El placer culpable de la noche electoral

Cuando frecuento los púlpitos de algunos colegas del columnismo siento que me fustigo poco y que no fustigo bastante a los demás. No hago muchos exámenes de conciencia ni me esfuerzo por mejorar mi baja calidad moral. Por ejemplo, tengo mi masculinidad hecha unos zorros, barbuda y sin deconstruir, abronco a mi hijo sin reflexionar sobre las consecuencias devastadoras que mis broncas tendrán en su desarrollo emocional, me alieno en el amor romántico de la monogamia y no he calculado mi huella de carbono. Vivo ajeno a la mayoría de mortificaciones contemporáneas. Como decía Juan Ramón Jiménez: he aprendido a ser sucio, y me parece bien.

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