El próximo dilema

Vas conduciendo a toda pastilla cuesta abajo cuando, de repente, fallan los frenos del coche. Tu única opción es atropellar a una anciana o a 20 niños de un colegio. ¿Qué haces? Tienes un segundo para pensar, y todo lo que sientes y has aprendido de ética se queda muy corto para guiar esa decisión. O consideremos un caso más familiar para los amantes de Netflix: si tu única elección es condenar a muerte a miles de personas o torturar al terrorista para que te diga dónde ha colocado la bomba, ¿de qué sirve todo el repudio a la tortura que has asimilado durante décadas? Los principios generales dejan de servirte, y tienes que tomar una decisión donde ninguna de las dos alternativas te permite una salida airosa. Vas a infringir forzosamente varios mandamientos y artículos del Código Penal. A los neurocientíficos y los filósofos les encantan estos dilemas del diablo porque presienten, tal vez correctamente, que son una ventana abierta a los mecanismos inextricables de la moralidad humana, que deben estar en alguna parte de nuestra cabeza, por definición de cabeza.

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