino lo había recibido con una larga cambiada, fiel a su estilo. Buena la lidia para colocarlo en el caballo y lucido el quite por chicuelinas antes de las banderillas: hasta cuatro pares colocó entre la algarabía. El toro de la variada corrida de Matilla, que se abría en los capotes, galopaba con alegre temple. Rodilla en tierra comenzó con poderío mientras la embestida iba hasta más allá. Ya erguido, la derecha condujo el viaje. «Sosito» humillaba, aunque a veces punteaba los engaños en medio del viento. Cuando probó el pitón zurdo, las delicias de «Sosito» se mezclaban con el templado juego de muñeca de Fandila. Hubo tres naturales soberbios, pero uno resplandeció con otra luz, esa luz de lo que se hace despacio y sentido. Entre las rayas, frente al «6». Al ralentí y reunido. Aplaudían hasta los acomodadores. Y otra serie más. En el recuerdo: el natural de los naturales, aunque la gente jaleó más la mortadela de los dos molinetes que el jamón ibérico. Ahí hizo amagos de rajarse el sabroso «Sosito» y en ese instante se marchó el de Granada a por el acero. El pinchazo y el descabello enfriaron los ánimos y no se redondeó la pañolada. Claro que la misma petición, diez pañuelos arriba o abajo, hubo en los siguientes, donde el palco ya dijo «sí» donde ahora había dicho «no».

El Fandi – Heras

Se lució con variedad con el capote en el cuarto, que se dolió en banderillas. El Fandi se asomó al balcón frente a chiqueros y remató con un violín. Trasmitía en los inicios este «Ateo», aunque fue a menos y cada vez salía más desentendido. El matador tiró de oficio y recursos para darle fiesta, como en unos invertidos. Tras una estocada caída, cortó una oreja con fuerte petición de otra.

Un volatín y un choque parecieron afligir al segundo, pero luego embistió una barbaridad, con codicia, pese a puntear a veces. Perera, con técnica y entrega, le buscó las alturas y esa distancia corta en la que se maneja como pez en el agua. En el terreno en el que se baila un chotis, se hartó de torear al boyante «Pelifino» hasta las ceñidas mondeñinas. El derrame en la estocada guardó muchos pañuelos, pero se concedió el premio. Volvió a brillar su cuadrilla en el deslucido quinto, sin clase, que tocaba la telas con violencia. Miguel Ángel, por encima, tiró de inteligencia y disposición.

Cerraba la terna Emilio de Justo, que había entrado por la vía de la sustitución después de triunfar en la última edición. Injusticias del sistema con el torero de Justo apellido… Cuánta torería derramó en la bienvenida al tercero: con lances rodilla en tierra, alguno con aroma a Ordóñez, ganó terreno hasta coronarlos con una media en la mismísima boca de riego. Genuflexo arrancó su obra y por la derecha lo enredó con su clásico sello. El pase de pecho fue agua bendita. Sinceridad del extremeño, que se entretuvo en un trío diestro de series de muleta adelantada, zapatillas hundidas y cintura rota. Todo arropado por la ligazón y el temple, con el broche de los pases de pecho más señoriales de los últimos tiempos. Cuando pasó a la izquierda, no se lo llevó por delante de milagro. Este «Filósofo» pesaba más que sus hermanos anteriores, y no por kilos, sino por juego y presencia, con sus puntas negras. No era tan claro, pero se movía con transmisión y ofreció también grandes embestidas. El cenit llegó en un cambio de mano, cosido a una trincherilla y un pectoral de cámara superlenta. Se entretuvo en otra tanda más antes del cierre por ayudados. ¡Qué bonito el toreo a dos manos! El acero emborronó feamente su bella confección y, aunque no hubo abultada petición, se ganó un trofeo.

Palmitas hubo cuando salió el sexto, con plaza y presencia, al que sopló una preciosa media. «Sosito» era su nombre, con el hierro de Peña de Francia, pero en nada se parecía a su tocayo. Viendo su áspera condición, De Justo pidió el cambio cuando tenía cuatro palos en lo alto: negativa del usía. No era fácil el bruto -y menos aún con el viento-, pero lo metió en vereda con mucho mérito. Faena de tragar y querer. Solo el acero se interpuso en el camino de la puerta grande. El marcador dejó un empate a trofeos con distinto sabor. Ni todos los «Sositos» ni todas las orejas son iguales.

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