El regreso de ‘Stalingrado’, la novela que el régimen soviético censuró | Babelia


 

Zina Mélnikova, amiga de Vera, vivía en el mismo edificio donde habían alojado a Mostovskói. Era uno de los mejores inmuebles de la ciudad.

–El amor no atiende a razones y nada debería tener en cuenta–opinó Zina.

Sintió el deseo irreprimible de ser madre, de tener un hijo de Víktorov y de cuidarlo, cual una llamita en medio de la oscuridad de la noche, a pesar de las privaciones y las necesidades. El bebé tendría los ojos de su padre, su lenta sonrisa y el mismo cuello fino. Jamás le habían pasado por la cabeza semejantes ideas, de modo que aquel pensamiento puro, amargo y dulce a la vez, la avergonzaba y la alegraba. ¿Acaso había alguna ley que prohibiera a una muchacha amar y ser feliz? ¡No la había! No se arrepentía de nada, jamás se arrepentiría. Había hecho lo que tenía que hacer. Zina, como si hubiera leído sus pensamientos, le preguntó:

Vera empezó a relatarles una historia de antes de la guerra que Zina le había explicado la noche anterior. Trataba de una joven ingeniera que se había enamorado de un actor de una compañía ambulante y había abandonado a su marido para huir con él. Y lo hizo a pesar de que se estaba preparando para defender la tesis y de tener que superar muchísimos obstáculos, pues el marido estaba desesperado y en el trabajo se resistían a dejarla marchar.

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