‘Electroshock’ Carrère | Babelia | EL PAÍS

Si Emmanuel Carrère fuese un cómico (y su último libro, Yoga, tiene considerables dosis de humor, pese a lo triste de la historia), sus lectores más fieles ya le conocerían todos los chistes y los trucos, pero volverían una y otra vez a él, como a un lugar inconfundible, una casa en la que los muebles y la decoración fuesen reconocibles, un viejo amigo. Yoga, publicada el 27 de agosto en Francia por la editorial P.O.L, contiene todos los elementos que han hecho de Carrère (París, 1957) uno de los tres o cuatro escritores franceses de esta época posiblemente llamados a perdurar.

Todo está aquí, en el libro de la rentrée en Francia. ¿Novela? ¿Ensayo? ¿Autobiografía? Aquí reencontramos al personaje de siempre, el intelectual burgués parisino con una vida confortable pero con un “ego cargante, despótico” y una vida psíquica desbocada, «un tipo que lo tiene todo, absolutamente todo para ser feliz y se las arregla para saquear esta felicidad y la de los suyos». De nuevo, la honestidad sin filtros, esa manera de explicarse sin piedad por sí mismo (o también, el narcisismo de la desgracia, un manierismo de la sinceridad que sin embargo siempre suena a verdad). «Los escritores que escriben lo que les pasa por la cabeza son los que prefiero”, dice. Otro rasgo que es marca de la casa: el estilo, claro y envolvente, que aboca a pasar página de manera convulsiva: Proust al ritmo de Grisham.

El argumento de Yoga -primer volumen con material original desde El Reino, publicado en Francia 2014- queda resumido en la primera frase, que dice algo así: “Puesto que hay que empezar en alguna parte el relato de estos cuatro años en los que intenté escribir un librito sonriente y sutil sobre el yoga, afronté cosas tan poco sonrientes y sutiles como el terrorismo yihadista y la crisis de los refugiados, me hundí en una depresión melancólica que me llevó a estar internado cuatro meses en el hospital de Santa Ana, y finalmente perdí a mi editor que, por primera vez en treinta y cinco años, no leerá un libro que he escrito…».

Yoga es la historia de una nueva caída a los infiernos de Carrère (la anterior la relató en Una novela rusa, de 2007), después de una década de calma emocional y familiar cuyo origen explicó en De vidas ajenas, de 2009 (toda su obra la ha publicado en castellano Anagrama). Al mismo tiempo, es la historia de la escritura del libro que tenemos entre manos.

El proyecto inicial de un ensayo sobre el yoga descarrila y acaba fusionándose con lo que él llama su “autobiografía psiquiátrica”, cuando su salud mental se agrava y entra en el hospital con un “episodio depresivo caracterizado, con elementos melancólicos e ideas suicidas en el marco de una perturbación bipolar del tipo 2”. Carrère es sometido a un tratamiento de “aquello que antes se llamaba electroshocks y hoy se llama ECT, terapia electroconvulsiva”.

El libro contiene estos dos libros. Y algunos más. Yoga arranca con una divertida crónica su estancia en un centro de meditación en la Francia profunda, mezcla de novela iniciática de internado e introducción al yoga. Incluye un reportaje sobre la crisis de los inmigrantes en la isla griega de Leros, y una evocación del zarpazo del terrorismo en su círculo social (esta parte y la del hospital guardan un aire de familia con El colgajo de Philippe Lançon, Anagrama, 2019). Encontramos un ensayo sobre la búsqueda, si no de la felicidad, sí de una cierta tranquilidad e incluso de momentos de luz en el torbellino existencial (la fugaz sonrisa de la pianista Martha Argerich en un vídeo de los años sesenta mientras interpreta la Polonesa heroica de Chopin). Y el libro es una invitación a adentrarse en la cocina del escritor. Mientras leemos Yoga nos cuenta cómo escribe Yoga, o cómo lo intenta: un esfuerzo por ensamblar salsas dispares sin seguir un plan determinado, con digresiones, tropiezos y dudas, y sin saber qué será de las notas que iba tomando en aquellos años (en noviembre de 2017 Carrère le confesó a Àlex Vicente: “Paso por un momento difícil. No tengo proyecto»; en el verano de 2019, durante una conversación con Javier Cercas para EL PAÍS, declaró: “Me apetece volver a ponerme a escribir un libro”).

La novedad -la noticia, en términos periodísticos- la subraya casi a la mitad: “No puedo decir [de este libro] lo que con orgullo he dicho de muchos de los otros: ‘Todo es verdad”. Porque en Yoga hay ficción. Cuánta, no queda claro. Hacia el final, revela que uno de los personajes es “en parte, un personaje de novela”, pero unas páginas más tarde el narrador se lo encuentra por casualidad en un aeropuerto, y no sabemos si aquello ocurrió o no ocurrió, si la mujer es o no es real.

Hace dos años, El colgajo de Lançon no pudo optar al Goncourt, porque no era ficción, no era novela. Quizá las dosis ficticias de esta confesión que es Yoga le sirvan a Carrère este año para aspirar al gran premio de la literatura francesa, que todavía no ha obtenido. No lo necesita para confirmar su estatus en las letras contemporáneas, pero alguien como él, que dice ser «un hombre narcisista, inestable, abrumado por la obsesión de ser un gran escritor», sin duda lo agradecerá.

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