El no a la guerra de Martha Gellhorn

Cuando rondaba los setenta años, ya demasiado mayor para los viajes que acostumbraba a hacer y desencantada con el periodismo, Martha Gellhorn (San Luis, 1908; Londres, 1998) seguía con ganas de alimentar su curiosidad. «La curiosidad –decía– no tiene límites, se acaba con la muerte». Eran sus «amigotes» quienes se la saciaban: jóvenes inquietos de entre veinte y treinta años que la visitaban para contarle sus aventuras.

En esas tertulias a veces salía el nombre de Ernest Hemingway, con quien la escritora estuvo casada y cuyo recuerdo la enfurecía. Pese a que compartió trincheras en la Guerra Civil española con él, el de Illinois no estaba ni mucho menos entre la mucha «gente adorada, perdida y loca» a la que Gellhorn añoraba. «Pobre de mí. Echo en falta los lugares –se lamentaba–. Estoy muy cansada de los problemas con los criados y la civilización».

Su exitosa carrera como reportera de guerra comenzó en España. Allí se marchó, «con los chicos», con 28 años y una carta del editor de la revista «Collier’s» que le sirvió como pasaporte. Cuando envió su primer artículo, animada por Hemingway, no esperaba que se lo publicaran. «Pero yo tenía aquella carta y conocía la dirección de la revista. Aceptaron mi artículo y pusieron mi nombre junto al del resto de la plantilla. Me enteré por casualidad. Si estaba en plantilla, no había duda de que era corresponsal de guerra».

Estas primeras crónicas están pegadas a la vida cotidiana de la gente, «al sonido, al olor, las palabras, los gestos exactos que eran propios de ese momento y ese lugar». Ese era su propósito. La mirada virgen de Gellhorn describe con nitidez el desagradable «silbido-aullido-grito-rugido» de las bombas, el sonido de los obuses al despertar, que se oían de fondo como si fueran «truenos», o la normalidad con la que los madrileños llenaban por la tarde los bares que habían sido atacados por la mañana.

«El rostro de la guerra. Crónicas en primera línea 1937-1985» (Debate) recoge los mejores reportajes que Gellhorn escribió a lo largo de toda su vida, desde sus inicios en la contienda española hasta la guerra de los Seis Días o los conflictos de Centroamérica. Están también sus crónicas de la Segunda Guerra Mundial: cubrió el desembarco de Normandía pese a que el Ejército de Estados Unidos le negó su presencia entre las tropas por ser mujer o la liberación de Dachau.

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Gellhorn fue abandonando esa mirada cándida por un tono mucho más activista conforme fue ganando experiencia. «Puede que mis artículos sobre Alemania y la Gestapo, las SS y demás unidades del Ejército alemán parezcan ahora impropios himnos de odio –dice en el libro–. Yo cuento lo que vi, y el odio fue la única reacción que todo aquello me produjo».

Nunca abandonará esa actitud, que con los años se vuelve aún más ideológica. «No he olvidado la pesadilla de aquella jornada que pasé con un antiguo prisionero en la ominosa desolación de Auschwitz –diría más tarde para justificar su decidida postura proisraelí–. La Alemania nazi hizo que Israel fuese una necesidad».

Gellhorn, siempre crítica con las injerencias militares de EE.UU. en Centroamérica y, en definitiva, cualquier excusa para levantarse en armas, ofrece su archivo de reportera para advertir contra nuevos conflictos. Porque «la guerra le sucede a las personas, una por una». Su no a la guerra es este libro.

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