El museo imposible: una visita guiada por obras de arte desaparecidas

En 1954, el artista Graham Sutherland recibió el encargo de pintar un retrato del primer ministro británico Winston Churchill. La cara del político al recibir el cuadro, con motivo de su 80 cumpleaños, demuestra su decepción con el resultado. El siguiente GIF corresponde a ese momento:

La idea inicial es que el retrato colgara en el propio Parlamento tras la muerte del primer ministro, que se produjo en 1965, pero la obra nunca llegó a ese destino. Esta historia aparecía en un capítulo de The Crown, la popular serie de Netflix que ha estrenado su cuarta temporada. Ese capítulo contaba que la mujer del primer ministro, Lady Spencer-Churchill, quemó el cuadro en su patio trasero meses después de que se lo entregaran a su marido. Aunque la biógrafa de Lady Spencer-Churchill explicó hace años que no fue ella quien le prendió fuego, el destino de la obra, efectivamente, fueron las llamas. Esta acción nos ha privado de una obra de Graham Sutherland, un relevante pintor británico conocido por sus paisajes y sus obras surrealistas.

La historia de este retrato nos recuerda que las obras artísticas que conservamos son ínfimas en comparación con aquellas que se quedaron por el camino, ya sea por culpa del fuego o por otros motivos. ¿Y si nos propusiéramos reunir en un mismo espacio imaginario algunas de las obras más relevantes hoy desaparecidas? En este artículo nos hemos propuesto crear nuestro propio museo imposible, adaptando a nuestros gustos una idea que ya tuvo el historiador del arte estadounidense Noah Charney en su libro The Museum of Lost Art. Así que ponte cómodo y prepárate para conocer algunas de esas maravillas que jamás podrás disfrutar en directo.

Nuestro museo imaginario empieza con una sala dedicada al mundo clásico. En ella se encontraría la Atenea Pártenos, la escultura de Fidias datada en el año 438 a.C. y que custodiaba el Partenón, en la Acrópolis. De grandes proporciones y materiales muy ricos, oro y marfil para ser más exactos, esta obra se convirtió en un auténtico símbolo de la ciudad de Atenas y una de las figuras más veneradas de la Antigüedad. Su desaparición en extrañas circunstancias sigue sin tener respuesta, pero se conservan varias réplicas en escala menor que nos permiten hacernos a la idea de la apariencia de esta obra, como esta datada en el siglo II d.C. y conservada en el Museo del Prado, así como una descripción detallada del geógrafo griego Pausanias.

Siguiendo con el recorrido, entramos en la sala dedicada al Renacimiento. En las paredes de esta estancia colgarían algunos cuadros de Sandro Botticelli. El artista florentino decidió destruir varios de sus temas mitológicos en su huida definitiva del humanismo a la espiritualidad, siguiendo los preceptos del fraile Girolamo Savonarola, quien en 1497 organizó una quema de obras de arte, lujos y joyas conocida como «hoguera de las vanidades». Según cuentan los historiadores, el propio Sandro Botticelli fue quien arrojó sus obras a las llamas. Casi debemos sentirnos agradecidos de poder contemplar su famoso Nacimiento de Venus, que debió salvarse de la desaparición de milagro.

La siguiente sala de nuestro museo podría estar dedicada al Barroco. La Nochebuena de 1734, se originó un fuego en el alcázar medieval que los Austrias habían convertido en palacio residencial. Acabaría con su desaparición, y también con la de más de 500 obras que albergaba en su interior. Las Meninas, obra emblemática que hoy descansa en nuestro querido Museo del Prado, fue una de las pocas afortunadas que lograron salvarse de esta catástrofe. Entre las obras que jamás volverán a ver la luz se encontraban varias de Velázquez, pero tal vez la más recordada de todas ellas sea La expulsión de los moriscos, fruto de la victoria del sevillano en una competición para decorar el Salón Nuevo del castillo celebrada en 1627. Hoy solo conocemos la obra por sus descripciones, aunque aún pueden contemplarse algunos de los bocetos de sus competidores, como este de Vicente Carducho.

