el último aliento del pop de los sesenta

«Y al final el amor que te llevas es igual al que das». Voces flotando, un pellizco de guitarra y se acabó. «C’est fini». «The End». Adiós a los Beatles y adiós también a la década más prodigiosa de la música popular. En realidad, a los británicos aún les quedaba una bala en la recámara en forma de «Let It Be», álbum grabado a principios de 1969 que no vería la luz hasta mayo de 1970, cuando la banda ya era historia, pero el final oficial, el último aliento de los cuatro de Liverpool, hay que buscarlo entre los surcos de «Abbey Road». Un fabuloso canto de cisne discográfico que, grabado justo hace 50 años y publicado el 26 de septiembre de 1969, forjó el último eslabón que encadenaría a los «fab four» a la eternidad. Para celebrarlo, en septiembre de este año llegarán una nueva tanda de reediciones en formato super deluxe tanto en CD como en LP.

«Nadie sabía con certeza que iba a ser el último álbum, pero todo el mundo lo presentía. Habían pasado por tanto durante tanto tiempo… Habían estado encarcelados unos junto a otros casi una década», recordaría años más tarde George Martin, quinto en discordia de este punto y final al que los de Liverpool llegaron a trompicones y al borde ya de la desintegración. Y es que a esas alturas, recién bajados de la azotea de los estudios londinenses tras ofrecer su último concierto en enero de 1969, la banda acumulaba ya un largo historial de desplantes y tensiones: la muerte de Brian Epstein dos años antes les había dejado sin el pegamento que les mantenía unidos; las sesiones del «White Album» fueron lo más parecido a un campo de batalla; y tanto George Harrison como Ringo Starr habían amagado con dejar el grupo.

«Let It Be», con el grupo descomponiéndose ante las cámaras, acabaría siendo la puntilla. La gota que desbordó el vaso y cerró de forma abrupta ese círculo virtuoso que se abrió en 1963 «Please Please Me». «Yo formé el grupo y yo lo disolví. Así de sencillo. Mi vida con The Beatles se había convertido en una trampa», reconocería John Lennon en las páginas de «Anthology».

Dulce mal trago

El final, ya ven, estaba ahí, pidiendo la vez y esperando a que Phil Spector le diese la puntilla con esos arreglos que sacarían de quicio a Paul McCartney, pero incluso en pleno naufragio los cuatro Beatles asumieron que su historia no podía terminar con un disco de gestación tan traumática como «Let It Be». Así que, una vez más, McCartney se echó el grupo a la espalda, se tragó un par de sapos –ninguno de sus compañeros de banda acudió a su boda con Linda Eastman, en marzo de ese mismo año– y echó mano de su proverbial entusiasmo para tomar las riendas del que sería el testamento de The Beatles. «”Let It Be” fue un disco tan problemático (aunque tiene algunas canciones magníficas) que realmente creí que era el fin de The Beatles y di por sentado que nunca volvería a trabajar con ellos. “Qué pena que todo haya terminado así”, pensé. Por eso me sorprendió mucho cuando Paul telefoneó y dijo “Vamos a hacer otro disco. ¿Te gustaría producirlo”», recordaría Martin.

El álbum resultante, grabado entre febrero y agosto de 1969, es un colosal y frondoso collage de pop en estado de gracia que, además de incluir el único solo de batería de la historia de Ringo Starr, alumbró la explosión de George Harrison como compositor con «Here Comes The Sun» y «Something». «Durante mucho tiempo no estuvo al mismo nivel que nosotros, y no lo digo por quitarle mérito; simplemente no estaba tan acostumbrado a componer como nosotros», dejó dicho Lennon, a quien un accidente de tráfico en Escocia le hizo perderse una cuantas sesiones de grabación. También Yoko Ono resultó herida, por lo que Lennon encargó que instalaran una cama en el estudio mientras se recuperaba. Ya saben: la culpa de todo…

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«Cada vez había más problemas, pero lo curioso es que aquella no fue la peor época. Hicimos un álbum francamente bueno, y las únicas discusiones surgían por cosas como que dedicara demasiado tiempo a un tema», recuerda McCartney. Más tarde llegarían las cifras de ventas mareantes (fue el primer álbum de la banda que vendió más de diez millones de copias en todo el mundo), la icónica fotografía que Ian McMillan tomó en el paso de cebra y que ilustraría la portada, y las disparatadas teorías sobre la muerte de McCartney, pero lo que finalmente quedó, lo que queda aún hoy en día, es la alquimia mágica que, a pesar de todo, John, Paul, George y Ringo fueron capaces de desplegar una vez más, la última ya, en un estudio. «Después de la pesadilla de “Let It Be”, “Abbey Road” quedó estupendamente. La segunda cara es magnífica. De las cenizas de toda esa locura para mí esa última sección es de lo mejor que hemos hecho nunca», setenció el siempre entusiasta Ringo.

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