El muro que cambió el arte contemporáneo

La división del mundo provocada por la Guerra Fría tuvo una de sus manifestaciones más dramáticas en el muro de seguridad que, entre 1961 y 1989, aisló la zona occidental de Berlín del resto de Alemania Oriental. Fue un periodo de máxima tensión entre dos Estados antagónicos y donde entraron en juego las demandas políticas impuestas por las grandes potencias mundiales. La situación afectó profundamente a todos los ámbitos sociales, incluido el desarrollo de las prácticas artísticas. En el oeste, la República Federal Alemana asumió los códigos estéticos occidentales, cuyo canon estaba determinado por la supremacía internacional de la abstracción norteamericana. En el este, la República Democrática planteó el debate sobre la función del arte en total sintonía con la Unión Soviética: la estética oficial se formuló desde lo figurativo y su potencial para comunicarse ideológicamente con los ciudadanos. Pero las imposiciones de ambos Estados chocaron con olas contraculturales y disidencias internas. La figura más polémica del periodo de reconstrucción del arte germano-occidental de posguerra fue Joseph Beuys, quien desde los años sesenta elaboró un trabajo crítico con el poder, fundamentado en el compromiso social y alejado del formalismo. Los procesos de desmaterialización de la obra de arte también encontrarán diversas voces en la RFA; de hecho, el arte conceptual será reconocido institucionalmente en Europa a partir de la exposición Documenta 5, celebrada en 1972 en la ciudad de Kassel. Las imposiciones de ambos Estados chocaron con olas contraculturales y disidencias internas Pero en aquella República Federal también había comenzado a forjarse un nuevo expresionismo pictórico que, frente a las formas dominantes de la abstracción, reivindicaba lo figurativo y buscaba hermanarse con la vanguardia alemana de principios de siglo, a la que Hitler había proscrito y acusado de «degenerada». Localizados en Berlín, Düsseldorf, Hamburgo y Colonia, estos neoexpresionistas —denominación que agrupa nombres tan heterogéneos como Markus Lüpertz, Georg Baselitz, Jörg Immendorf o Anselm Kiefer— entendieron la pintura como el medio más eficaz para reencontrarse con una tradición cultural nacional. En la década de los ochenta, esta nueva figuración salió de sus fronteras a través de exposiciones colectivas que cimentaron su aceptación en el mercado internacional. El legado del Este La caída del muro provocó una reorganización social, política y económica que afectó sustancialmente al arte producido en la RDA, cuyo legado será objeto de encendidos debates. En el año 1999 se celebró en la ciudad de Weimar la exposición Auge y caída de la modernidad, donde se mostraba el arte de Alemania Oriental como el propio de un Estado totalitario, similar al creado en la época nazi. Aquellos planteamientos pusieron de relieve las dificultades de la Alemania unificada para alcanzar una memoria colectiva que integrara la producción cultural del Este. El debate sigue vigente en nuestros días, si bien con términos más moderados. El pasado mes de julio se inauguraba en el Museo de las Artes de Lepizig la muestra Punto Sin Retorno, en la que se reivindica el valor de varias generaciones de artistas activos en tiempos de la RDA, y que fueron capaces de desarrollar un arte autónomo respecto a las exigencias gubernamentales. Punto Sin Retorno recupera nombres poco atendidos por la historiografía occidental, como Doris Ziegler, Norbert Wagenbrett o Cornelia Schleime. Más reconocidos son los integrantes de la Escuela de Leipizig que encabezó Bernhard Heisig, quienes alternaron una posición crítica con la aceptación de galardones y encargos procedentes del régimen socialista. Además, en una estrategia similar a la desarrollada por la diplomacia cultural franquista con la abstracción, llegaron a convertirse en representantes del arte de la RDA en el exterior. Las autoridades entendieron que aquellos pintores de Leipzig podían otorgar una imagen de apertura y modernidad al gobierno; además, la difusión internacional de sus obras fue evaluada como un posible activo en el proceso de reconocimiento del país como Estado independiente, lo que sucederá en 1973 con su inclusión en la ONU. El núcleo pictórico de Leipzig retomará el impulso después de la caída del muro. A finales de la década de los noventa surgen en esta ciudad un grupo de jóvenes artistas figurativos (Neo Rauch, Tilo Baumgärtel o Matthias Weischer, entre otros) que incluyen en sus obras códigos extraídos del realismo socialista. Roto ya el aislamiento cultural y político, estos pintores de Leipzig han podido negociar su interés por un país desparecido con las exigencias de un mercado internacional que los ha acogido con entusiasmo. El derrumbe del muro supuso la absorción de la Alemania del Este por la del Oeste. El final de la URSS, acontecido apenas dos años más tarde, significó la victoria absoluta del sistema capitalista. Hoy, detrás de la promesa de globalización del mercado del arte, sigue siendo prioritaria la actividad económica que se negocia en unas pocas capitales; y Berlín, junto a Londres y Nueva York, se ha consolidado como uno de los núcleos hegemónicos del actual sistema artístico.

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