Nos adentramos a continuación en la sala del Impresionismo, para conocer un caso en el que los motivos mencionados con anterioridad se entrecruzan, siendo tanto el infortunio como la frustración responsables de la desaparición de parte de la producción de un artista. Nos referimos al ejemplo de Claude Monet y algunas de las obras que integran una de sus series más conocidas, Los nenúfares: el artista destruyó parte al no estar conforme con su resultado y más tarde, en 1958, dos de las obras de esta misma serie perecieron en el incendio del Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York.

Con la llegada al siglo XX, nos damos de bruces con una cantidad importante de obras desaparecidas, cuya historia merece ser contada. No es un misterio que los conflictos bélicos arrastran consigo parte de nuestra herencia, pues los ataques y la violencia que acarrean nos han hecho perder obras únicas. La historia más llamativa y desoladora nos sitúa en la Alemania nazi. Hitler, rechazado hasta en dos ocasiones por la Academia de Bellas Artes, asumió su papel de dictador convirtiéndose en una suerte de crítico artístico, condenando aquellas obras que no favorecían a su régimen o que directamente no podían considerarse «arte alemán». Con todas ellas, en 1937 organiza Entartete Kunst (Arte degenerado), una exposición que tiene el objetivo contrario al de cualquier muestra al uso: en lugar de admiradas, las obras que expone deben ser ridiculizadas y rechazadas.

Entre los artistas expuestos se encontraban Franz Marc, Henri Matisse o Marc Chagall. La muestra, que denota un particular rechazo del gobierno nazi hacia el arte moderno, estaba formada por piezas de cerca de un centenar de artistas que fueron vendidas a precios irrisorios o directamente destruidas. Destaca entre ellas La trinchera, del expresionista alemán Otto Dix, que se pensó quemada durante mucho tiempo hasta descubrirse un ticket de compra que indica que sobrevivió al menos hasta 1940. Hoy, la obra sigue en paradero desconocido.

Siguiendo con el siglo anterior nos encontramos con una obra mítica que desapareció sin dejar rastro. Nos referimos a El segador, una de las obras de la que Miró se sentía más orgulloso. También conocida como El payés catalán de la rebeldía, esta pintura mural fue creada con el mismo propósito que El Guernica de Pablo Picasso: formar parte de la exposición del Pabellón de la República Española en la Exposición Universal de París de 1937. Una selección de obras que tenían la clara misión de visibilizar los horrores de la guerra y servir de propaganda al bando republicano. Al terminar la exposición, igual que ocurrió con otras obras, nada más se supo de la pintura.

Aun sin salir del siglo XX, nos acercamos ahora a otro de los grandes motivos de desaparición de obras de arte a lo largo de la historia: los robos. En nuestro museo imaginario recogemos el que tal vez sea el mayor robo de la historia, el que sufrió el Museo Isabella Stewart Gardner, en Massachusetts. Aquel 18 de marzo de 1990, los ladrones nos privaron de volver a ver 13 obras de artistas archiconocidos, entre las que se encontraba La tormenta en el mar de Galillea, de Rembrandt, su única pintura marina, y El concierto, de Vermeer. Hoy, los marcos siguen ocupando su lugar sin los lienzos que albergaban, tal y como se puede ver en la visita virtual del museo. ¿Y a qué se debe esta decisión? Como señala este artículo de El Confidencial, la verdadera causa la encontramos en que en el testamento de la dueña impide que se realicen cambios en la colección. Pero casi parece una llamada desesperada a la vuelta de las obras tras 30 años sin noticias.

Aunque apenas hayamos vividos dos décadas, en el siglo XXI también hemos perdido algunas obras. Por ejemplo, conflictos acaecidos en nuestro siglo se han llevado piezas de incalculable valor, como los budas colosales de Bamiyan, en Afganistán, destruidos por los talibanes en 2001. Pero entre las piezas expuestas en la sala llamaría la atención una cuya desaparición es cuanto menos confusa. Equal-Parallel: Guernica-Bengasi es una escultura de grandes proporciones, obra de Richard Serra y que forma parte de la colección del Museo Reina Sofía. Lo que muchos visitantes desconocen es que la obra que contemplan es una reproducción del original hecha por el propio artista, pues las 38 toneladas que pesa la obra no impidieron que se volatilizara de los almacenes del museo. Hoy, las causas que llevaron a su desaparición siguen siendo un misterio

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