Eloy Tizón, en diálogo con una biblioteca infinita

Los mejores libros son aquellos que buscan a su autor, no los que el escritor se obliga a afrontar. De ese encuentro casual surgen obras, y aventuras, maravillosas. También para el lector. Pero el caso que hoy nos ocupa es aún más especial. Porque el escritor Eloy Tizón (Madrid, 1964) ha decidido desprenderse, temporalmente, de la ficción para mostrarse como un lector que lleva treinta años escribiendo sobre otros autores. «Herido leve» (Páginas de Espuma) recoge todas sus filias literarias, y alguna que otra fobia, aunque el amor literario, si es verdadero, también es ciego. O eso dicen.

«En un momento de parón en la ficción me puse a mirar textos que había escrito sobre literatura, algunos olvidados. El motor era la curiosidad», confiesa Tizón. Los fue leyendo «con cierto placer» y, gracias a ese «piloto automático para detectar posibles libros» que tienen todos los escritores, se dio cuenta de que lo que tenía entre manos era un proyecto digno de llegar a las librerías. Una vez tomada la decisión, Tizón cribó los que «podían ser todavía válidos», eliminó los que «estaban por debajo del nivel» y, a la hora de organizar todo aquel sarao narrativo, contó con la ayuda de un buen amigo, el escritor Andrés Neuman, que le sugirió organizarlo basándose en atmósferas. «Esa fue la pista que me puso en el camino de un orden que fuera más flexible, más natural, y a la vez riguroso, porque ningún texto está descolgado de su apartado natural».

Influencias

Así, Tizón comprobó que los autores que ama «no han cambiado en estos treinta años». En las páginas de «Herido leve» se dan cita Nabokov, Djuna Barnes o Marina Tsvetáyeva, por supuesto; pero también Flaubert, Cortázar, Clarice Lispector, el centenario Juan Eduardo Zúñiga, Chéjov, Alice Munro, Rimbaud, Poe, Richard Ford. Martín Gaite y hasta Luis Magrinyà, por citar sólo unos pocos, porque este libro, como la literatura, es casi inagotable.

Eso sí, a la hora de poner algún reparo, que no todo van a ser alabanzas, Tizón reconoce que la «influencia» que tuvo el «minimalismo en los años 90» fue un tanto «abusiva». Vamos, que no había taller literario en el que no se mentara a Carver. Y, claro, aunque «es un escritor de primera fila, a veces, las influencias se convierten casi en dictaduras estéticas». «El minimalismo es una opción muy respetable, pero la escritura más desatada, más barroca o más poética también es digna de atención».

Lo que Tizón tiene claro es que todo escritor está hecho de sus lecturas. «La idea de “yo no leo para que no me influya” o de que “no quiero que me contaminen” es ridícula. Tienes que haber leído muchísimo, no por obligación, sino por puro placer, porque es tu alimento. Al final, la literatura, el arte en general, educa nuestra mirada». Incluso aquellos escritores con los que «no siempre nos sentimos cómodos» pueden darnos lecciones valiosas. «Nuestra educación pasa, inevitablemente, por leer todo lo que podamos y a autores de la mayor variedad posible».

Un libro actual

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Treinta años son muchos y sirven, además, como espejo en el que ahora ver reflejada la escritura que, como su autor, se ve sometida al paso del tiempo. «Al principio dices las cosas de una forma muy drástica. Hay una cierta ingenuidad, también una mayor radicalidad. Con el tiempo, aprendes a matizar, a dar amplitud». Y «precisión». Porque, por mucho que lo dicte Twitter, Tizón cree que «la frescura está sobrevalorada». Lo dice con una sonrisa sincera que, inmediatamente, abandona para adoptar el rictus de seriedad necesario para afirmar que valora «mucho, a lo mejor por una cuestión biográfica, el poso». Tizón quería publicar un libro que fuera una obra suya actual, y lo ha conseguido pasando, además, la criba más importante: la del propio autor.

Ese «poso» que lleva en la sangre le lleva a defender «el valor de la literatura como un proceso lento, tanto para escribir como para leer». Y por eso reconoce que «este es un libro un poco a contracorriente» en los tiempos que vivimos, o que intentamos vivir. «Tienes que dejar reflexionar los textos, a veces releer. Es ese diálogo constante que uno mantiene con su biblioteca, que yo creo que requiere tiempo. Eso es lo que yo reivindico, me parece que ahí está la literatura. Echo en falta un poco de reposo, de tranquilidad, de no vivir siempre pendientes de la novedad. ¿Por qué no se puede reseñar «Berlin Alexanderplatz»?

Consciente de que «hay quien dice que ahora en España es más promoción que crítica», el autor descarga de responsabilidad a los medios que las publican y a los autores que las escriben y culpa al «momento histórico, que tiende hacia lo efímero, hacia la rapidez, hacia la levedad en el mal sentido». Pero «no tenemos la opción de rendirnos. Para nosotros, la cultura es una forma de vida, no es un capricho. Quizás nuestro círculo de interlocución sea menor, pero la intensidad va a ser la misma». No son palabras menores. Las dice quien, con este libro, ha corroborado que ama la literatura.

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