El pentagrama nicaragüense

El interés por el 41 aniversario de la revolución sandinista, que enamoró a medio mundo y hoy espanta, quedó reducido a la mascarilla de Daniel Ortega y a las adivinanzas sobre la estrella pentagonal que decoró la plaza de los discursos, atribuida al esoterismo de Rosario Murillo, tan respetable como la magia renacentista de La Clavícula de Salomón o la narrativa de La gallina negra. Los vivas a Sandino y a la patria, las arengas oficiales de la efemérides, más parecían responsos por una revolución malograda por la adicción al poder de la pareja presidencial y la conculcación de derechos y libertades, conquistados por las milicias sandinistas cuando entraron en Managua tras acabar con Somoza, reconocido por Franklin Roosevelt como un hijo de puta en plantilla.

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