el «tranvía subterráneo» se estrenó con 56.220 viajeros

La llegada del Metro a Madrid, de la que este mes se cumplen cien años, llenó de entusiasmo a sus vecinos. Más allá del viaje inaugural, con el rey Alfonso XIII y su séquito, el 17 de octubre, hubo un primer día de funcionamiento para el resto de los madrileños:fue el 31 de octubre, y esa jornada recorrieron los 3,4 kilómetros de distancia entre las estaciones de Sol y Cuatro Caminos nada menos que 56.220 viajeros.

Pese a que el día se levantó frío y lluvioso, los madrileños hicieron cola en los dos extremos de la línea para probar el «invento». Madrid estaba, al decir del cronista de ABC, «como chiquillo con juguete nuevo». Los usuarios viajaron de la mañana a la noche, repartidos en los cuatro trenes que recorrían las entrañas de Madrid, «en medio del mayor orden y la mayor felicidad». Lo que hizo exclamar al periodista, al final de su información: «¡Ovación y vuelta al ruedo para los Otamendis!». Con ello se refería al equipo de ingenieros «padres» de la iniciativa: Miguel Otamendi, Carlos Mendoza y Antonio González Echarte. Ellos diseñaron, en 1914, el proyecto de un metropolitano con cuatro líneas, 35 estaciones y una longitud total de 13,9 kilómetros. A Antonio Palacios se le encargó diseñar las estaciones y las bocas del Metro.

Siempre, un Otamendi

Otamendi era un enamorado de este sistema: en 1904, fue uno de los primeros en cruzar bajo tierra Nueva York en el «tubo». Después, se vinculó a la Compañía Metropolitana en Madrid, y hasta salió de su mano el logotipo del rombo, que con algunas variaciones, aún se mantiene en esencia, cien años después. Desde entonces, siempre ha habido un Otamendi, hasta que hace apenas un año se jubiló Javier Otamendi.

Las señoritas taquilleras: todas solteras. Al casarse, perdían el empleo (foto de 1921)
Las señoritas taquilleras: todas solteras. Al casarse, perdían el empleo (foto de 1921) – ABC

Madrid tenía, en esos comienzos del siglo XX, 614.000 habitantes. Y atascos. En otras capitales del mundo, el Metro ya había hecho su aparición: en Chicago en 1862, en Londres en 1863, en Budapest en 1896, en París en 1900, en Buenos Aires en 1913… La prensa española ya mencionaba proyectos para traer el Metro a la capital en los últimos años del siglo XIX, incluso con variantes tan sorprendentes como incluir vagones para mercancías o para transportar animales.

Las obras comenzaron en 1917, en un principio sólo para la línea Sol-Cuatro Caminos. La inversión fue inicialmente de ocho millones de pesetas, de los que el Banco de Vizcaya aportó cuatro, y los otros costó algo de trabajo recopilarlos. Alfonso XIII contribuyó con uno, lo que animó a otros inversores. Así nació la Compañía Metropolitana Alfonso XIII, con accionariado íntegramente privado. Los trabajos tuvieron sus dificultades, porque Europa estaba en plena Primera Guerra Mundial y no era fácil conseguir los materiales.

Bendición y cronómetro

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Ese primer viaje –que tuvo lugar a las tres y media de la tarde– contó con la presencia del obispo de Madrid-Alcalá, que bendijo el nuevo modo de transporte. Durante el mismo, el periodista Rufino Blanco, cronómetro en mano, fue contando «los minutos empleados en cada uno de los trayectos comprendidos entre las ocho estaciones de la línea». Al llegar a Sol, en el rellano de la escalera el monarca descubrió un escudo en bronce de Madrid y debajo una lápida en mármol blanco con la siguiente inscripción: «SS. MM. los reyes don Alfonso y doña Victoria Eugenia inauguraron la línea de Cuatro Caminos-Puerta del Sol el día 17 de octubre de 1919».

Imagen del banquete ofrecido por la empresa constructora a los obreros que construían el Metro, en enero de 1919, en las vías de la estación de la Plaza de Bilbao
Imagen del banquete ofrecido por la empresa constructora a los obreros que construían el Metro, en enero de 1919, en las vías de la estación de la Plaza de Bilbao – ALBA

Ese mismo mes, el 31, comenzó a funcionar para el resto de los mortales. En su primer día, recaudó 8.433 pesetas. El recorrido bajo la ciudad duraba unos diez minutos, y en tranvía por la superficie, más de media hora. Fue una empresa muy moderna: de las primeras en incluir mujeres en la plantilla, las taquilleras, que eso sí, eran todas solteras porque cuando se casaban dejaban su puesto.

Dicen que la idea de traer el Metro a Madrid le llegó a Carlos Mendoza y Sáez de Argandoña cuando estaba esperando la cola del tranvía en Sol. El billete sencillo costaba en sus inicios 15 céntimos. Las obras, como se ha dicho, contaron al principio con apoyo de la Casa Real. Pero lo que no tenían en sus comienzos era licencia municipal.

Abría sus puertas a las 6.30 de la mañana, la hora en que lo cogían los que iban a trabajar pero también –ya por aquellas fechas– los que volvían de alguna juerga: por eso los periódicos recogen que se formaban largas colas y que había en la Puerta del Sol, en las proximidades de la estación, puestos de churros y aguardiente para entretener la espera, hasta que abrieran las puertas.

Las estaciones de Sol y Gran Vía contaban con ascensores desde 1920, aunque eran de pago. Y también en los años 20, al iniciarse las obras de Tirso de Molina, se encontraron los esqueletos de los monjes del convento de la Merced, que había sido derribado en el siglo XIX. Forma parte de la leyenda de Metro que en esta estación se escuchen a veces voces lúgubres. También la estación fantasma –la de Chamberí, cerrada en 1966– ha tenido su misterio, hasta que ha sido abierta al público, convertida en museo vivo de este transporte público.

Ascensor en la estación de la Red de San Luis, hoy Montera
Ascensor en la estación de la Red de San Luis, hoy Montera – ABC

El famosísimo «Antes de entrar dejen salir» nació de una campaña publicitaria en el año 1939. Los asientos reservados para personas con discapacidad – «para caballeros mutilados», decía un cartel– aparecen en 1942, tras la Guerra Civil.

Metro tenía una peluquería de trabajadores en 1921, situada junto a las cocheras de Cuatro Caminos. En cuanto a lo de fumar en el interior de los trenes de Metro, los primeros viajeros no hacían mucho caso a la prohibición, hasta que en 1930 el Gobierno Civil tuvo que publicar una nota exigiendo el cumplimiento estricto de la norma.

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