El problema de la cerveza

Hace unos meses (me dice Google, que todo lo sabe, que fue exactamente el 25 de noviembre), cuando ya en toda España los restaurantes estaban cerrados y los madrileños teníamos el privilegio de seguir haciendo reservas para almorzar y cenar fuera de casa, me comí el plato que mejor me ha sabido en mi vida. Fue en Nina Pasta Bar, una pequeña trattoria castiza de La Latina a la que no me importa hacer publicidad gratis, pues me proporcionó uno de los momentos más felices del año pasado. El plato en cuestión se llamaba Papardelle Ragú Capote y consistía en unas cintas de sémola al huevo cubiertas por una salsa boloñesa tan deliciosa que aún me duelen los carillos por dentro al escribir estas líneas. Recuerdo que fue un rato precioso, en el sentido más concreto de la palabra, pues todos sabíamos que estábamos disfrutando de dos bienes carísimos: nuestro tiempo juntos y la capacidad de pagar una minuta. Tampoco es que recuerde más detalles de la velada. Durante el rato que estuve dando cuenta de aquel manjar no fui capaz de prestar atención a lo que ocurría a mi alrededor.

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