El Tour se inspira en la Vuelta a España

Al transitar por primera vez por el puerto de Loze en los Alpes, Christian Prudhomme, el director general del Tour, se sintió Henri Desgrange. El creador de la carrera en 1903 envió a Alphonse Steines a los Pirineos para inspeccionar una carretera en 1910. Steines se quedó a media subida, atrapado su vehículo a motor por la nieve y, rodeado de osos, no dudó en encauzar el curso aventurero de aquella carrera pionera. El periodista mintió. «Carretera en perfecto estado. Transitable», comunicó Steines al director del periódico «L’Auto» (hoy L’Equipe). Así nació el Tourmalet para el Tour. Y así se presentó ayer el puerto simbólico de la edición 2020 de la prueba francesa. Loze es una pista única en Francia: se la traga la nieve en invierno y aparece en verano solo para las bicicletas, unos kilómetros más allá de la estación de Meribel. El Tour del próximo verano será lo más parecido a la Vuelta: montañas cortas, puertos inéditos, agitación con subidas desde la primera semana, una cronoescalada de cierre antes de París, escaso protagonismo para los velocistas y ausencia total de contrarrelojes. Tal vez Prudhomme, como Desgrange, ha descubierto el grial en la excitante ronda del verano pasado. Dinámica, nerviosa e incierta al impulso de dos franceses protagonistas: el escalador puro Pinot y el pegador profesional Alaphilippe que llevaron la carrera al límite para el equipo gobernante. Ineos (Sky) ganó con Egan Bernal, pero sin aplicar rodillo, sin el ritmo monocorde de un vagón de soldados para Froome. «Lo que más me gusta de la carrera es que pueden pasar muchas cosas en muchas partes. Hay trampas por todo el Tour», argumenta el director general. Es el espíritu de la Vuelta, el modelo que ha movido a la carrera española desde hace una década: un jardín imprevisible en el que cada día sucede algo. «La voluntad de variar las etapas nos anima cada año», cuenta Christian Prudhomme ahora que el Tour se sumerge en terreno desconocido. Ya no existe una primera semana plomo de esprints, tensión y caídas, sino que se adentra en la montaña al segundo día por los Alpes del sur y no concede más de dos jornadas sin que aparezca una subida. Ya no hay una segunda semana de Alpes y una tercera de Pirineos o viceversa, sino que la carrera bucea por toda la orografía francesa (también el Macizo Central, el Jura y los Vosgos) para descubrir puertos inéditos. Además de la Loze, el Mont Aigoual, el Puy Mary o el Grand Colombier se estrenan. Otro símil con la Vuelta a España. Es un Tour sin respiro desde el inicio en Niza (27 de junio, una semana antes de lo habitual para no coincidir con los Juegos de Tokio), que no descansa en ningún tramo y que somete a los ciclistas a un escenario de emboscadas o ataques sorpresa, estilo Alaphilippe, el gran valedor del pasado Tour con la defensa de su maillot amarillo. El Tour le agasaja con segundos de bonificación en muchos puertos cortos. Desde 1983 un francés no gana la carrera. Es un Tour para escaladores que concluye con una cronoescalada en la Planche des Belles Filles, destinada a asignar el nombre del triunfador y mantener la indecisión hasta la última fecha. Es un Tour que debería celebrar Mikel Landa, quien se marcha al Bahréin en busca de su última oportunidad en esta carrera. También Enric Mas, el fichaje estrella del Movistar. OEgan Bernal, el joven vencedor colombiano de 2019 que no sabe si ir al Giro, pelear por reeditar su éxito o ayudar a Froome, ayer reaparecido con algún síntoma de cojera. Es el Tour de la ruptura, sin una contrarreloj que estimule a potenciales vencedores como Roglic, Dumoulin o Thomas.

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